Democracia representativa y corrupción (II parte)
En el artículo anterior, buscando propuestas para combatir la corrupción y la abstención, se consideró que, en las dos generalidades del ejercicio del poder: tanto en la dictadura como en la democracia se observan prácticas de corrupción.
En la democracia con sus dos principales modalidades: la representativa y la directa, es en la primera, dada su matriz conceptual, la que facilita el cometido corruptivo puesto que es un nefasto circulo vicioso, ya que un candidato político, una vez elegido, se puede permitir no cumplir con sus promesas cometiendo de facto un fraude político y decepcionando al elector. Ellos en su mayoría optan por la abstención, sin embargo, los más vulnerables, desde el punto de vista educacional y económico, se dejan tentar por la venta de su voto.
Los corruptos aprovechando el engranaje que ellos mismos crean, invierten grandes cantidades de dinero para comprar los sufragios de estos desesperanzados, con el cálculo de multiplicar su inversión robando a manos llenas el erario. Dicho de otro modo: en una seguidilla tanto ideológica como practico-funcional, la democracia representativa, como su nombre lo indica, compromete sus elegidos no con sus promesas, por las cuales son precisamente nombrados, sino con la idea de representar los intereses de la nación, los cuales se confunden casi siempre, con los intereses de los dominantes. Es otra cosa muy diferente la que sucedería en una democracia directa, donde la soberanía política constituye un flujo continuo de relación estrecha entre el elector y el escogido, quien no puede tan fácilmente desprenderse de su compromiso y de sus promesas con el alibi de representar solamente a la nación.
En una democracia directa, la corrupción es extremamente difícil de realizarse puesto que el designado al representar directamente los intereses del elector, no le puede negar el derecho de exigir un cabal cumplimiento de las promesas por las cuales fue electo. La transparencia de la acción política, económica y social, así como las contabilidades públicas de la administración, siguiendo esta lógica, serian la regla general. En este caso, la democracia podrá al fin jugar plenamente su papel. Las promesas nebulosas, utópicas y arbitrarias, se caerían por la doble conjunción tanto de lo que es permitido por la Constitución, las leyes y los derechos públicos e individuales como por la realidad, donde se estrellarían por falta de viabilidad práctica; sin contar con la sanción inmediata de los electores, siendo éstos los que tienen el botón de eyección del nominado entre sus manos.
Cuando la sociedad en su conjunto se percate que tiene un poder directo e inmediato de soberanía política, el fraude político de la promesa falsa se acabaría, desarticulando la funesta ronda corruptiva y la justificación de la venta de votos; trayendo como prima que la abstención pierde así la razón de su desencanto político. Queda por ventilar democráticamente la situación de las minorías, pero es a la Constitución a la que le toca fijar las reglas de validación según los temas, acordando que tipo de mayoría aplicar: mayoría simple: 50%+1 o mayorías calificadas, con tres cuartos de sufragios o consenso.
Es de precisar, que el modelo de democracia directa no es inédito, pero antes de referenciarla, tenemos que mencionar que los fundamentos donde se apoyan las variantes democráticas tanto directa como representativa no son sino creencias, como tantas otras que condicionan nuestros funcionamientos sociales.
La nación es una idea vaga pero poderosa, que se forjó recientemente, hace un poco más de 200 años, comparada con la historia escrita, que data aproximadamente de hace 10 000 años. Antes la gente no tenía ni conocimiento de lo que era una nación, pero nos hicieron creer o creímos ingenuamente en esta idea, para que el Estado pudiese ejercer fácilmente su control sobre la población que así se piensa. Saliendo de la Edad Media en Europa, algunos pensadores como Thomas Hobbes, John Locke, Montesquieu, Nicolás Maquiavelo, Jean-Jacques Rousseau, etc., comenzaron a construir argumentos para oponerse al poder unipersonal de los monarcas. La burguesía revolucionaria de la época, para arrebatarles el poder a los reyes, acogió de buena gana la idea de la igualdad política de su clase. Esto sirvió para contrarrestar la noción de Estado Potencia donde los súbditos aceptan la pertenencia a dicho Estado a cambio de la promesa de seguridad y de favor económico o por temor de la potencia militar del soberano. En el Estado Nación, la pertenencia de sus sujetos se define por la creencia común en comulgar con una identidad histórica, cultural, lingüística, religiosa…
La identidad es un mecanismo íntimo de los humanos para justificarse a sí mismo y hacia los demás, pero en la política solo sirve al poder. Para verificar esto, utilicemos la analogía de la familia, ya que en general, parte de nuestra identidad es familiar. Por amor paternal y filial, nos sentimos familia, los beneficios secundarios a nivel práctico no son a descuidar: normalmente, los padres se esmeran por brindar todas las atenciones hacia sus hijos, amor, cuidado en salud, apoyo económico y estudios, etc., si los hijos son agradecidos, retribuyen a su turno lo que hicieron por ellos. Por el contrario, el Estado, si se desvive en atención no lo es para todos sus hijos, sino para una minoría. Es aquí donde cometemos un error en confiar al Estado la soberanía en la cabeza de los elegidos políticos, para que éstos defiendan los intereses de la Nación, ¿pero cuál interés de Nación? ¿Acaso, los intereses de sus hijos más privilegiados? Previendo esto, J.J. Rousseau reelaboró el concepto de democracia directa oponiendo la soberanía nacional a la soberanía popular. Rousseau sostenía que el poder político soberano debería reposar directamente sobre los ciudadanos y no en la idea vaga de la nación intermediada además con la triquiñuela de sus representantes, como lo hemos dicho anteriormente. Ahora, los lectores se preguntarán ¿esta variante democrática es posible y ha existido en la historia? La respuesta es afirmativa.
La Grecia antigua fue un laboratorio en el que espacial y temporalmente experimentó toda clase de regímenes políticos: monarquías, dictaduras civiles y militares, democracias representativas y democracias directas. Atenas nos dio un claro ejemplo de democracia directa e incluso de elaboración de una Constitución totalmente inédita, donde los constituyentes eran elegidos por sorteo, sin posibilidad de ejercer enseguida cargos en la administración pública o en la política, con el fin de evitar que los que escribiesen esa Constitución sirvieran a sus propios intereses. Otros ejemplos anteriores de democracia directa nos lo dieron los Vikingos en sus primeros asentamientos en Islandia, los aborígenes de la Confederación Iroquesa de las Cinco Naciones conformada por las tribus Mohawk, Oneida, Onondaga, Cayuga, Seneca y luego de una sexta tribu en 1722 con los Tuscarora, en el Norte de América. La Constitución francesa del 24 de junio de 1793, fue la más elaborada, pero Napoleón al confiscar la revolución de 1789 frustró igualmente esa tentativa. En la actualidad, Suiza practica parcialmente este tipo de democracia con los referendos de iniciativa popular. Otros países, incluido Colombia, la practican a dosis homeopática con igualmente procedimientos referendarios y de revocación de mandatos electivos. Lo que es evidente es que una democracia verdaderamente directa y de soberanía ciudadana acabará, no solamente con la corrupción y la abstención, sino que es la principal arma para enfrentar en su conjunto los peligros y desafíos que acechan a la humanidad en estos momentos y en el futuro inmediato.