Colombia, en el cruce de caminos
Titulando “Colombia en un cruce de caminos”, me imaginaba que en estas elecciones el país orillaba una bifurcación de caminos donde partían proposiciones diametralmente opuestas y que en el orden de derecha a izquierda se decantarían en los candidatos Duque, Vargas Lleras, de la Calle, Fajardo y Petro. Pero la decisión pica y se extiende cuando la pelota en juego puede llegar al campo de la concordia o al terreno de la trifulca. Las últimas noticias y un examen atento de nuestro discurrir sociopolítico me descoloca el intitulado, porque en realidad el país transita desde años por la gran avenida de la violencia y si esta elección algo permite, es que nos ofrezcamos un atajo por una trocha a la vista, aunque todavía estrecha que es la de la paz.
La política concentra, principalmente, los intereses económicos de los contrincantes, a lo que se suman un rosario de creencias sobre la manera de concebir el mundo, del funcionamiento social y de la organización del Estado. En la práctica, el ejercicio de la política se divide entre los que la dirigen y los que son dirigidos. Los primeros tienen claro cuales intereses defienden, en los segundos todo se complica: la propaganda, el hábito o la costumbre social y el condicionamiento a la dominación que describía Pierre Bourdieu[1], se le encima la actual manipulación, difamación y mentira que permite el anonimato, la difusión masiva y el no control de las redes sociales. Combinación esta que facilita una influencia incomparable y avasalladora en los espíritus de los votantes dirigidos y sumisos, no teniendo parangón con épocas anteriores.
Los dirigentes políticos, además de defender determinados intereses, tienen sus propias ambiciones, cosa que es obvia y comprensible, lo que resulta reprochable es que utilizando su poder escapen a sus responsabilidades, no hablamos solo de sus vilezas financieras, delitos y crímenes, cuando algunos de ellos lo cometen, hablo de las veces donde la política por cualquiera que fuese la causa se transforma en guerra. Lejos están los tiempos en que los dirigentes políticos, participaban directamente en las batallas, como en la época feudal, por ejemplo, donde los soberanos estaban al frente de sus tropas. Hoy se esconden detrás de sus escritorios y hacen que se entrematen humildes contra humildes; la técnica de los países avanzados precipita una desigualdad en las guerras modernas, a lo que responden los adversarios disminuidos en medios, con actos terroristas matando a otros si no humildes, sí totalmente inocentes. El día en que los responsables políticos y sus hijos estén obligados a poner el pecho en el frente de guerra, se encontrarán soluciones a todos los conflictos. Eso sería mucho soñar, pero por el momento nos queda el voto, con todo lo deficiente que es la democracia representativa.
Si nos queda elegir, sepamos al menos qué intereses defienden los candidatos, nadie puede criticar que aquellos poseedores de tierras improductivas y del gran capital voten por el candidato de Uribe, que es quien mejor los protege. La inseguridad es otro de los argumentos válidos para votar en determinado sentido, el Estado debe velar por la integridad física de todos sus ciudadanos. Hay que tener en cuenta, por tanto, que la represión al delito no se basta jamás a sí sola. El hambre, la falta de oportunidades de trabajo y la miseria como violencia económica, se retoña frondosa y con vigor en la violencia social y política. Un animal libre raramente se deja tranquilamente morir de hambre, un humano puede dejarse morir de hambre antes de cometer un delito por conseguir su sustento, pero cuando un padre, una madre un hermano ve los pequeños quedar sin alientos y sin lágrimas implorando comida, la dignidad levanta vuelo. Imposible justificar el crimen, pero ominoso es que por causa de la corrupción mueran niños de hambre, como en la Guajira o en otras de nuestras ciudades, y a los culpables les den mansión por cárcel.
Colombia está por decidir si continuamos chapaleando en el terreno cenagoso de la sangre y la guerra, sobre todo en el campo, o nos enrumbamos por el sendero de la esperanza de un país productivo agroindustrial e inventivo, que respete verdaderamente la naturaleza e implemente las energías limpias. Acordémonos que el agua envenenada por el fracking la beberán pobres y ricos. Por un progreso solidario y una Colombia en paz, votemos con conciencia y no por un puñado de pesos. Salgamos definitivamente del conflicto, pues la batalla por el clima no espera y solamente juntos podemos ganarla.
[1] Pierre Bourdieu, Esquisse d'une théorie de la pratique, p. 282. Ed. Librairie Droz 1972
Collection : Travaux de Sciences Sociales