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A calmar las aguas en la Uniatlántico

Después del paso negativo del señor Rafael Castillo Pacheco por la rectoría de la Universidad del Atlántico, lo que conviene es que nos calmemos todos y que empecemos a trabajar por lo que realmente importa: por la estabilidad de la institución y por su mejoramiento académico.

Es claro que hay prácticas inadmisibles en una Universidad: que se le meta polítiquería a la administración, en el sentido de nombrar o contratar gente en función de su ideología o de su posición política, y que se utilice el presupuesto para favorecer los intereses electorales de algún agente, como ocurrió con el exrector Castillo.

Introducirle política al proceso administrativo equivale a abrir una tronera por donde se cuelan la politiquería y el clientelismo. Estos dos males desestabilizan ese proceso, sumiendo a la institución en el caos y en la pérdida de sus objetivos misionales. El clientelismo y la politiquería son como un cáncer, que mata a cualquier Universidad Pública que logre infestar.

El otro asunto problemático que salió a flote a raíz de la coyuntura que gestaron Castillo y sus aliados fue el de la violencia. Una violencia física que recuperó elementos tradicionales, como la capucha, la papa o el tropel. Una violencia casi endémica que es justificada por algunos agentes como una consecuencia del conflicto que aún cruza al país, y que es vista por ciertos sectores como la mejor manera de protestar contra la injusticia.

La otra forma de violencia que dominó el conflicto reciente en la Universidad fue la que combinó el pasquín con las redes sociales. Esta representa un gran avance tecnológico, pero todavía sobre una base que privilegia (como en el pasquín tradicional) la calumnia, el macartismo y el matoneo. El día que aprendamos a debatir no la condición de las personas, sino la calidad de sus argumentos daremos un gran paso en el uso realmente civilizado de los medios virtuales.

La violencia física, la de los pasquines o la virtual no le hace bien a nadie, ni siquiera a quienes la promueven. Porque refleja un nivel cultural muy pobre y unos objetivos confusos, ya que en las redes no se usa un lenguaje propio de las gentes de la Universidad, sino de personas incultas o mal intencionadas que son incapaces de pronunciarse sin dejar de lado las groserías o la agresión al otro.

El encapuchado, el tirapapa o el tropelero representan la actitud de individuos confusos que tienen como modelo la lucha armada que aún se aplica en otras partes del país. Aplicarle esta clase de violencia a la Universidad equivale a introducirle el terror y la desestabilización. No existe Universidad Pública en este país que resista el embate de esas fuerzas agresivas sin venirse al suelo. Por esta razón, es un contrasentido que los tropeleros apliquen sus métodos bajo el lema de que defienden esa Universidad.

Si aspiramos a una Universidad estable debemos luchar porque cumpla sus objetivos misionales, que se derivan de su función académica. En la institución lo que debe primar es el interés académico, muy por encima de lo que quieren los políticos o lo que desean los violentos.

Esto hay que plantearlo con claridad y con franqueza: la Universidad del Atlántico no puede ser el nicho de los politiqueros, de los clientelistas o de los violentos. La única revolución que cabe en la institución es la revolución de las cosas bien hechas, siempre teniendo como norte sus procesos académicos.

Estoy completamente seguro que si se concreta la paz con la guerrilla, los violentos de la capucha perderán su razón de ser y deberán dedicarse a luchar por una educación pública sólida al servicio del pueblo, al cual ellos dicen defender y por el cual justifican su lucha. Entonces se crearán las condiciones para reformar la Universidad sin acudir a la violencia, y siempre buscando, con coherencia, favorecer los intereses del pueblo.

Lo que necesita la Universidad es una administración que no se deslice hacia la politiquería y el clientelismo, que respete los procesos administrativos y que le apueste a la academia. Eso es lo que esperamos de la actual rectora encargada Rafaela Vos Obeso, por el tiempo que dure su gestión.

Y lo que se espera de todos los estamentos es que logremos aclimatar un ambiente de respeto mutuo, donde domine el diálogo sincero y franco. La violencia en cualquiera de sus expresiones no le conviene a nadie, ni siquiera a quienes la promueven.

Quizás ya se acerca la hora en que le echemos tierra para expulsarlas del escenario a la capucha, a la papa y al pasquín. Y en que podamos discutir solo los argumentos, sin necesidad de matar al interlocutor. Ese día, al dejar atrás la barbarie de la violencia, tal vez se inaugure otra etapa en la Universidad del Atlántico.

La academia para el pueblo le solicita a todos los agentes universitarios superar sus propias falencias para ponerse a tono con lo que piden los tiempos: mejorar los procesos académicos, pasando por encima de los intereses políticos y sin convertir a la institución en instrumento para otros fines. Esta es la mejor manera de calmar las aguas en la Uniatlántico.