El Caimán del Río, en el Gran Malecón
Hace pocos días conocí el Caimán del Río, el primer núcleo gastronómico situado en el Gran Malecón de Barranquilla. Esta idea reproduce el formato de zona de comidas que se ha ido replicando tanto en las ciudades que tienen ríos (las más privilegiadas del planeta), como en los centros comerciales o “malles”, hoy arraigados en todo el mundo.
Este era uno de los proyectos que le faltaba al Gran Malecón, el cual es una de las obras de renovación urbana más importante de la ciudad en las últimas décadas, la cual ha impactado positivamente a todos los estratos sociales, y a todos los grupos de edad.
Como imponente parque lineal que integra el Magdalena a la ciudad (y que coloca a las personas de frente a su río, sin ninguna barrera), el Gran Malecón carecía de un escenario de nivel, integrado a la faceta recreativa que hasta ahora es dominante, para adquirir comidas y bebidas.
Este es el frente que empieza a ser cubierto, pensando en grande, con el Caimán del Río. Digo pensando en grande, pues desde hace algún tiempo funcionan allí algunos puestos de ventas de alimentos, bajo la dirección de pequeños emprendedores.
El concepto del Caimán del Río no consiste en un solo restaurante, sino en el de una oferta servida por múltiples negocios particulares, en una especie de mercado gastronómico similar a los que operan en el exterior y en algunos centros comerciales de la ciudad.
Como ya se divulgó a través de los medios, la variedad alimenticia es bastante amplia, y privilegia los platos extranjeros que se han impuesto en la ciudad y la Región a lo largo del tiempo, combinados con ciertas delicias de la cocina criolla.
El espacio, de un poco más de dos mil metros cuadrados, es ocupado por emprendedores locales y regionales, donde se destacan las medianas y pequeñas empresas, que pagan un arriendo por estar en el Caimán. En el lugar no funcionan las grandes corporaciones internacionales de comida.
El valor agregado de este nuevo sitio gastronómico no tiene que ver solo con las condiciones higiénicas, de organización y ambientación externa e interna, sino con el hecho de que está al lado del río. En esto se parece a Las Flores, pero con muchas más comodidades para el visitante, lo cual lo hace muy atractivo.
Ahora es posible organizar encuentros familiares o de otro tipo, desde el desayuno hasta la cena, en un ambiente en que el río funge como gran director de la orquesta, y en un lugar tan cómodo como cualquier otro de primer nivel en la ciudad. Esto era lo que le hacía falta al Gran Malecón y a Barranquilla, para beneficio de la ciudadanía.
Poco a poco va cogiendo forma el asalto de los barranquilleros sobre el Magdalena, un anhelo que se volvió realidad gracias a esta obra que partió en dos la historia de la urbe. Cabe esperar que en los kilómetros que aún falta por desarrollar, hasta la isla La Loma, aparezcan otros mercados gastronómicos como el Caimán del Río.
Todo este esfuerzo mejora el rostro de Barranquilla, haciéndola atractiva para los raizales y los extranjeros; pero, sobre todo, incrementa las zonas de esparcimiento y cultura y, por esa ruta, la calidad de vida de las mayorías. Por estas razones, todos debemos cuidar y mejorar ese inmenso parque que nos hermana otra vez con el río.
El Magdalena nos inició como urbe, y por eso está firmemente atado a nuestra historia. Si Barranquilla debiera adorar algún ídolo (como alguna vez planteó el cronista Miguel Goenaga), ese debería ser el río Grande de la Magdalena.
El Gran Malecón y el Caimán del Río es el mejor homenaje de la ciudad a su río. Y es, además, un magnífico regalo para nuestro ídolo tutelar y para nosotros mismos.