Abrir la mente, abrazar la izquierda
Colombia nunca ha tenido un partido de izquierda. A comienzos del siglo XX, cuando Europa y Estados Unidos empezaban a sentir el eco lejano de la Revolución Rusa, este país siguió debatiéndose en un modelo bipartidista -liberales contra conservadores- que se sustentaba más en las diferencias de ideología moral y social que en la misma política o la economía.
El Informe de la Comisión Histórica sobre el conflicto armado en Colombia ilustra esta realidad. “El Partido Comunista, cuyo nacimiento coincidió con el cambio de hegemonía política en 1930, tras un breve lapso aplicando la tesis ultra radical de la Internacional Comunista de ‘clase contra clase’ (…) terminó siendo un apéndice del Partido Liberal por más de una década”. Un fenómeno que, en Latinoamérica, solo se repitió en Uruguay, Paraguay y Honduras.
No debería sorprender entonces la extrema polarización que caracteriza a este país, un continuo vaivén entre el blanco y el negro. Al fin y al cabo, mantuvimos el mismo abanico de ideas durante décadas, auspiciado por las mismas familias que manejaban los únicos grupos políticos que se presentaban ante todos los colombianos como opciones democráticas viables.
Solo observando bajo esta lente nuestra historia se pueden comprender realidades tan macondianas como que, en algún momento, la tarjeta de afiliación al partido liberal o conservador llegara a ser más importante que la cédula; o que se produjera un arreglo político que dispusiera turnar la presidencia entre las dos hegemonías durante 16 años, así sin más, pasando por encima de cualquier sutil intento democrático.
Después de la Segunda Guerra Mundial comenzó la Guerra Fría, un enfrentamiento que no se peleaba tan solo a punta de bala en las recónditas selvas de Vietnam, Corea o Sri Lanka; ni en las costas de Cuba o los desiertos de Afganistán. La Guerra Fría también se peleaba haciendo política en un mundo dividido.
La actual calidad de vida en el viejo continente solo es comprensible analizando el enfrentamiento entre neoliberales, conservadores, socialistas y comunistas en los países europeos. Una confrontación que, si bien tuvo ocasionales matices violentos, en general se trataba de convencer y adherir.
La pluralidad de pensamientos solo trajo progreso a un continente que estaba, literalmente, devastado por la guerra más sangrienta y costosa en la historia de la humanidad. Este progreso, muchas veces, estuvo jalonado por el pensamiento de la izquierda moderada.
La firma de los acuerdos de La Habana no es tan solo una concesión por la pacificación de Colombia, un perdón a los que nos han ofendido, el apartado de participación política define el camino para la entrada de una visión de país diferente a la arena desde la que el poder traza el camino que debemos transitar a futuro.
La oportunidad es gigantesca, así como la responsabilidad. El nuevo partido que tendrán que conformar las Farc, con una mínima participación política asegurada de 10 curules en el Congreso, tiene el deber de proponer algo diferente, de pensar la forma de generar progreso alejados de las estrictas ideas neoliberales que durante tanto tiempo han generado desigualdad social y un crecimiento económico concentrado en pocas ciudades y poca gente.
Los exguerrilleros leninistas-maoístas-marxistas-castristas tendrán que abandonar mucho más que la selva, también tendrán que dejar atrás las románticas, pero obsoletas, ideas de la lucha de clases, de la lucha del comunismo contra el mundo, de la necesidad imperiosa de la dictadura, contemplada en la mayoría de las corrientes de pensamiento comunistas.
¿Adherirán las ideas del socialismo escandinavo?, ¿aceptarán la necesidad de un sector privado vigilado pero respetado?, ¿sabrán combinarlo con una alta inversión social bien pensada por parte del Estado? También podrían optar por denunciar las siniestras intenciones de las multinacionales, el oscuro manto del imperialismo yanqui que se cierne sobre el mundo… podrían denunciarlo y perecer como opción política en el intento. Hace falta ‘desescalar’ el discurso.
Como país nuestra responsabilidad no será tan solo abrazarnos entre todos y pregonar amor y paz, es el momento para un punto de inflexión, en el que dejemos de ser una mayoría de analfabetos políticos y comencemos a entender que la democracia no es votar a favor del aborto o en contra del matrimonio homosexual, no es la eutanasia ni la igualdad de género. El progresismo es una tendencia social que, en todo el mundo, usan la derecha, el centro o la izquierda por igual según les convenga.
Nunca antes se había desarrollado una campaña tan grande como la del plebiscito para intentar incluir a la población en su totalidad en un proceso de participación democrática. No hay que soltar ese hueso, hay que mantenerse acostumbrados. Hay que escuchar lo nuevo y valorar, que la ‘vacuna’ Venezuela no sea más grande que nuestro derecho a razonar antes de decidir.
Sobra decir que, si de ideas se espera mucho por parte de esta ex izquierda armada, mucho más cabría esperar de honestidad… que los supuestos defensores del proletariado empiecen a robar del erario público probablemente sea el doble de injurioso que si lo hacen aquellos que lo llevan haciendo generación tras generación como honroso modo de vida.