Clases de gastronomía para Vicky Dávila
Recuerdo que mi profesor de Producción Periodística II equiparaba un trabajo periodístico con un plato de comida. La cosa era más o menos así: si uno va hacer un sancocho, uno echa la vitualla, la carne, las verduras, el agua, y hace el arroz para el seco. Acabando de cocinar, si uno ve que le queda una deliciosa mandarina encima de la mesa de los ingredientes, ¿ para qué, a pesar de lo jugosa que esté, se la va a echar uno al sancocho si no le sirve? A buen entendedor...
Renuncia Vicky Dávila por el escándalo de la publicación del vídeo del viceministro Ferro y el capitán de la Policía Ányelo Palacios y, en general, hay algarabía en mi Facebook. Me entristece porque creo que es un panorama sesgado por el algoritmo engañoso que te aproxima a aquellos con tus mismos gustos, y sé que en otra parte de esta gran red social debe haber fanáticos del trabajo bien sopesado y de interés público de la periodista de la FM rasgándose las vestiduras, organizando movilizaciones, mandándole flores y yo no sé qué más.
Porque hace rato que Dávila es más que todo un personaje célebre y, lastimosamente, son más recordadas las discusiones dramáticas (como la pelea con el director de la Aerocivil en el que le dijeron payasa, ¿se acuerdan?) que los momentos de buen periodismo a su cargo. Y es así como nos hallamos frente a situaciones como esta, que parece ser la gota que derramó la copa ante los constantes atropellos de Dávila a las cosas más básicas que se aprenden cuando uno empieza la carrera de Periodismo: busque las verdades pertinentes para el interés público, susténtelas a partir de pruebas fehacientes de lo que usted dice, es mejor perder la chiva que publicar sin pensarlo, el protagonista no es usted, es la noticia. Y se me vienen a la cabeza muchas frases más, listas para ser obnubiladas por el trabajo constante y rutinario de un medio de comunicación apenas me gradúe. Así que me disculparán los periodistas sazonados si en algún momento peco por primípara en mi crítica. Es que tengo todavía fresquita en mi cabeza la voz de mi profesor de Política y Derecho de Medios cuando nos explicaba cómo funciona una cosa que creo que se llama el derecho a la privacidad.
Algo que me resulta difícil digerir es que los Davilistas, como los llamaré de ahora en adelante (al mejor estilo de seguidores de un famoso) se consolidan con una naturalidad sorprendente alrededor de argumentos como que “si no hubiera sido así nadie habría contado nada” y “así es como toca destapar a los doblemoralistas en este país”. En un país hipócrita en el que a todos nos gusta que le hagan a los demás lo que uno denunciaría a vivas voces como un atropello a los propios derechos, aplaudimos las cámaras escondidas y el alimento al morbo. ¿Cuál era la necesidad estrictamente periodística de publicar la totalidad del vídeo?
En dos semanas, Vicky Dávila estará en otro medio o en otro país, y nos olvidaremos de esto hasta el próximo gran escándalo. Solo querría que esto nos sirva a todos para que mañana, graduados, no se nos dé a los nuevos periodistas (¡ni a ninguno, por Dios!) por grabar a una fuente sin autorización o por publicar información no demostrable ni sustentada en los hechos reales. Para que el poder no se nos lleve la ética por delante y para que no se nos ocurra poner primero, creyéndonos superiores, lo que consideramos el deber ser sin repensar lo básico que aprendimos desde el primer día de clase: ser veraces, conscientes del interés público, comprometidos y suficientemente conscientes como para no echarle, como Vicky Dávila, una mandarina al sancocho.