Dejémosla ir
Muchos de nosotros no recordamos la vida sin ella. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que no existe hoy un colombiano que no la tenga incrustada en el alma y en la retina. Hace parte de las fibras de nuestro ser, nos ha hecho hervir la sangre, se ha alojado en nuestro subconsciente, en nuestros pensamientos, en nuestras acciones, se convirtió en parte fundamental de nuestra vida.
Estuvo ahí en los tiempos en que azules y rojos aun siendo hermanos, se mataban para defender su ideario político. Actuó en el magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán, para luego escurrirse entre la gente y convertirse en el estandarte de los desprotegidos y perseguidos.
Apareció de nuevo en las arcas de los narcotraficantes, y se volvió poderosa con los dineros de la droga. Reencarnó en los integrantes del M-19, del Gobierno Nacional y de las Fuerzas Militares en 1985, y se llevó consigo 98 almas del Palacio de Justicia.
Mató a Jaime Pardo Leal, y a los otros miles de simpatizantes de la Unión Patriótica. Se infiltró en la plaza de Soacha y asesinó a Luis Carlos Galán Sarmiento. Se fue de viaje en un vuelo de Avianca y eliminó a todos sus pasajeros.
Explotó viaductos, oleoductos, secuestró y asesinó diputados, congresistas, amigos, hermanos, ¡hasta gringos! Masacró a la gente en Mapiripán. Resucitó y sacrificó a Jaime Garzón. La hemos visto pavonearse en la plaza pública, en los matorrales más recónditos de nuestra espesa selva, en las curules de los congresistas, en la oficina del Presidente de la República. Se ha reunido en Ralito, en el Caguán y en La Habana.
No tiene compasión, para ella es lo mismo un campesino, un ladrón, un niño, un guerrillero, una madre, un enfermo, un paramilitar, un congresista, un colombiano de a pie, cualquiera. Es el origen de todos nuestros males y el sustento de los mismos. Sé que muchos no conciben su vida sin ella, porque apelan a ese dicho popular que dice que es mejor malo conocido, que bueno por conocer… un dicho, entre otras cosas, bastante absurdo.
Estamos llenos de ideas absurdas. Nos llenaron la cabeza de basura, nos creímos las historias mal contadas e incompletas, que nos llegaron desde niños. Nos enseñaron a odiar antes que a perdonar, a juzgar antes que a entender, a proscribir antes que a respetar. Somos un pueblo que nació con ella, se crió con ella, se alimentó con ella y que se niega a dejarla ir.
Nuestras palabras expelen belicosidad, somos violentos hasta para referirnos al otro, nos vamos lanza en ristre contra quien se equivocó, somos los primeros en criticar, en cercenar, en atacar. Dejémosla ir, empecemos por exterminarla de los colegios, de las redes sociales, de las discusiones públicas, de los juzgados, de los taxis, del monte, de la selva, de las conversaciones con amigos.
Dejémosla ir, demostrémosle al mundo que somos más que un país hecho de guerra. Digámosle hasta nunca a esa maldita guerra. Construyamos una nueva Colombia de los retazos, de las cenizas, cual ave Fénix, salgamos de la oscuridad, de la zozobra, de las balas. Construyamos una Colombia en paz, se puede, todo se puede, si quieren, si queremos.