Crisis mundial y la subjetividad en el periodismo
A mediados de los años 60 el periodismo despertó a una nueva forma de contar historias que reemplazó las ataduras de la brevedad, la concisión y la información pura y dura con un universo nuevo de figuras literarias y descripciones detalladas que convirtieron al mundo en una inmensa novela, de la que todos hacemos parte y en la que hasta el personaje más nimio puede jugar un papel relevante o, al menos, interesante.
La maestría del periodista dejó de medirse por su capacidad para pasar desapercibido en la noticia, al contrario, era deseable que cada texto que escribiera tuviera su marca, una huella que le distinguiera del resto y ofreciera al lector una aproximación diferente a los hechos del día a día. Se trataba de ofrecer una ventana de miles posibles para observar el mismo paisaje.
No significa esto que alcanzar la ‘verdad’ sobre los acontecimientos dejó de ser un objetivo deseable, más bien, se aceptó la imposibilidad de lograr esta meta con una certeza absoluta y se reemplazó por el concepto de veracidad. Dentro de sus posibilidades limitadas, el periodista tendría que asegurarse de basarse en hechos reales, aunque la interpretación de los mismos pudiese ser diferente según el punto de vista.
Han pasado los años y decenas de figuras suscritas a esta visión del oficio se han ganado el corazón de cada generación subsecuente de estudiantes de periodismo. Son las figuras románticas de Truman Capote, Gay Talese, Tom Wolfe, Hunter Thompson o Gabriel García Márquez, los que enamoran a los futuros redactores en primer lugar, muy a perjuicio de los representantes del periodismo de investigación, más frío y sencillo.
Hoy día, sin embargo, esta aceptación de la subjetividad le ha costado caro al oficio, que enfrenta una de las peores crisis de su historia, sino la peor. A las dificultades económicas generadas por la imposibilidad para inventar un modelo de negocio que funcione en la era digital, se suma la cada vez más baja credibilidad de los medios de cara al público.
De forma tácita, existe un consenso en la población sobre la idea de una relación de complicidad entre los medios de comunicación y el poder político y económico. El pensamiento de que los periodistas trabajan activamente para mantener y proteger las estructuras hegemónicas de la sociedad es cada vez más una constante que genera paranoia y conspiracionismo y, muchas veces, lleva a desestimar los hechos por pura desconfianza al mensajero.
Un acercamiento de la teoría a la realidad sería el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Durante la campaña presidencial, los medios se vieron abrumados por el nivel de agresividad en el discurso del hoy presidente de los Estados Unidos, así como su conveniente manipulación de los hechos, y decidieron abandonar cualquier pretensión de neutralidad para poner de la forma más evidente posible la realidad de las mentiras de Donald Trump en los ojos de la audiencia.
Al actuar como guardianes del bienestar social (una misión que ciertamente debería ser perseguida por el buen periodismo), los periodistas consiguieron justamente lo contrario, la desconfianza de la población hacia los principales medios llevaron, a su vez, a desconfiar de los hechos que estos presentaban como una verdad objetiva, contemplándolos, más bien, como puntos de vista que, además, favorecían a los poderosos de siempre.
Algo similar se podría aplicar al caso de los acuerdos de paz en Colombia. Salvo contadas excepciones, se puede afirmar con certeza que la mayor parte de los medios de comunicación del país han apoyado de forma más o menos activa la resolución pacífica del conflicto, sin embargo, con esto han logrado justamente lo contrario a su cometido.
Pareciera que cada vez que un medio señala los intereses oscuros de quienes se oponen a la paz, o resaltan los evidentes beneficios del acuerdo, estuvieran provocando un rechazo aún mayor en una población que desconfía de la situación.
Aunque la verdad absoluta sea imposible de alcanzar, no hay que negar por esto que sí existen verdades. De hecho, en la práctica, alcanzar un grado alto de veracidad es mucho más fácil de lo que se pretende creer en muchas ocasiones. La idea de la subjetividad en todos los acontecimientos que observamos es más un ejercicio filosófico de reflexión que una realidad apreciable.
Los hechos son hechos. Si desde que comenzaron las negociaciones de paz en Colombia las cifras de muertos han bajado significativamente, puede haber múltiples interpretaciones, pero ninguna que sea medianamente racional podría desconocer que esto es positivo y que ambos hechos están relacionados.
Lo mismo, cuando Trump veta la entrada a Estados Unidos de personas provenientes de países musulmanes por razones de seguridad nacional contra el terrorismo, pero al mismo tiempo se revela que ninguna persona de estos países ha llevados a cabo ataques terroristas en suelo americano que provoquen muertes de estadounidenses, no queda otra solución que señalar la contradicción absoluta en esta decisión.
Un hombre que asegure que puede “agarrar a una mujer por la vagina” debido a su condición de fama y poder, es un machista y, sobre todo, no es alguien apto para gobernar un país. No existen verdades a medias en ello.
En estos tiempos de crisis en los que lo que dicen los medios tiene cada vez menos relevancia. Es necesario de alguna forma reafirmar el hecho de que la subjetividad periodística no debe deslegitimar la objetividad de los hechos en sí mismo y, hoy más que nunca, hay que hacer énfasis en esa objetividad.