Vacunas: Salud o libre albedrío
Hace seis meses escribía en una columna de opinión que el principal reto del Gobierno para lograr la vacunación en Colombia no iba a ser conseguir las dosis necesarias para cubrir al 70% de la población, sino lograr que la población superara sus miedos, supersticiones y teorías conspirativas y efectivamente fueran a aplicarse los biológicos. Creo, a día de hoy, que aquel diagnóstico ha resultado –lamentablemente- acertado.
Aunque la disponibilidad de vacunas para la población en general aumenta, el ritmo de vacunación no se mantiene constante, con picos eventuales cada vez que se abre la posibilidad a la siguiente franja de edad de la población en el plan de vacunación gubernamental. Es decir, cuando una nueva fase de vacunación comienza, una cantidad significativa de personas acude los primeros días, pero luego quedan muchos que tardan o, de plano, no se deciden a vacunarse.
Esto se evidencia al analizar la serie de tiempo de las dosis de vacunas aplicadas diariamente en Colombia. Aunque existe una clara tendencia al alza a lo largo del tiempo, la varianza también se incrementa con el pasar de los días, así como hay picos cada vez más altos, las caídas también son cada vez más pronunciadas. No hay duda de que algunas de estas caídas pueden atribuirse al mismo Gobierno, que no ha sido capaz de asegurar un suministro constante de dosis a la población en general, sin embargo, con el pasar de los días la escasez de vacunas se ha ido haciendo cada vez menor.
Si toda la población estuviera acudiendo a vacunarse de manera regular, las caídas no deberían ser tan estrepitosas, deberíamos ver que la serie se estabilizara alrededor de un promedio relativamente constante. Por el contrario, aunque desde el comienzo del mes de julio hasta el día de hoy el promedio de vacunas aplicadas se ha mantenido en alrededor de 312.000 diarias, la desviación estándar de la medida es de 115.000 vacunas. Quiere decir que cada día las dosis aplicadas en Colombia pueden ir de números tan altos como 427.000, a números tan bajos como 197.000.

Es probable que el país llegue a la meta de 400.000 vacunados diarios que el Gobierno se ha propuesto para comienzos de octubre, sin embargo, la gran pregunta es en qué momento la tendencia se estabilizara y, aún peor, cuándo empezará a bajar. Luego de que las personas que tienen una actitud positiva hacia la vacunación hayan completado su proceso y solo hagan falta aquellos que se consideran ‘antivacunas’, empezará un nuevo reto para Colombia, que ya no va a estar relacionado con poder comprar más vacunas, sino en conseguir que la gente se las ponga.
El espectro de mitos en el que se escudan las personas que no quieren vacunarse va desde los más absurdos, como que las vacunas tienen microchips o que son un veneno de efecto retardado para disminuir la población mundial; hasta los más comprensibles, como el miedo a que la evidencia recolectada hasta el momento sobre el efecto de las vacunas no sea suficiente para asegurar su completa seguridad. Ninguna de estas quejas es una razón válida para no vacunarse, pero cada una merece una aproximación diferente y, en los próximos meses, será el desafío del Gobierno lograr atajar a cada ‘tipo’ de antivacuna de la mejor manera posible.
Sin embargo, la situación suscita una discusión pública muy interesante, que se ha venido aplazando desde hace ya tiempo y que, sin embargo, es necesario plantearse, ¿hasta dónde llega el límite de las libertades individuales?, ¿debería el Estado intervenir para asegurar el bienestar de la sociedad adoptando medidas coercitivas que permitan alcanzar la inmunidad de rebaño?, ¿la estrategia debería estar enfocada a crear incentivos que faciliten una decisión voluntaria de vacunarse? La respuesta no es clara y el problema no se limita tan solo a Colombia, las naciones de todo el mundo batallan ahora mismo con estas preguntas a distintos niveles de éxito.
Más pronto que tarde, en todo caso, la discusión dejará de ser tema de filosofía política y se convertirá en una realidad apremiante, si es que ya no lo es. Cada día que pasa aumentan las probabilidades de que se presente una mutación del coronavirus que sea muy resistente a las vacunas y las deje obsoletas, de hecho, hay algo de evidencia preliminar que indica que este fenómeno ya se puede estar presentando. Para los ‘antivacunas’, que esto suceda sería como una forma de confirmar la veracidad de sus creencias, a pesar de que, realmente, se trate de una profecía autocumplida. La no vacunación, por miedo a que no funcione bien, habría provocado, precisamente, que no funcione bien.
En todo caso, incluso si son necesarias terceras dosis, o esperar a que se desarrolle una nueva versión de las vacunas que pueda atajar de forma más permanente al virus, no hay duda de que el beneficio de la vacunación es claro: la reducción de la mortalidad en los países que van más avanzados es innegable. Este es el punto, al final se trata de reducir las muertes, aumentar el bien colectivo, las dudas sobre la eficacia de las vacunas para disminuir la dispersión son reales, pero también son muy reales las evidencias que muestran que con las vacunas se disminuye considerablemente el riesgo de sufrir síntomas graves.
La realidad es que en el próximo mes el Gobierno colombiano debería empezar a poner normas que lleven a la población antivacuna a vacunarse, acompañado esto de estrategias de educación en los barrios y alguno que otro incentivo, el palo y la zanahoria. No obstante, el mayor temor es que la temporada de campaña para las elecciones presidenciales que se avecinan trunquen todo esto, puesto que es probable que Duque no quiera asumir el costo político de imponerle cosas a las personas, y prefiera dejar que las personas mueran víctimas de su propia ignorancia. Amanecerá y veremos.