A defender la Universidad Pública, pero con las masas
La marcha multitudinaria organizada por la Universidad del Atlántico, el pasado 10 de octubre, dejó múltiples experiencias positivas. El objetivo planteado (la defensa de la Universidad Pública) integró a todos los estamentos, y hasta pudo concitar la atención de algunos universitarios de las instituciones privadas de la ciudad.
La defensa de la universidad pasa por comprender que se requieren recursos suficientes para cubrir sus necesidades, y para mejorar la calidad de la infraestructura y de los servicios educativos ofrecidos. Esto determina que el enemigo común sea el déficit histórico.
El déficit estructural que padece la universidad es una espada de Damocles que no le permite avanzar y, por lo tanto, se convierte en el obstáculo a remover, pues amenaza con asfixiarla, es decir, representa la posibilidad de un cierre por ausencia de recursos para subsistir.
Todos los participantes de esa masiva marcha entendieron así el asunto, y, además, que el problema debía ser enfrentado con la movilización, con la lucha de masas que permitiera exponer ante la ciudadanía la problemática y que, también, sirviera para presionar al gobierno en la búsqueda de una solución.
Esto explica la gran cantidad de personas que salió a las calles, y sirve para entender por qué marcharon estudiantes, profesores, administrativos, trabajadores, directivos, y todos los integrantes del arcoíris ideológico universitario, casi como si hicieran parte de un solo partido.
Si el déficit estructural es lo que nos une a todos (a pesar de las diferencias ideológico-políticas); si la mejor forma de lucha es la que vincula a las masas (más allá de la diversidad de pensamientos), ¿por qué no insistir por un camino que congregue en vez de transitar otro que dispersa?
La marcha del 10 de octubre enseñó, así mismo, que los universitarios sabemos actuar cuando el propósito es justo, y cuando se requiere enfundarse la camiseta de la institución para defenderla, como un patrimonio del pueblo que beneficia a los sectores populares, al ser útil como instrumento para redistribuir el ingreso y como medio para cambiar la calidad de vida de muchas personas.
Enseñó, igualmente, que la mejor forma de lucha en democracia es la que atrae a las masas, no ninguna otra que contribuya a su dispersión o alejamiento. Por lo tanto, lo que exige la coyuntura es mantener abierta la universidad para que los estamentos, masivamente, participen en la construcción de un movimiento que nació bien, pero que se puede descarrilar por el uso de estrategias que disgregan en vez de aglutinar.
Lo más acertado es combinar todas las formas de lucha, menos las violentas, porque estas últimas deslegitiman ante la ciudadanía. Y para eso se requiere mantener la universidad abierta (sin eufemismos ni ocultamientos), lo cual implica continuar las clases, los procesos administrativos, y permitir la libre circulación de cada quien dentro de la institución.
Existe una oportunidad de oro para construir un movimiento fuerte, masivo, capaz de lograr una gran victoria; de obtener una movilización que una a las mayorías, gracias a su propósito justo y a la inteligencia del liderazgo.
¿Es mucho pedir que se mantenga abierta la universidad para continuar luchando, todos, sin distingo de ideologías y sin violencia? ¿Qué es lo prioritario en la coyuntura que apenas comienza: cerrar la institución o defenderla sin ninguna incoherencia?