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Donald Trump, el elegido

Es muy probable que ese político republicano gane la nominación, después de la etapa de las primarias. Ninguno de sus oponentes parece tener la suficiente gasolina para evitar el triunfo del magnate inmobiliario en las complejas elecciones norteamericanas.

Ya los analistas de todos los lugares se han planteado la pregunta acerca del fenómeno Trump, un candidato que no cuenta con el apoyo de lo más encumbrado del establecimiento de su propio partido pero que, a pesar de esto, vapulea a los contrincantes, a veces con paliza incluida.

El proceso electoral indica que Donald Trump navega en la cresta de la ola de la indignación de una parte del electorado, el cual está muy descontento con el gobierno Obama; ese electorado excede los linderos de los tradicionales votantes del Partido Republicano, pues incluye a los derechistas que se mueven en la franja de los sin partido.

Para llegarle a más gente, el candidato estructuró un estilo populista que se concentra en temas muy sensibles para la población, como el de los migrantes que compiten por los empleos con los nativos, el de la frontera abierta con México y el de la lucha contra el terrorismo islámico, entre otros.

Los llamados a la mano dura se combinan con un lenguaje demagógico y virulento contra los demócratas y contra todos los que se oponen a su sueño de recuperar la supuesta grandeza perdida de los Estados Unidos. Es decir, la trama discursiva del aspirante incluye el nacionalismo, el racismo y la violencia verbal para redondear una práctica populista de derecha que cala en los sectores medios y bajos de la población, los cuales simpatizan con un discurso que ensalza al pueblo americano y que de algún modo interpreta su visión, tirada hacia la parte derecha y de ultraderecha del espectro político.

El éxito de Donald Trump es, en parte, el éxito de las posiciones de derecha y de ultraderecha de la población norteamericana, pero también representa el triunfo de una cultura banal, articulada alrededor del espectáculo, de los medios masivos de comunicación y de la fuerza de un consumismo desenfrenado.

Trump no es solo un demagogo que sabe llegarle a la masa ansiosa de sangre, dinero y grandeza sino que es, también, el populista que mucha gente esperaba en una sociedad que ha pasado momentos económicos muy difíciles, cuyas encrucijadas sociales han superado la capacidad y el interés de sus dos partidos dominantes.

El estilo veintejuliero y desabrochado de Trump ya fue comparado con el de dos grandes demagogos que despertaron el fervor popular en sus respectivos países: el del teatral Mussolini y el del sanguinario Hitler. Más allá de que la comparación sea el resultado de la dinámica electoral es indudable que este candidato ensoberbecido representa un peligro para los Estados Unidos, ya que su incapacidad e irresponsabilidad pueden inducirlo a cometer errores contra su país y contra todo el planeta, debido al rol de potencia mundial del coloso del norte.

Si Trump gana la nominación republicana se podría convertir en un serio aspirante a ocupar el sillón de los presidentes en la Casa Blanca. Y si obtiene la presidencia, las políticas que ha planteado hasta ahora no auguran nada bueno para el pueblo norteamericano, así la mayoría de este lo haya ungido como primer mandatario.

Una belicosidad superior a la de Reagan y a la de los Bush nos hundiría en nuevos conflictos e incrementaría la posibilidad de acariciar el botón nuclear para combatir a los múltiples enemigos. Algunos miembros del propio establecimiento republicano han destacado que Trump es un peligro real en esa materia, y una revista alemana lo tildó de riesgo mundial alrededor de ese asunto y de otros temas.

América Latina sufriría las exageraciones xenófobas y racistas de Trump, y las relaciones de los Estados Unidos con los gobiernos progresistas y de izquierda de la región se agrietarían aún más. Se da por descontado que todo el proceso de diálogo con la dirección cubana se vendría a pique, frustrándose el levantamiento del bloqueo económico y la posibilidad de un cambio socioeconómico gradual en Cuba.

No está de más destacar que la política nacional sufriría un estancamiento y una distorsión notable, aparte de reversarse las iniciativas relacionadas con el desarrollo de un Estado de Bienestar en materia de salud y en otros campos que mejorarían la calidad de vida de la mayoría de los norteamericanos.

Algunos analistas han opinado que la impericia y la demagogia populista de Trump serían capaces de hundir la propia economía nacional, al proponer el aumento de aranceles para las importaciones y al sugerir una guerra comercial hasta con los propios socios de América y Europa.

Andrés Oppenheimer sugirió en una columna que en este punto Trump se parece más al expresidente norteamericano Herbert Hoovert que a Hitler o Mussolini. Para algunos economistas, las políticas arancelarias de Hoovert y la guerra comercial que provocó en los años veinte están en la base de la explicación de la crisis económica de los años treinta del siglo pasado, que empezó por los Estados Unidos y se extendió a todo el planeta.

Más allá de la ligereza con que algunos asumen su candidatura (y más allá de la capacidad histriónica del personaje) es indudable la aceptación que en una parte del pueblo norteamericano despierta el populismo de derecha encarnado en Trump… y también es indudable que este aspirante es un gran riesgo para su país, para América Latina y para todo el planeta.

¿Será Donald Trump el elegido para llevar al desastre final a la tierra y a los norteamericanos?