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Duque versus Macías

A raíz del debate por los dos discursos expuestos en la posesión presidencial, se han tejido toda clase de interpretaciones, tanto del lado del Centro Democrático como fuera de este.

Los del CD sostienen que no hay contradicción entre esos discursos, y algunos adversarios del uribismo piensan igual, al plantear que ambos son las dos caras de la misma moneda. Esas dos elucubraciones son incorrectas, aunque los motivos de quienes las emiten no coincidan.

Desde el lado de la izquierda no se quiere ver que los dos discursos fueron distintos y contradictorios quizás porque algunos de sus integrantes aún están bajo los efectos de la derrota de la campaña electoral. La frustración los niega para comprender el sentido profundo de lo que ocurrió en la posesión.

Desde luego, también la animadversión que sienten por Duque (debido a sus aliados y a lo que representa) los incapacita para observar que hay diferencias entre el nuevo presidente y varios integrantes de su grupo político.

Esto no es tan extraño en el campo de la izquierda, si partimos del hecho de que su perfil crítico y contestatario a veces actúa como una anteojera que oculta los matices y el cuadro completo de la realidad.

Un ejemplo emblemático en esta materia ha sido el del senador Jorge Robledo, quien repitió hasta el cansancio que Santos era lo mismo que Uribe. Los analistas contemporáneos han sabido reconocer que, muy a pesar de las similitudes entre los modelos económicos que aplicaron esos políticos, ellos fueron, también, distintos en varios aspectos que no son menores.

Empezando porque Santos rompió con la estrategia militarista de Uribe, y se atrevió a iniciar un proceso de paz con la guerrilla, en contravía de la posición de su jefe y de otros que aspiraban a proseguir la política de tierra arrasada.

Recuérdese que Santos se apartó de Uribe y de los uribistas por su apoyo irrestricto a la justicia y a las instituciones, cuando varios de sus alfiles fueron presionados por los jueces. Ante la falta de respaldo del presidente, Uribe y sus seguidores empezaron una feroz oposición, declarando a Santos traidor.

Decir que Santos es lo mismo que Uribe es falsear la realidad, desconociendo completamente las evidencias por razones ideológicas o por simple sectarismo político.

Los dos expresidentes no solo se diferenciaron, sino que la historia reconocerá que Santos fue el personaje que se atrevió a hacer la paz, yendo contra medio establecimiento, en tanto que Uribe recibirá una de las peores evaluaciones, por su irrespeto al Estado de Derecho, a las instituciones y por su guerrerismo ciego.

Algo parecido puede ocurrir con Duque (en otros campos y por otras circunstancias), aunque todo dependerá de cómo pueda sortear las contradicciones al interior de su partido.

Un poco de historia ayuda a entender mejor las predicciones. Duque no es igual a Paloma Valencia, ni a Londoño Hoyos ni a ninguno de los otros miembros del ala extrema del uribismo.

Cuando se produjo la consulta interna, los sectores extremos lo describían como un aspirante a traidor, como otro probable Juan Manuel Santos, debido a las ideas que movía y al perfil tecnocrático y poco radical que estaba construyendo. Gracias al apoyo de su jefe y a las falencias de los candidatos que competían con él, Iván Duque ganó la nominación del CD.

Tanto en la campaña electoral como en su discurso de posesión, el nuevo presidente planteó estrategias que van en contravía de lo que piensa el sector de halcones radicales negros de su partido, como eso de no gobernar con el retrovisor contra el gobierno anterior, o la idea de unir al país, etcétera.

Es claro que existen contradicciones entre una parte de las ideas del presidente y las de los halcones negros del uribismo. Duque no le cae bien a ese sector, y eso fue lo que se expresó con nitidez en el acto de posesión.

Lo que hizo Ernesto Macías fue propinarle un burdo regaño al presidente, recordándole quién lo había elegido y cuál debía ser el talante de su gobierno. ¿Cómo es eso de que usted quiere unirnos con nuestros enemigos? ¿Qué es esa grosería de dejar a un lado el retrovisor contra Santos?

