Distorsión de lo caribeño en seriados y telenovelas
Historias de hechos y acontecimientos costumbristas en Colombia, llevados a la pantalla chica, han colocado a la teleaudiencia nacional en vanguardia de atención, especialmente en dos canales comerciales, Caracol y RCN, que desde que iniciaron actividad treinta y tantos años atrás han trenzado el poder en procura del mayor rating.
Dentro de los tantos programas presentados en seriados o telenovelas, son sin duda aquellos o aquellas que en la muestras costumbristas de una región, personaje o acontecimiento que se enmarcan en la historia colombiana, las que mayoritariamente copan la atención de la gente. Superando en larga escala a las telenovelas extranjeras que concitan la atención especialmente de las amas de casa y en horarios de día.
Hay que reconocer que en materia de este aspecto recreativo de la televisión, la calidad del producto colombiano es bueno, diríamos que muy bueno. Igual sucede con los denominados Realitis de cada canal.
A la hora de hacer comparaciones o realizar encuestas, pareciera que los programas nocturnos de entretenimiento después de los noticieros de las 7 pm. adquieren mucha más relevancia. Quizás por haber más gente en casa en horas de la noche. Y dentro de este rango de entretenimiento las telenovelas que narran, describen y muestran las costumbres y la idiosincrasia de las distintas regiones del país, acaparan la mejor sintonía, vale decir, la mejor teleaudiencia.
En Colombia se hizo tradicional estas novelas desde la década de los ochenta. Recordamos por ejemplo una de las primeras de entonces como fue la de “Gallito Ramírez”, primer gran impulso para artistas como Carlos Vives y Margarita Rosa de Francisco “La niña Mencha”. Una historia de amor juvenil en el mundo del boxeo en el que “Fercho” terciaba en busca de un romance que le era negado en beneficio de su oponente. Recordamos Saint Tropel, Caballo Viejo, con Carlos Muñoz mostrando sus grandes dotes de artista; Silvia De Dios, Luis Eduardo Arango y tantos otros enormes protagonistas de la televisión que engrandecieron sin duda la calidad de trabajo y la inventiva de los pensadores colombianos.
La Potra Zaina, Café con Arona de Mujer y Betty la Fea, enmarcaron junto a “Escalona” toda una bella época de la telenovela colombiana. Y aparecieron casi seguido otras temáticas en que la magia del amor, el placer, la pasión y el romanticismo se cambiaron abruptamente y dieron paso al terrorismo, el narcotráfico y la corrupción en seriados y novelas que parecían hacer apología al delito con temas como El Patrón (Pablo Escobar), a Gacha, los carteles de Cali y Medellín, La Reina del Sur, Sin tetas no hay paraíso, y la crueldad de masacres del paramilitarismo y la guerrilla. Podría afirmarse que cada temática obedece a un momento específico de los acontecimientos del país en más de los últimos treinta años.
Y desde hace algunos años hacia el presente la inventiva y muestras de la música y el folclor han tocado la fibra artística de todos. La música carrilera de las hermanas Calle, La Ronca de Oro entre las muestras de la música interiorana, el porro, la cumbia, el vallenato y la gracia tropical de la Costa Caribe han sido caldo de cultivo para el idealismo de los libretistas que hoy por hoy se disputan las preferencias de todo el pueblo. Por eso se ha hecho repetitivo llevar a la pantalla chica la vida y obra de juglares como Alejo Durán y Rafael Escalona, la vida y obra de Rafael Orozco (Binomio de Oro), Diomedes Díaz, la leyenda de Joe Arroyo, la historia de Kaleth Morales, La Niña Emilia y la que está de moda, Patricia Therán la Diosa Vallenata.
En ese sentido debemos reconocer que con tantas muestras televisivas de la idiosincrasia, el estereotipo y la cultura caribeña han contribuido para dar a conocer en el interior del país la otra parte de nuestro territorio, la zona caribe de la que muchos cachacos han denigrado y calificado con no pocas palabras desobligantes. Es una manera de enseñarle a dichos detractores que los caribeños no somos corronchos, ni flojos ni despreocupados y desinteresados como tradicionalmente nos han creído y como lo trataron de mostrar en El Cachaco y La Costeña; por el contrario, constantemente estamos demostrando que somos voluntariosos, trabajadores y lo espontaneo que somos los costeños. Con la virtud de ser abiertos, alegres y todo lo dicharacheros que nos caracteriza.
Sin embargo, en las novelas y seriados se sobre modulan las actuaciones de los artistas. Con exageraciones en nuestra forma de hablar, en tratar, de hacer las cosas. Nuestra realidad es muchas veces distorsionada por los libretistas, guionistas o directores que alimentan su ficción e idealismo con desproporcionadas manifestaciones personales de los protagonistas. Mostrando a los personajes del Caribe bastante diferentes a lo que realmente son. Con el agravante de que quienes representan a la gente de la Costa son actores cachacos, ajenos a la verdadera idiosincrasia. Como si en la costa no existieran actores capaces de realizar los distintos roles.
En el caso por ejemplo de La Diosa del Vallenato, a la protagonista central la han estereotipado como una mujer libertina, de la calle, sin responsabilidad familiar y entregada a la parranda, el licor y al amor sin recato alguno. Ya se han escuchado voces de protestas de familiares y allegados a la desaparecida cantante en la que reprueban muestras que no corresponden a lo que fue realmente la existencia de la Diosa del vallenato.
Casos similares en sus momentos, fueron denunciados en seriados anteriores como los de Rafael Orozco, Diomedes Díaz y Joe Arroyo. Sus familiares manifiestan que a la hora de concertar los contratos de permisos y autorizaciones, les pintan algo totalmente distintos a lo que después ofrecen en la televisión.
No pretendemos mostrarnos más papistas que el Papa. Ni negar que hay caracterizaciones, costumbres y vocablos que nos corresponden, incluso con algo de desparpajo. Lo que no parece aceptable es que se hagan extravagancias para tratar de mostrarnos como desadaptados sociales, falseando nuestra real imagen y la de nuestra región.