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Un fallo judicial pro-discriminación

Esta semana nos tuvimos que enfrentar a nuevas masacres, el proceso de Uribe en la Fiscalía, críticas a la renuncia de la Ministra del Trabajo, la nueva normalidad, entre otros temas que ameritan el interés nacional. Sin embargo, mi columna tratará de un asunto repetido, tedioso y hasta desgastante, que fue la decisión de un Juez de Cartagena de negar el derecho de dos ciudadanas a contraer matrimonio por razones relacionadas con su fe, su fe personal. El juez afirma, jurando que es avalado por la Constitución, que prefiere agradar la ley de Dios que la de los hombres y soportado por un grupo de ciudadanos radicales, tiranos y poco democráticos, justifica su actuar en su fuero personal y en su interpretación de lo que, en teoría según él, dice la Biblia.

Eliseo Flórez Torres, el susodicho juez, olvida hasta el origen de su nombre “Dios es mi salvación”. El justiciero funcionario, arguye que, como la Constitución invoca la protección de Dios, eso significaba el único y suyo propio y determinó, de un plumazo, que las convocantes a matrimonio no tenían derecho a ello. Un desafortunado precedente que transgrede hasta el derecho canónico, ya que él no es competente para fallar conforme las leyes religiosas y compromete el sentido mismo de la democracia, el respeto por el otro.

Sumado al juez Eliseo, un manifestante invocando a Cristo, impetró a la alcaldesa de Bogotá para que se alejara de sus hijos y no le enseñara el respeto al diferente. En Polonia, los radicales conservadores, odian la propagación de la comunidad LGBTI. En muchos países se intensifican las violencias por razones de escogencia sexual. Existe un giro hacia una política excluyente, de unos pocos correctos, que atemoriza. Yo, creyente en Dios, no juzgo según el bien y el mal sino según la vida, la sabiduría, la paz. No comprendo cómo, un republicano, funcionario judicial, invoca a un dios en sus fallos, a su Dios, para determinar que la palabra de un libro que no es fuente del derecho sea la justificación de su sentencia. Una objeción de conciencia judicial por quien es llamado a abstraerse de sus impulsos personales, para dictar lo justo en un caso concreto. La verdad, leyendo los comentarios que detallan cada noticia, me doy cuenta de que, en Colombia, existe una mayoría popular y agresiva que considera a este señor un héroe cuando en realidad es un infractor voluntario, doloso y a conciencia de la Constitución.

Yo también creo en Dios, como dije, pero jamás se lo impondría a nadie más. Que la Biblia dice eso que el hombre afirma en su fallo, como dice otras cuantas cosas que ninguno es capaz de cumplir (matar a su único hijo ante el requerimiento de la divinidad como se exige a Abraham). No más justificaciones divinas en los fallos judiciales. Qué cansancio dan estos fallos en Colombia y qué desgaste esta situación para una población que lo único que pide es vivir en paz.

Las entidades de control deben tomar las medidas correspondientes, para que estos humildes funcionarios con ínfulas de santos sean llamados al orden. ¿Acaso el funcionario no pudo solicitar él mismo a un Superior el estudio de su objeción de conciencia a través de una auto recusación por carencia de imparcialidad o independencia en el tema? La SU 214 de 2016 es la fuente de autoridad que le impide tomar decisiones basadas en su subjetividad. Lo que preocupa aún más es cuántos fallos e injusticias basadas en sus creencias personales, puede tomar este juez de la República. ¿Y si mañana un Juez cree en los extraterrestres, o en el diablo mismo, o en la diosa afrodita, o en Mahoma y Alá? Qué no entienden que cada uno en su vida privada puede rezarle a quien quiera, pero jamás obligar a nadie a creer en su dios personal o fundamentar en dichas creencias sus decisiones legales.

No sé ya qué pensar de una sociedad que empodera individuos que excluyen a otros seres humanos con base en una ley religiosa. ¿Por qué siempre vamos para atrás Colombia, por qué? Tal vez muchos de mis lectores piensan que la comunidad LGBTI es indigna. Tal vez muchos de mis lectores consideran a la comunidad religiosa un riesgo. Ni los unos ni los otros tienen razón; ambos son bienvenidos en una democracia donde el individuo sea lo más importante y donde las ideas son respetadas y las verdades absolutas no las tiene nadie. Tolerancia con los tolerantes, intolerancia con los intolerantes, sea quien sea y vengan de donde vengan.

Por mi parte, que el Eterno no bendiga la exclusión, la discriminación, el irrespeto, las fobias raciales, sexuales, políticas y económicas, que no bendiga los egos hinchados que maltratan en su nombre, las felicidades de sus seguidores ante desdichas ajenas, las imposiciones morales a pesar de la diversidad y los corazones tristes ante el rechazo social. Que Dios no bendiga todo aquello que hace mal. Basta ya de invocar a Dios, para ganar aplausos, basta ya de usar a Dios para causar daño. El Papa Francisco ha afirmado que quien rechaza a los homosexuales "no tiene un corazón humano", al tiempo que ha recalcado que "todos somos seres humanos y tenemos dignidad”. Oigamos a los expertos, que Dios no bendiga el odio y la exclusión. Es increíble que esto siga siendo un tema en estos tiempos, es increíble que haya tenido que repetir el mismo tema otra vez en esta columna. Pasemos la página por favor. No más discriminación.