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Trump y el peligro del carisma

No hay nada más peligroso para una democracia saludable que un líder carismático. La sabiduría popular nos ha enseñado a creer que una persona que sobresale entre las demás, que mueve masas, que arrastra apoyos y aviva pasiones, es el modelo ideal de líder para asumir las riendas del futuro de una nación. Sin embargo, esto no puede estar más alejado de la realidad.

El problema es que nuestros sistemas democráticos están diseñados para funcionar bajo la protección de la incertidumbre. Los ganadores no abusan de los perdedores de hoy, puesto que muy fácilmente ellos podrían ser los perdedores de mañana. Esta certeza, este temor, que debe rondar los rincones de la cabeza de cualquier político, es lo que ayuda a que el juego no se acabe, saber que no hay ninguna victoria electoral que sea permanente.

No obstante, los políticos carismáticos tienen -a diferencia de sus contrapartes más aburridas- seguidores apasionados, que creen casi ciegamente en el líder, no en un programa, o una idea, al menos no de forma directa. Para no tener que pensar demasiado en el programa que desean, deciden dejar a cargo de todo a una persona que de forma vaga asocian con el modelo de sociedad al que aspiran. El problema es que con este tipo de seguidores la incertidumbre disminuye.

Si una persona ha tomado el atajo mental de asociar el país que quieren al nombre de algún líder político, podrán surgir otros 10 líderes que prometan el mismo programa de desarrollo, la persona difícilmente cambiará su alineación. Esto incluso si alguien nuevo prometiera lo mismo y pudiera, creíblemente, proveerlo mejor. El ‘quién’ se vuelve lo mismo que el ‘qué’.

Desde luego, un líder político carismático sabe que sus seguidores lo siguen a él y no tanto a lo que dice –o hace-, al menos mientras se mantenga dentro de ciertos márgenes ‘razonables’, puede estar seguro de que en el futuro contará con una base de apoyo que no fluctúe demasiado. La consecuencia de esta seguridad es que, a la primera victoria, estos personajes intentan minar las instituciones democráticas que se encuentran en pie para asegurar que los ganadores de hoy sean protegidos cuando se vuelvan los perdedores de mañana y que, por consiguiente, las posiciones de poder en el Gobierno no sean abusadas.

Como regla de tres es recomendable suponer que cualquier líder popular va a ser dañino para una democracia, es mejor no arriesgarse. En Colombia el ejemplo de Álvaro Uribe es el más claro, siendo sus numerosas confrontaciones con la rama judicial una muestra clara del peligro que estos líderes representan. Al final de su mandato el expresidente pudo capturar a la justicia del país y provocar un daño irreparable, un disparo que esquivamos sin, probablemente, darnos cuenta.

Con las elecciones presidenciales en el país más poderoso política, cultural y económicamente del mundo en camino, vale la pena tener esta regla de tres presente. Donald Trump representa, precisamente, todo aquello que está mal con los líderes carismáticos, en su personaje se concentra, probablemente en mayor medida que en cualquier otro ejemplo reciente, lo que sucede cuando un líder político es solo carisma y no tiene nada de programático detrás.

En apenas cuatro años de gobierno, Trump ha sido capaz de convertir al Partido Republicano de los Estados Unidos en una triste plataforma para impulsar su culto personal. Un pilar de una de las democracias que más ha influenciado los demás modelos de Estado del planeta es hoy poco más que una cámara de eco, cuyo único propósito es amplificar las estupideces de su líder.

Tradicionalmente en Estados Unidos los presidentes llegaban al poder con el apoyo de su partido y dependían del mismo, no se puede subestimar el profundo significado simbólico de este cambio, ni de sus consecuencias en caso de que el actual presidente alcance su reelección. En Colombia es bueno recordar que, con la subida al poder de Uribe, se concretó la decadencia de los tradicionales partidos políticos del país.

Finalmente, quizá impulsado por la seguridad de que sus votantes lo votan a él, y no a un programa o ideología, Trump se ha atrevido a ir tan lejos como para afirmar que los votos por correo (que van a ser protagonistas en estas elecciones a causa del Covid-19) están siendo alterados para llevar a cabo un fraude masivo en su contra. De hecho ha insinuado de forma tácita que si pierde no reconocerá el resultado, una posibilidad preocupante.

Poco podemos hacer los ciudadanos del mundo para influenciar las elecciones de un país que, sin embargo sí va a influenciar mucho nuestras vidas. No obstante, lo que sí podemos hacer, al menos, es rescatar alguna enseñanza de este episodio. La próxima vez que vayamos a las urnas votar por programas en el mejor de los casos y, si se nos hace muy tedioso estudiarlos, al menos votar por partidos, no personas. Si nada de esto funciona, siempre se puede aplicar la más simple, votar por el más aburrido.