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Barranquilla mira otra vez al río y a sus caños

Desde la época colonial, Barranquilla se forjó alrededor de sus caños, los cuales son hijos del gran Río Magdalena. La urbe creó sobre esas corrientes de agua varios puertos; el más importante de ellos le sirvió, en el siglo XIX, para convertirse en instrumento de conexión del país con el mercado mundial, mediante el comercio exterior.

Ese puerto estaba ubicado en los alrededores de lo que hoy es la Intendencia Fluvial, sobre el llamado Caño de las Compañías. Tal lugar se especializó en las tareas del comercio exterior porque ofrecía las mejores condiciones para la navegación de las naves a vapor, y porque estaba relativamente cerca de la Aduana, de los hospedajes para los viajeros y de la infraestructura que se construyó, en la segunda mitad del siglo XIX, para conectar a Barranquilla con Puerto Colombia.

A pesar de que esta fue la parte de los caños más importante desde el punto de vista portuario, el resto del sistema también cumplió un rol destacado. El Caño de la Ahuyama y el Caño Arriba servían de medios de comunicación entre Barranquilla y sus alrededores, y eran las rutas preferidas para traer alimentos y materias primas a la ciudad, y para trasladar manufacturas y personas a las regiones influidas por la urbe en las riberas del Río Magdalena o en el hinterland.

A través del Caño Arriba se dio un nutrido tráfico de mercancías y viajeros en embarcaciones menores. Muchas de las empresas industriales que se asentaron en las riberas de este Caño recibían las materias primas por esa vía acuática en canoas, bongos o champanes, especialmente.

Sobre el Caño Arriba y el Caño del Mercado se desarrolló una importante zona comercial e industrial cuyos vestigios aún permanecen en pie, a pesar del abandono y el deterioro provocado por el paso del tiempo y la acción humana. Una importante zona comercial e industrial se formó en lo que hoy es la Calle 30, muy ligada a la Isla La Loma 1.

Es decir, Barranquilla surgió y se desarrolló alrededor de los caños y en conexión directa con su gran río. Pero todo el dinámico proceso comercial, industrial y portuario que cobijó este nicho inicial comenzó a decaer y a deteriorarse a partir de la muerte del puerto complejo (integrado por Barranquilla y Puerto Colombia), la cual se produjo cuando fue construido el Terminal Marítimo y Fluvial, a finales de los años 30 del siglo XX.

La floreciente economía de esa parte del Centro Histórico fue menoscaba por la pérdida de la función portuaria ligada al comercio exterior, y por el traslado paulatino de las empresas y empresarios hacia otros sitios de la ciudad. Sin embargo, algunas actividades industriales y un comercio todavía vivo, articulado a un renglón de servicios más amplio, mantienen la vocación económica de esta parte de la urbe, satisfaciendo necesidades de los sectores populares.

Pero esa supervivencia económica ha sido fuertemente golpeada por la desidia de los gobiernos, por la descomposición social y por un deterioro arquitectónico y ambiental que han hecho de algunos sitios de la zona de los caños un problema de difícil solución, pues enfrentarlo implica utilizar muchos recursos y aplicar una política de Estado integral y multifacética, que está mucho más allá de la simple economía.

Es aquí donde se hace necesario resaltar las estrategias gubernamentales que se han venido adelantando para recuperar esos cuerpos de agua. Ya se ha avanzado en la creación de una infraestructura para mantener limpios los caños, aunque aún queda mucho por hacer en esa materia.

La visión de los últimos gobiernos distritales con respecto a la recuperación de esa parte del Centro Histórico es la más conveniente a la luz de la historia citadina, de la recuperación de la memoria histórica urbana y de la superación de los problemas sociales que se han acumulado en ese lugar desde hace mucho tiempo.

Lo que pide el momento es seguir trabajando con tesón para mejorar las condiciones de vida de la gente que trabaja y vive alrededor de los caños, sembrando educación, salud, recreación y oportunidades para que las personas puedan mejorar por sus propios medios y ayuden a cuidar y a elevar la calidad de su entorno. Este no es un trabajo fácil, pero es la única vía posible para frenar y reversar el deterioro físico, ambiental y social que sufre ese sitio.

En este contexto es de suma importancia lo que pretende hacer el gobierno de Alejandro Char en La Loma 2 y en la ribera del Río hasta llegar al Centro de convenciones, ideas ya avanzadas por la administración de Elsa Noguera. Esa política recupera la historia para beneficio de los habitantes del presente. Y abre una inmensa puerta para que los barranquilleros nos acerquemos otra vez a los caños (a esos caños que nos dieron tanto), y para que miremos de frente nuestro Río Magdalena, relegado desde hace décadas al simple uso de los agentes económicos.

Convertir La Loma 2 en un polo de renovación urbana puede servir de palanca para acelerar la recuperación de los caños y para profundizar las tareas de rescate arquitectónico, ambiental y social de La Loma 1, que hoy padece una crisis humanitaria sin igual en toda Barranquilla.

Acercar la ciudad al Río, urbanizando La Loma 2 como se tiene proyectado, es un cabezazo de nuestros gobernantes que servirá para integrar el gran Río a la vida citadina, tumbando de paso la muralla que construyeron los intereses económicos y que nos aisló por mucho tiempo de esa corriente de agua que hizo nacer a Barranquilla.

Conectar el Centro Histórico con el Centro de Convenciones por una ruta paralela al Magdalena es la mejor estrategia para construir un nuevo corredor ecológico, turístico, histórico, cultural, educativo y recreativo que le hace mucha falta a la ciudad. Por fin los barranquilleros (y los visitantes) podremos disfrutar de ese Río que le ha dado tanto a la ciudad y al país, gracias a estas iniciativas tan oportunas y necesarias.

Unas iniciativas destinadas a elevar la calidad de vida de la población y a crear una nueva Barranquilla con la mirada puesta en su Río…como ha debido ser desde hace mucho tiempo.