Un monumento del Almirante Padilla
El almirante José Prudencio Padilla nació en Riohacha y se ha convertido, hoy por hoy, en uno de los más importantes próceres de la independencia nacional de origen costeño.
A él se le reconoce la derrota naval de los españoles, sobre todo en aquella batalla en el Lago de Maracaibo ocurrida a mediados del año 1823, que selló el triunfo definitivo de los sublevados contra la corona española, en la parte norte de Suramérica.
El Almirante Padilla también había ayudado a liberar las costas de la Nueva Granada, azotando, entre 1820 y 1821, a las naves y huestes realistas en Riohacha, Santa Marta y Cartagena. Podría decirse que su trabajo como marino complementó el esfuerzo de los ejércitos de tierra, para conseguir la independencia definitiva de este territorio.
José Prudencio fue hijo de personas humildes, y era considerado un miembro de las “castas” de la época colonial, antes y después de adquirir relevancia militar por sus triunfos navales. Concretamente, perteneció a los mulatos de la Nueva Granada (hijo de blanco o blanca con negra o negro), o a aquellos, fruto del mestizaje, conocidos como pardos.
Su condición étnica o racial parece haberle jugado más de un revés con la élite blanca, y a menudo racista, que dirigió la independencia. Un cuadro suyo fue “blanqueado” en Bogotá, para hacerlo aparecer menos afrodescendiente, de modo parecido a como lo hicieron, ya en plena república, con el general costeño y expresidente Juan José Nieto.
José Prudencio Padilla no solo fue un costeño y un afrodescendiente que ascendió a las más altas esferas de los líderes independentistas por mérito propio, sino que también arrastró un sino trágico, como consecuencia de sus posiciones políticas y de su ascendencia socioracial.
Eso de ser el primer almirante del país y de servir de símbolo heroico de la Armada Nacional contemporánea, aparte de integrar la estatuaria nacional, tiende a cubrir un poco las circunstancias de su destino trágico, a manos de Simón Bolívar y sus aliados.
En los comienzos de la construcción de la república podría decirse que el almirante estuvo en el lugar equivocado. Nació como un descendiente de las “castas” coloniales, y por eso retuvo sobre sí la prevención racista de las élites criollas blancas triunfantes.
Esa condición socioracial no dejaba de provocar cierto recelo, sobre todo si se partía del supuesto de que miembros de la afrodescendencia habían dirigido una revolución triunfante hacía muy poco, en Haití en 1804, contra el dominio colonial francés.
La dirigencia criolla blanca dominante no estaba dispuesta a permitir semejante solución en la Nueva Granada, y por ese motivo vio siempre con sospecha a los líderes de piel oscura que no defendían sus intereses económicos, especialmente los relacionados con la esclavitud y la posesión territorial.
Varias protestas en Cartagena, contra medidas del gobierno republicano recién creado en los años veinte del siglo XIX, se ligaron con la actividad contestaría del almirante. Y fueron interpretadas como sediciosas porque ellas tenían que ver con reclamos de la afrodescendencia contra el gobierno dirigido por el general Mariano Montilla, reconocido aliado de Bolívar.
El hecho de que Padilla cayera prisionero de Montilla, en 1827, también ha sido asociado, por ciertos historiadores, a una disputa de faldas entre los dos líderes. Resulta que el jefe de gobierno de Cartagena había traído de Jamaica a una esbelta mulata, de nombre Juanita Rodríguez, quien huyó de sus brazos, por la razón que sea, para ir a recalar en los del almirante.
Más de una vez en la historia estas pasiones secundarias han predeterminado los comportamientos de los agentes históricos. Pero, en este caso, lo principal no era el despecho de Montilla y su rencor hacia quien le había arrebatado a la mujer, sino las condiciones políticas generales del momento.
Parece que, de nuevo, la historia encontró otra vez a José Prudencio en el lugar equivocado. A las prevenciones contra una posible rebelión de los mulatos, se le unió la sospecha de ser amigo del general Santander, el líder indiscutible de la oposición a Bolívar.
Montilla había enviado a Padilla preso a Bogotá, y en septiembre de 1828 se presentó el intento de asesinato del Libertador, asociado inmediatamente a Santander y sus amigos. Al almirante intentaron sacarlo de la cárcel los complotados, y este hecho sirvió de aditivo para ligarlo a los adversarios de Bolívar.
