Depredadores de nuestros patrimonios
No se necesita ser especialista en arquitectura, ingeniería, ni experto en el arte de la construcción o director urbanístico para entender lo que algunos conocedores en la materia califican como depredación del patrimonio de Barranquilla.
Un movimiento, quizás con el pensamiento modernista de la industria del cemento y la varilla se ha desatado en los últimos años en la ciudad y sus alrededores, convirtiendo a la urbe en una verdadera selva del cemento que nos agobia y nos estrangula día a día.
Es apenas suficiente conocer un poco de la historia de la Barranquilla de los años treinta y cuarenta, y de los cincuenta y sesenta. Cuando se podía aún respirar aire fresco y sano. Y cuando se honraba la belleza arquitectónica de nuestras edificaciones deportivas o de cualquier orden que le daban un matiz particular a la ciudad reconocida nacionalmente.
Hoy en día hemos cambiado todo ese criterio por el beneficio particular levantando moles gigantescas de edificios en el que se conjuga el interés comercial con el vivir de la gente. Pero en el que predomina sin embargo la ventaja económica sobre la calidad de vida. Por ello preferimos cambiar abruptamente las condiciones de comodidad por la ganancia que un centro comercial, supermercado o almacén de productos nos ofrece.
Y en medio de esa asfixiante cotidianidad nos vamos volviendo indolentes con nuestro patrimonio arquitectónico. Ya no existen el Edificio Palma, ni la Casa Lacoraza, tampoco el armonioso y bien construido Hospitalito, ni el Coliseo Humberto Perea, ni el Estadio Romelio Martínez. Todas esas edificaciones contemplativas y testigos de la belleza de la arquitectura han sido demolidas y cambiadas por otras moles cementeras que nada agradable brindan a la vista de propios y extraños.
Hoy nos conmueve la destrucción que se acerca a grandes pasos del Teatro Amira De la Rosa en un sector correspondiente al Centro Histórico de la ciudad. Los defensores del modernismo de la construcción afirman que es necesario y recomendable derribar este centro artístico que gastarle dinero en las reparaciones a que haya lugar.
Presidentes de gremios y entidades empresariales, ejecutivos de centros comerciales y otros animadores de lo novedoso, sostienen que hay que darle el derecho de propiedad a una entidad como el Banco de la República que en 1980 convino a través de un comodato de 90 años con la Sociedad de Mejoras Públicas para el usufructo del escenario.
Desde entonces, 37 años después, BanRepública se niega a invertir un peso en la edificación supuestamente por no tener el derecho de propiedad. “No vamos a invertir en algo que no es nuestro” dicen los ejecutivos bancarios. ¿Y, el usufructo gozado de tantos años, no merece como no lo ha merecido nunca reparaciones y sostenimiento del teatro? preguntamos.
Y ¿Por qué el Distrito no se apersona y aplica recursos para su reparación? O ¿por qué no se buscan los recursos ante el Ministerio de Cultura que lo declaró Patrimonio de Interés Cultural? Y, ¿Por qué la empresa privada no destina los dineros requeridos para las recuperaciones, tal como si lo han hecho en otros casos?
Lo que nos parece es que se está procurando lo mismo que se hizo con el Coliseo Humberto Perea. Tantas promesas de reparaciones fueron archivadas una a una hasta decretar su derrumbamiento para construir otro escenario en el que seguramente-dicen los entendidos- debe haber jugosas ganancias económicas. La experiencia nos señala ejemplos como los del Hospital Infantil Francisco de Paula, cambiado por lujoso Body Tech, un supermercado y una mole de apartamentos. Igual que sucedió con la Plaza de Toros Monumental del Caribe al sur de la ciudad, y la Casa Unión Española de la avenida 46 con Calle 53.
A la puerta estamos de otro “homicidio” a otro de los iconos identificantes de Barranquilla y del Caribe colombiano. Razón tiene el arquitecto, restaurador e historiador Ignacio Consuegra cuando afirma que “nos hemos convertido en depredadores de nuestro patrimonio” y desmiente a quienes dicen que lo viejo hay que tumbarlo. “Los edificios, entre más viejos, menos se caen”.