Coherente con su tarea de patear la lonchera en plena fiesta, el pintoresco señor Macías se despachó con uno de los discursos más desatinados de los que se recuerde en una posesión presidencial, cuyo propósito central era cantarle la cartilla a Duque, al marcar los desacuerdos con su política, los cuales vienen de más atrás.

Si esto fue así, como lo reconocieron los observadores nacionales y extranjeros (y, desde luego, también quienes escucharon la jeringonza de Macías sin las anteojeras ideológicas), ¿cómo se explica que no hubo contradicciones entre ambos oradores, como lo ha expresado la congresista Cabal?

La única hipótesis viable para explicar el comportamiento de la facción extrema del uribismo consiste en que quieren tapar el sol con las manos, mintiendo sobre lo ocurrido, como es su costumbre más notable.

Le cantaron la cartilla al presidente, le expusieron en público su malestar, pero niegan con mentiras el hecho porque Duque es el presidente; a pesar de presionarlo de manera vulgar, no quieren romper con él, pues representa a su partido, aunque sea un poco diferente a la tendencia de Macías y, además, tiene la sartén del poder por el mango.

Lo que ocurre en el CD quizás sea un indicio de que ese partido no es tan monolítico bajo la dirección de su líder mesiánico. Esta hipótesis es útil para anticipar que, si el nuevo presidente quiere hacer un gobierno no revanchista para intentar unir por lo menos al establecimiento tradicional, sus principales enemigos no están en los demás partidos, sino en el Centro Democrático.

De donde se deduce que, para adelantar la política que expresó en su discurso, tendrá que quitarse de encima a la horda de ultrareaccionarios oportunistas que se le pegaron a Uribe para obtener votos, y, así mismo, deberá apartarse del odio y el resentimiento que ha movido el comportamiento principal de su grupo político, y de las demás personas que lo acompañaron en las urnas.

Es fácil inferir que si Duque intenta aplicar algunos trazos de su política en contravía de lo que quieren y piensan los radicales de su grupo, recibirá a cambio una fuerte oposición. Esa oposición ya empezó, para el caso de algunos nombramientos y por la pateada de la lonchera en la posesión.

De acuerdo a como vayan perfilándose los acontecimientos, se apreciará si Duque se atreve a seguir adelante, aun contrariando a sus copartidarios y al jefe máximo al asumir una actitud independiente, o si se pliega a lo que quieren quienes lo auparon al poder.

De acuerdo con lo analizado hasta aquí, sigue vigente la pregunta ¿Iván Duque: títere o traidor? Para no ser títere, tendrá que quitarse de encima al montón de fachos que componen al CD. Pero, ¿cómo hará Duque para quitarse de encima al jurgo de corruptos de su partido?

Si se decide por el camino de la traición a ellos, siendo fiel a sus propias ideas, ¿qué hará para aguantar la feroz oposición de una ladilla tan peligrosa como Uribe? Los dilemas del nuevo presidente están ahí, latentes.

Un primer round fue el mach Duque versus Macías de aquella posesión. Todavía es muy temprano para sostener cuál ruta seguirá el nuevo mandatario. Pero ¿por qué descartar completamente que la historia de Santos se vuelva a repetir, ahora en una forma muy cómica?

En conclusión, no es cierto, como sostienen los pura sangre del uribismo, que no hay diferencias y contradicciones entre Duque y ellos, pero tampoco es cierto, como arguyen algunos pura sangre de la izquierda, que lo que hubo en la posesión son dos caras de una misma moneda, y que allí no ocurrió gran cosa.

Hay un conflicto que viene de más atrás y que se está expresando ahora con Duque en el poder. ¿Cómo se resolverá?

Es imposible predecirlo desde ya. Pero deberá resolverse de algún modo, y las únicas rutas que le quedan a Duque son las mismas que le vaticinamos desde antes de ganar la presidencia:

O hace un gobierno independiente de la horda de corruptos del CD (asumiendo el rol de traidor), o se pliega a los designios del gran jefe y de sus alfiles, adoptando la posición abyecta del títere.