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Desaprendiendo a ser Colombia

Negros sin ínfulas, mujeres en la cocina, comunistas bien amansados y los maricas… condenados pero burlados, con espacio en Sábados Felices, si acaso. Esa es la Colombia inamovible, la que nos han enseñado a observar y respetar si se quiere estar tranquilo. Pasar con la cabeza gacha por esta tierra es mejor que vivir como un paria o, peor, buscarse una muerte temprana.

Años de corrupción, de normas violadas nada más nacer, de un estado que, desde el centro, extiende sus famélicos brazos agarrando lo que puede para alimentar a una casta política insaciable, han parido un país salvaje en el que una de las únicas leyes incontrovertibles es aquella que reza que el mundo es de los más fuertes o, en su versión criolla, de los más ‘vivos’.

Las reglas del juego no se cambian con sentencias y decretos, la mente no se dobla ante la lógica de un texto legislativo. Son muchos los colombianos educados para creer que se vive mejor y más feliz si se piensa poco. El resultado no podría ser otro, un país que defiende lo establecido y aborrece el cambio, la tierra del “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Cristalizada sobre las plazas de los pueblos y ciudades del país, el pasado 10 de agosto todos estos años de adoctrinamiento salieron a desfilar a las calles. El combustible, la ministra de Educación Gina Parody, homosexual declarada. La chispa, un manual de convivencia que, precisamente, intentaba cambiar las reglas del juego, definir una nueva forma de normalidad, redimir a los parias.

Las marchas tenían un fuerte componente de honor, de ese “a mí me respeta” que quién sabe cuántos muertos habrá puesto ya en los obituarios del país. Es que, para muchos colombianos, la pobreza es una cuestión relativa, la adversidad no se puede palpar porque se le lleva encima. El honor, por otro lado, es un asunto más serio. “Primero muerto que humillado” debería ser el lema inscrito en el escudo nacional.

La aparente intromisión del Gobierno en las casas de las personas fue la gota que derramó el vaso. Los homosexuales pueden casarse, agarrarse de la mano y demás pendejadas, ignorarlo no es lo mismo que aceptarlo. Sin embargo, a los niños cada papá los educa como les dé la gana.

No es posible reducir el problema a tal simpleza. Sería lo mismo decir, entonces, que si un padre lo desea puede educar a sus hijos para que no se junten mucho con negros o a las niñas decirles que busquen esposo y sean buenas amas de casa (y ojo que ambas cosas todavía se hacen).

La realidad nos muestra que, en general, los padres de este país no saben educar a sus hijos, muchos ni siquiera tienen las herramientas sociales para hacerlo, nunca se las dieron. Una vez más, crecer bajo la máxima de “el vivo vive del bobo” no ayuda a formar adultos capaces y responsables.

Esta Colombia, la que nos han enseñado a ser, continúa vigente, viva y furiosa, entre carteles que supuran un modelo de hombría medieval y consignas vacías, en un enfrentamiento cada vez más evidente con el ‘otro’ país, ese que está desaprendiendo a ser lo que siempre ha sido.

Aficionados como somos a las excusas para movilizarnos (Llorente y su florero), el supuesto ‘adoctrinamiento homosexual’ fue tan solo una forma fácil de hacer catarsis, de dirigir una rabia poco clara contra tantos cambios que, desde hace unos años, se agolpan en las mentes confundidas de millones de colombianos a los que, de repente, les han dicho que en la vida no todo es blanco y negro, que casi todo es gris.

No se trata de un fenómeno fortuito, mucho menos aislado, creer que esta es una batalla que compete tan solo a la población LGBTI podría llegar a poner en riesgo, incluso, la consecución del fin de la guerra con las FARC y la futura pacificación del país.

Los poderes oportunistas lo saben, no es casualidad que el Centro Democrático se haya abanderado de la causa por el rescate de los ‘buenos’ valores, ni que el procurador Alejandro Ordóñez siga perfilando su posible candidatura presidencial mientras echa leña a la hoguera de nuestros odios primigenios.

¿Cómo culpar a las masas que desfilan para mantener las estrictas fronteras de la normalidad, si durante tanto tiempo transgredirlas ha significado desventura y desgracia? Todos están asustados.

Toca desaprender, olvidar de dónde somos, borrar las difusas consideraciones que este país se ha inventado para otorgar la categoría de ciudadano de quinta a tanto ser humano maltratado. Las protestas deberían exigir lo contrario, hoy más que nunca el Estado tiene el deber de intervenir, de deseducarnos.