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Donald Trump, el racista

Los medios de comunicación registran preocupados el recrudecimiento de las manifestaciones racistas en los Estados Unidos. Después de aquellas épocas aciagas en que se apartaba a los afrodescendientes, descalificándolos como seres inferiores, y en que los supremacistas blancos solían quemar vivos a quienes no eran como ellos, uno imaginaba que el racismo era prueba superada en aquel país.

Pero no es así. El racismo sigue impregnado en la piel de la cultura norteamericana y se expresa a través de grupos y personas que ahora recuperaron una influencia política más relevante. Un acontecimiento sintomático del problema fue el incidente sufrido por la periodista Ilia Calderón, a manos de un miembro de los Leales Caballeros Blancos del Ku Klux Klan (KKK).

Esta periodista colombiana trabaja en un importante medio televisivo de Estados Unidos y, en cumplimiento de su trabajo, fue a entrevistar al líder del KKK, Chris Barker, para conocer en qué creía su grupo y por qué exhalaban tanto odio contra los afrodescendientes y los judíos.

Pero Ilia no tuvo necesidad de preguntar demasiado para comprender con qué clase de persona estaba lidiando. Al llegar a la casa de Barker en Carolina del Norte, este le dijo, en un tono muy agresivo, que era la primera mujer negra que pisaba su casa, casi dándole a entender que recibirla era un milagro.

La entrevista con el líder del KKK se desarrolló en un prado aledaño a la casa, y mientras transcurría, a su alrededor giraban otros miembros de la secta racista portando su uniforme tradicional y blandiendo antorchas y una cruz que ardía por el fuego. El terror anidó en Ilia y en todos los integrantes de su equipo.

El clímax de esta inusual entrevista se produjo cuando la periodista decidió preguntar por la suerte de los migrantes, a lo que el líder, vociferando, expresó que si una vez quemaron seis millones de judíos, ahora tampoco tendrían reparos en quemar más personas.

Ni ella misma se salvó de ser quemada viva, como irrespetuosamente le gritó el energúmeno militante del KKK. Esta es, entre otras variantes, la cumbre del racismo blanco norteamericano. Pero el mal no muere ahí, pues permea a otras capas de la población y hasta al poder político.

Recientemente ocurrió otro hecho lamentable en Charlottesville, Virginia. El motivo del enfrentamiento aquí fue el retiro de una estatua del general confederado Robert E. Lee, quien defendió al esclavismo en la Guerra Civil del siglo XIX.

Resulta que sectores supremacistas dirigidos por el KKK organizaron una manifestación para oponerse al retiro de la estatua, pues consideraban al general (y a su ideología) como un símbolo nacional.

Con el mismo motivo habían sido convocados los integrantes del partido Alt Right (Derecha Alternativa), que apoyó decididamente la campaña de Trump a la Casa Blanca. Dentro de la protesta también viajaban grupos neonazis, y otros núcleos de la ultraderecha norteamericana.

La crisis estalló porque en contra de los partidarios del general Lee se desplegó otra marcha antirracista que estaba de acuerdo con que bajaran su estatua, por considerarla un símbolo de las peores ideas (y prácticas) que han hecho correr la sangre en los Estados Unidos.

Un racista radical anglosajón dirigió su camioneta contra la marcha anti Lee, provocando la muerte de una persona y una elevada cantidad de heridos. Para completar la tragedia, un helicóptero en que viajaban policías estatales se desplomó sobre un grupo de antirracistas, produciendo dos muertes más.

La tibia reacción del presidente Trump ante las riñas, destrozos y muertes provocadas por los nacionalistas de ultraderecha contrasta con la censura a la discriminación, al antisemitismo y al racismo que han proferido otros mandatarios norteamericanos, ante conflictos parecidos a los de Charlottesville.

El titubeo presidencial tiene que ver con el hecho de que ahí, entre esos grupos retardatarios, obtuvo una buena base de electores en la pasada campaña a la Casa Blanca. Pero no se relaciona solo con eso, sino también con la circunstancia de que Trump piensa como muchos de ellos.

La prueba de que este gobernante maneja un nacionalismo trasnochado y feroz, y de que está ataviado con la vestimenta del racismo blanco, se deriva de sus expresiones contra los latinos y los inmigrantes en la pasada campaña presidencial.

No se fue de frente contra los afrodescendientes porque no le convenía electoralmente, pero muchos de los sectores que le apoyaron sí mantenían una práctica y un discurso supremacista blanco, similar al del KKK o al de Alt Right. Trump representó en ese debate electoral el reencauche político de las ideas más atrasadas y discriminatorias de la cultura norteamericana.

Su simpatía por los agentes del racismo más vulgar quedó reflejada en el acto en que indultó al exsherriff Joe Arpaio, considerado por los periodistas “el rostro del racismo antiinmigrante”. Este individuo trabajó veinticuatro años en el condado de Maricopa (en el área de Phoenix, Arizona) persiguiendo a los latinos.

Les decía a los funcionarios a su cargo que apresaran a todo aquel que pareciera un inmigrante, es decir, llevaba a la cárcel a las personas por motivos raciales, y con esto violaba de modo flagrante los derechos civiles. También los violaba al exhibir a los presos en carpas al aire libre cuando la temperatura superaba los cuarenta grados.

Los desmanes llevaron a un juez federal a detener sus prácticas racistas, pero Arpaio no atendió la disposición legal. De tal manera que otra jueza de Arizona lo sancionó por desacato y a la espera de un juicio en el mes de octubre, por perseguir a probables inmigrantes ilegales con tácticas racistas.

Joe Arpaio fue uno de los racistas que ayudó a ganar a Trump la presidencia de los Estados Unidos, pero desde antes había sido denunciado por perseguir ilegalmente a los inmigrantes latinos. El castigo que le habían impuesto los jueces es el que ahora desconoce Donald Trump, volándose todas las escuadras por defender a un aliado político.

Hay que escribir que Trump se debe a esa base racista, xenófoba, nacionalista y ultraderechista que cruza la cultura y la política norteamericanas, y que él es, también, un fruto presidencial de esas ideas que permean a todos los estratos sociales.

Esa es una cultura imbuida por los prejuicios e impermeable a los adelantos científicos. Desde el punto de vista de las ideas más avanzadas que circulan en los Estados Unidos y en todo el planeta, podría decirse que su sedimento es el atraso (la incultura) más notable, alimentado por el odio. La discriminación y el maltrato a quienes son diferentes a ellos (por ideas o color de la piel) es casi la norma entre esos núcleos.

No está de más recordar que no solo el nacionalismo y el racismo están entre los fundamentos de la ultraderecha internacional contemporánea, sino que también estimularon el fascismo en otros tiempos y lugares. El totalitarismo suele nutrirse de esos espíritus fuertes (y muy convencidos de sus ideas arcaicas) que, para rematar, se creen superiores a todo lo que les rodea.

Es vergonzoso para cualquier país tener un presidente tan atrasado, quien solo exhibe engaño y trivialidad. Y que, además, representa a la cultura racista de un país históricamente racista, por lo menos en una parte de su población.

Es de esperar que la sociedad norteamericana sepa desarrollar los suficientes anticuerpos contra la enfermedad supremacista, y que saque en un futuro del poder a Trump y a todos los que se le parecen.

Una sociedad tolerante, democrática y abierta tiene que aprender a poner en segundo plano la intolerancia y el autoritarismo que representa y encarna el presidente Trump. Por el bien de la ley, de la propia democracia y de la convivencia entre desiguales.