Colombia y Venezuela, destinos cruzados

La actuación histórica de algunos países desarrollados y de potencias ex-coloniales con sus prácticas mundializadas de corrupción, depredación y tráfico de recursos naturales como petróleo, diamantes, oro, coltán, además de substancias ilegales como la cocaína u otras drogas (sin demanda, no hay oferta), tienen una gran responsabilidad en el inmenso flujo migratorio mundial. Aunque nadie puede negar la solidaridad que muchos de esos mismos países, sobre todo europeos, han tenido con los refugiados políticos, un movimiento de reacción populista de extrema derecha se manifiesta cada vez con más fuerza, a medida que la presión migratoria aumenta. La respuesta al orden del día es cerrar cada vez más las fronteras, olvidándose de sus responsabilidades pasadas y actuales en esa debacle.

Líbano, Turquía y Jordania soportan la mayor parte de refugiados del Oriente Medio y se quejan, con razón, de las ayudas otorgadas e insuficientes frente a las necesidades y condiciones aterradoras en los campos de refugiados, las que son pálidas frente a los peligros que atraviesan los otros refugiados y migrantes económicos del África subsahariana, al pasar por los corredores de Egipto o de Libia, donde muchos son capturados, esclavizados y donde mujeres y niños son violados.

El hemisferio americano tiene también su registro de tragedias migratorias. Los Estados Unidos olvidan que por medio de la fuerza arrebataron más de la mitad del territorio a México (Tratado de Guadalupe Hidalgo -1848- y Tratado de Mesilla -1853- ). Octavio Paz tenía razón cuando consideraba que el reflujo de los mejicanos hacia el poderoso vecino del norte no era más que un justo equilibrio de la historia.

Venezuela y Colombia también tienen una historia migratoria íntima: aproximadamente de uno a tres millones de colombianos se instalaron en el vecino país huyendo de las violencias políticas, sociales y económicas, lo cual ha hecho de nuestro país el campeón de las migraciones en el continente. En un informe de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) publicado por la revista Semana el año pasado se dice que: “90 por ciento de las 8.421.627 de víctimas del conflicto armado sufrieron desplazamiento (7,4 millones) y muchos de estos casos ocurrieron hace años”. Si a esto se le agregan los cuatro millones setecientos mil colombianos en el extranjero, que estima el Ministerio de Relaciones Exteriores, nos daría un total cercano a los 12 millones de colombianos fuera de su lugar de origen, mientras que Venezuela, a pesar del colapso económico que sufre, llega a unos 4 millones, de los cuales, centenares de miles fluyen hoy día en sentido inverso hacía Colombia.

La empatía es la capacidad de cualquier ente pensante de ponerse en el lugar del otro y tratar de sentir sus emociones, sus sentimientos, sus necesidades. Este ejercicio sería bastante útil para comprender el desastre físico y psicológico, tanto de nuestros desplazados como de los emigrantes colombianos e inmigrados venezolanos. Tomemos conciencia que cualquier pueblo está expuesto a la eventualidad de un éxodo no deseado pero probable. Pongámonos en el lugar de los trashumantes del desespero, reclamemos, lo que es legítimo, una ayuda internacional más consecuente para Colombia, pues ningún país individualmente puede soportar la carga económica que implica recibir y atender las necesidades básicas de los refugiados. La miseria y el hambre es capaz de acabar la dignidad de las personas, mostrémonos agradecidos y solidarios con todos los desplazados, ya sean nacionales o extranjeros, teniendo en cuenta que no solo nuestros caminos están cruzados, sino que en los días que vienen los dos países estaremos a la vera de un cruce de caminos.