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Dogmatismo y fanatismo

El dogmatismo, en su acepción más simple y popular, está relacionado con la actitud o el pensamiento de quien funciona sobre la base de los dogmas. Un dogma es una idea que nunca se somete al contraste con la realidad (o a la crítica), y que se defiende por sí misma, como si procediera de dios o de algún profeta infalible.

Los conceptos herméticos, nunca contrastables con lo real para asegurar su credibilidad o verosimilitud, operan en las religiones, en la política y en la vida cotidiana. En las religiones sirven de fundamento a la dogmática inamovible que regula el funcionamiento de las mismas como sistema de creencias.

En la política, estructuran un cuerpo doctrinal que, aunque no se considere de procedencia divina, funciona como si lo fuera, pues para el dogmático las ideas se viven, no como instrumentos científicos mudables de acuerdo con el análisis de lo social, sino como conceptos definitivos que, contrastando con la religión, se experimentan casi como verdades reveladas.

En la vida cotidiana, las actitudes dogmáticas se forjan al calor de la influencia de las tradiciones, de las prácticas culturales, de las sociabilidades, de las formas de pensar que se derivan de un ideario hermético, o que se nutren de una dogmática religiosa o no religiosa a lo largo del tiempo.

Es decir, la cultura simbólica dominante en un lugar, las formas de pensar y los estilos de vida contribuyen a reforzar o no el dogmatismo, las prácticas culturales dogmáticas. Esto es lo que se observa a lo largo de la historia humana, y es muy visible aún en la actualidad en los países controlados por el dogmatismo religioso o laico.

El dogmatismo posee una profunda base anticientífica, que conduce a quien lo porta al divorcio con la realidad y a la expresión de posiciones o comportamientos irracionales o acientíficos.

Por lo general, el dogmático no observa la realidad ni tiene en cuenta sus transformaciones o matices, sino que proyecta, de manera arbitraria, su sistema de creencias hacia esta, tratando siempre de acomodar la vida a sus dogmas, sin cuestionarse acerca del carácter acientífico de estos.

Ese fundamentalismo dogmático, extremista y radical, es lo que lleva al surgimiento del fanatismo, sobre todo en condiciones de conflicto agudo por dominación o explotación, en las cuales la defensa de la fe (o de la creencia) procrea situaciones violentas en que se mata o se muere defendiendo la “causa divina”, como ocurre bajo el influjo del fanatismo de origen musulmán.

El dogmatismo (o el fanatismo, como su manifestación más extrema) no solo son dos notables “productos históricos” sino que, además, representan versiones de las formas de pensar precientíficas, que van en contravía del espíritu científico, y que se experimentan dentro de la cultura simbólica de modo consciente o inconsciente.

El dogmatismo y el fanatismo son, por necesidad, inflexibles, autoritarios y hasta totalitarios. Mediante ellos, siempre se busca imponer un punto de vista, religioso o laico, más allá de cualquier diálogo intersubjetivo basado en la racionalidad científica, o en el respeto al otro.

El dogmatismo está en la base de muchos comportamientos religiosos pero, también, en los de ciertos militantes políticos. Los curas medievales que impusieron la Inquisición eran dogmáticos y fanáticos. Los estalinistas soviéticos y prosoviéticos lo fueron igual, y cometieron muchísimos crímenes, justificándolos con sus dogmas.

El dogmatismo y el fanatismo son un resultado de los arreglos históricos, del desarrollo de la cultura simbólica de las sociedades. Se mantienen hoy aún vivos por la fuerza de las tradiciones, por el papel de la militancia sectaria religiosa o política, y por las sociabilidades que les otorgan permanencia y sostenibilidad en el tiempo.

Así como expresan un sentido premoderno y anticientífico (que predetermina comportamientos individuales y colectivos), también pueden ser estudiados al calor de los aportes de la ciencia social y, más concretamente, de la psicología.

Es evidente que en ambos, aparte de las condiciones del contexto histórico, actúan aspectos singulares típicos del ser humano… elementos psicobiológicos de este, características orgánicas o mentales de la humanidad que la definen como tal.

El dogmatismo y el fanatismo deben ser estudiados en función del modo como estructura su yo cada individuo, de la forma como despliega mecanismos defensivos para proteger lo que considera suyo, entre lo cual cabe su sistema de creencias de origen religioso o laico.

Más en unos que en otros, ese yo se hace resistente al cambio, sobre todo cuando este implica abandonar un esquema dogmático para reemplazarlo por otro o por conceptos no dogmáticos, pues para la persona es más cómodo o más agradable, psicológicamante hablando, mantener el estatus quo, es decir, su mundo conceptual inalterado.

La ciencia y la educación, a través de los medios de comunicación o de la escuela, son herramientas indispensables para salir del terreno del dogmatismo y del fanatismo, para abandonar la premodernidad conceptual y entrar en el campo del espíritu científico.

Es seguro que comprendiendo y superando el dogmatismo y el fanatismo nos evitaríamos más de un problema como humanidad, y estaríamos en mejores condiciones para enfrentar las dificultades que nos competen como habitantes de este planeta.