En consecuencia, la muerte del almirante a manos de Bolívar, en noviembre de 1828, da la impresión de haber sido una retaliación contra los amigos de Santander, una retaliación que, además, debió tener colgado el temor hacia los afrodescendientes, y las bajas pasiones amorosas del general Montilla.
El problema con el almirante es que la discriminación contra él parece subsistir a los conflictos iniciales del liderazgo de la independencia. En la actualidad, su estatuaria, inclusive en la Costa, ha sido sometida al vandalismo y al abandono, por parte de la gente común y de las autoridades.
Esa vandalización y abandono no parece tener por causa los conocimientos históricos, sino la ignorancia de la historia nacional. Tampoco podría ser provocada por el racismo, o por el centralismo, pues muy poca gente sabe acerca de las características peculiares de la historia de José Prudencio.
De todas formas, algo que sí pesa demasiado es que la imagen del almirante está menos arraigada, en el imaginario colectivo, que la de Santander o Bolívar. Estos dos dirigentes son reconocidos, más allá de su disputa histórica, como los principales exponentes de la independencia en la Nueva Granada.
La situación varía un poco en los últimos tiempos en Riohacha, donde Padilla ha sido rescatado y elevado a la categoría de líder independentista regional y nacional por los historiadores y políticos guajiros. Pero en el resto de la Costa y en otras partes del país, el almirante es concebido como un dirigente de segundo orden.
Quizás esta situación haya incidido en el cuidado de su estatuaria en la Costa y en el interior. En Bogotá, uno de sus principales monumentos fue abandonado y vandalizado hasta hace muy poco, cuando las autoridades decidieron hacer su trabajo, restaurándolo.
En Santa Marta, uno de sus monumentos fue objeto de la agresión de todo tipo de personas, hasta de los jugadores de fútbol, quienes le arrancaron la espada a la estatua con un certero balonazo. El gobierno local decidió intervenir y enderezar el asunto.
En Barranquilla, un parque situado en la calle 98 con 64 B, a un lado del bulevar de Buenavista, lleva su nombre. Por iniciativa de la Armada Nacional, allí se construyó un lugar de memoria, completado con una estatua del prócer guajiro, construida por el artista cartagenero Marcel Lombana.
Todavía a ese monumento de José Prudencio no le han arrancado la cabeza o un brazo, ni ha sido víctima de los grafitis, o de los balonazos, pero sí parece ser objeto de la discriminación histórica y, quizás, del abandono de las autoridades locales.
Es probable que la poca consideración manifestada por ese lugar se deba al desconocimiento de la historia de Padilla, o al hecho de que las estrellas de la estatuaria local sean Bolívar y Santander.
Eso se entiende, y se comprende también el comportamiento de las personas que no son autoridad y que, por lo tanto, no tienen la primera responsabilidad en el cuidado de la monumentaria que representa la memoria histórica regional y nacional.
Lo cierto es que el monumento de la 98 al almirante José Prudencio Padilla está cayendo en el abandono. Por la noche, es casi imposible leer su placa pues la carencia de alumbrado propio dificulta la tarea.
En la zona no existen baños públicos porque las autoridades suponen, erróneamente, que esa parte de la urbe solo es visitada por los habitantes de los alrededores. En consecuencia, los padres buscan para sus hijos, ante una urgencia manifiesta, el lugar menos iluminado y propicio para aliviar las necesidades fisiológicas de los niños.
El lugar menos iluminado y propicio para soltar los residuos corporales es, precisamente, el monumento al prócer que ayudó a liberar a la Costa y a Venezuela, acelerando el triunfo de los independentistas sobre los ejércitos del rey de España.
La falta de iluminación artificial, combinada con los arbustos en la parte posterior de la estatua, han convertido el sitio dedicado al almirante en letrina pública, sin que las autoridades locales se hayan percatado aún del problema.
Si uno se atreve a entrar a leer los datos celebratorios en la noche, le cuesta mucho trabajo hacerlo por la mala iluminación. Eso sí, si antes no es derrotado por el fuerte olor a orín que brota del jardincito del monumento.
Cabe esperar que la Armada Nacional y las autoridades locales tomen la iniciativa para revertir esta situación, que representa una forma de abandono de un monumento público de un líder costeño de la época de la independencia.
Un dirigente importante que fue discriminado en los comienzos de la república, y que ahora sigue siendo discriminado a través de su estatuaria. Ni más ni menos.