Cómo se implantó definitivamente la idea de soberanía nacional
Pensaba cerrar el tema que explicaba por qué la democracia representativa favorece, tanto la corrupción como la abstención, y que por lo contrario, la democracia directa haría casi imposible su realización. No obstante, algunos lectores pidieron más explicaciones. La aparente complejidad que acompaña este fondo, se debe primero, porque todo lo que se refiera a la soberanía política popular se mantiene oculto a la opinión pública y si se hace mención lo es en algunas aulas universitarias y algunas publicaciones confidenciales; lo segundo es achacable a la confusión que se anida en casi todos los textos constitucionales, donde por un lado se afirma que el poder político originario nace del pueblo, para tronchar enseguida esa disposición con una condición: este poder se articula mediante las instituciones representativas correspondientes; lo tercero es el sutil y al mismo tiempo violento, desplazamiento del Estado potencia por el Estado nación, que en el triunfo de este último ha sepultado hasta hoy la aspiración de establecer una verdadera soberanía popular, o para ser más preciso de una soberanía ciudadana.
El otro interés en profundizar un poco más el tema, es que lo que entendemos por nación se extiende hacia la desbastadora problemática de los nacionalismos que nos llevan de la mano a la exclusión del otro, a los genocidios de carácter político, étnico y religioso, principalmente.
Precisamente, el paso del modelo de Estado potencia al de Estado nación es el que permite ilustrar cómo esta idea de nación sirve genialmente al poder al convencer a los individuos de un territorio, no solamente a que sean sumisos al Estado que cubre el terreno donde están asentados, sino de ir de buena gana a la guerra. Estos dos modelos que venían cabalgando lado a lado desde el siglo XVIII, se enfrentaron a muerte en la primera guerra mundial. Su resultado apoyado por la doctrina jurídica ayudó a acoplar a la fuerza, nación y Estado.
El jurista francés León Duguit en unas lecciones dictadas en la Universidad Columbia de Nueva York (1920-1921) dijo: « estas dos concepciones opuestas del Estado, del Estado-potencia y del Estado-nación, estaban encarnadas, sí, yo puedo decir, la primera por el Imperio Alemán, la segunda por la República Francesa… faltó que la guerra estalle (la guerra de 1914-1918) para darse cuenta… la soberanía no pertenece en absoluto a la nación, sino al Estado en tanto que él mismo, y que la nación no es más que un órgano del Estado » . Él subrayaba con rojo, que la primera guerra mundial había sido una « Guerra de Naciones y había hecho triunfar el principio de nacionalidades ». Reportando las respuestas probables de los militares durante esta guerra y sobre la motivación de su participación, los soldados de diferentes países respondían, en su mayoría, con justificaciones nacionalistas. Los norteamericanos, a través de las palabras del presidente Wilson en su discurso del primero de septiembre de 1918 decía: « Esta es una guerra cuyo objetivo es de garantizar a las naciones y a los pueblos del mundo entero contra toda potencia tal que la aristocracia alemana. Esta es una guerra de emancipación, y en tanto que no sea ganada, los hombres no podrán vivir en ninguna parte sin temor, ni respirar libremente cumpliendo sus tareas cotidianas y decirse que los gobernantes son sus servidores y no sus amos ». La respuesta por el contrario de Michel [soldado] alemán –era-...: “porque el emperador lo desea”. Y el recluta austriaco: “yo combato porque no puedo hacer de otro modo, porque una potencia política a la cual yo estoy subordinado me lo ordena y si yo no combato, yo sería fusilado”.
León Duguit se situaba en el surco ya trazado por el concepto nación de otro historiador y jurista francés, Ernest Renán. Este último, en una conferencia en la Soborna en 1882, se preguntaba: “¿qué es pues una nación? ¿Por qué Holanda es una nación mientras que Hanover y el Gran Ducado de Parma no lo son?... ¿cómo Suiza, que tiene tres lenguas, dos religiones, cuatro razas, es una nación, cuando la Toscana, por ejemplo, que es homogénea, no lo es?... ¿En qué el principio de nacionalidad difiere del principio de razas?” y rechazaba la idea que las naciones se formen bajo herencias dinásticas poniendo el ejemplo de Suiza y Estados Unidos, “que se han formado como conglomerados de adiciones sucesivas”. Y advertía: “tanto el principio de las naciones es justo y legítimo, tanto el del derecho primordial de las razas es estrecho y lleno de peligro para el verdadero progreso”.
El historiador Renán sostenía que el sustrato en la formación de la nación lo constituían la similitud de lengua, raza, religión, e incluso de comunidad de intereses o de confinamientos geográficos, la nación era para él “un alma, un principio espiritual: dos cosas que a decir verdad no hacen sino una, constituyendo esa alma, ese principio espiritual, el uno en el pasado, el otro en el presente. El uno es la posesión en común de un rico legado de recuerdos; el otro es el consentimiento actual, el derecho de vivir juntos, la voluntad de continuar a hacer valer la herencia que hemos recibido indivisa…tener glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente; haber hecho cosas juntas, desear continuar a hacerla, he aquí las condiciones esenciales para ser un pueblo”. El autor en esta última frase confunde pueblo y nación. Hay en efecto una diferencia: la nación mira hacia el pasado y se ancla en sus raíces, el pueblo mantiene su atención en el presente y proyecta su visión en el futuro. Su historia cuenta, pero no tanto como la que le queda por escribir.
Según Ernest Renán, en la elaboración de este sentimiento nacional el sufrimiento colectivo y solidario tiene un gran peso, tal parece que los gobernantes han intuido este mecanismo, porque despliegan un esfuerzo extraordinario para hacernos sufrir de hambre, de desempleo, de falta de libertad y de espacios políticos, de corrupción, etc., tal vez con la férrea intención de hacer vibrar todavía más nuestra fibra nacional.
Lo cierto es que la idea de nación moviliza mucho más a los individuos para la guerra que la batuta, el respeto o el miedo de un soberano sentado en su trono imperial. Este modelo la historia lo dejo de costado y si quedan ciertos residuos, lo son cuando hábilmente, la idea de potencia imperial se mezcla con el resentir de lo nacional, como en Japón, Inglaterra y antes en China. Fatalmente, en muchos casos, en una dinámica de pensamiento y de acción, el fanatismo nacional conlleva a personas y hasta pueblos a los nacionalismos más exacerbados y estos al racismo, al nazismo, y a otras monstruosidades. Si estamos al alba de afrontar crisis sobre crisis como la demográfica, hídrica, climática y ecológica, entre otras, es obvio que necesitaremos de todas las manos y cerebros de este mundo. ¿No sería entonces más ético, moral y salvador que nos pensáramos todos como una sola y única nación humana? De otra parte, la implementación de las acciones políticas se facilitaría con una efectiva soberanía ciudadana; la que se tratará más en detalle en una próxima ocasión.