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Bachelet y su descentralización disciplinada

La primera ‘Ola descentralizadora’ en Latinoamérica se dio hacia finales de los años 80’s, comienzos de los 90’s; aprendiendo de la experiencia europea, la mayoría de países del sur del continente parecían coincidir en la necesidad de fortalecer los gobiernos locales para así crear Estados más capaces, efectivos y próximos al ciudadano. Se hicieron varios intentos y apuestas de todo tipo, algunas funcionaron mejor que otras. El caso colombiano, por ejemplo, que a nivel internacional es visto como referente de la época, podríamos afirmar quienes lo padecemos, que no ha terminado de “parirse”; algo similar sucedió en el resto de latitudes.

 

Las discusiones centro versus periferia no son ajenas a ningún sistema político, por el contrario, suelen captar la atención de los actores y ser el origen de grandes controversias, sin embargo -y desafortunadamente-, estos debates no se dan con la rigurosidad necesaria por parte de los gobiernos centrales. Se perciben a sí mismos como los afectados al verse obligados a ceder poder ante los niveles subnacionales y por eso esquivan con habilidad las reformas necesarias para llevar los procesos descentralizadores a puertos seguros. 

A pesar de lo anterior, con el paso del tiempo y con la aplastante evidencia de la realidad, los dirigentes se han ido dando cuenta de la necesidad de olvidarse de los Estados centrales ‘todopoderosos’ y apuntarle a ordenamientos territoriales con mayor capacidad de respuesta ante las necesidades del ciudadano de a pie. En Latinoamérica son ejemplo Rafael Correa en Ecuador, quien se propuso dar el salto de las zonas de planificación a entes con mayor autonomía fiscal, y Michele Bachelet, en Chile, quien no solo da muestras de sincera voluntad política para avanzar en la materia, sino que lo ha hecho de forma planificada y organizada. Y es que si se desean buenos resultados de la descentralización, éstos procesos se deben diseñar en orden y no como auténticos saltos al vacío.

Son aún muy pocas las mujeres en los más altos espacios de poder, son escasas las que en sus vidas llegan a convertirse en jefas de estado, y la Presidenta chilena lo sabe, su oportunidad de seguir transformando Chile es única y el cimiento sobre el que debe construir la continuación de su proyecto de gobierno es el territorio. Y es que se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la gestión de Bachelet en su segunda versión, pero si algo se le debe rescatar y reconocer es que se ha convencido y ha intentado convencer a los demás actores, de que el país no puede ser gobernado únicamente desde la capital.

Hace tan solo unos días promulgó la Ley que crea la Región de Ñuble, dando una nueva señal de su afán por dejar como legado un Chile con un ordenamiento territorial moderno y efectivo, adaptado a sus necesidades y no compuesto por retazos que va dejando la historia y su herencia. En definitiva, lo más importante de este caso no son solo sus grandes avances, sino la planificación de sus políticas y sobretodo, la concertación de todos los sectores (academia, sector privado y políticos) que ha conseguido la mandataria alrededor de la idea del fortalecimiento de los gobiernos locales.