Tardía indepedencia de una República de todos
En el año de 1873, sesenta y tres años después de la firma del acta de la Revolución de 1810, y luego de un trabajo incesante a través de los mitos, leyendas y literaturas para intentar cohesionar un país pegado a la fuerza, se celebraba en aquél momento y por primera vez con una fecha clara, la independencia de la que era Colombia, o tal vez Estados Unidos de Colombia o no sé si la República liberal o conservadora, que fue unitaria, autónoma y descentralizada, que fue y que ha sido todos y cada uno de los intentos fallidos pero bien habidos de hacer funcionar en esta tierra y sociedad un régimen justo.
El imaginario colectivo de esa declaratoria de independencia de 1810 con su florero de Llorente fue la que más perduró y la que por tanto se utilizó para intentar justificar una independencia tardía.
Sufrimos varias declaratorias de independencia ante la indecisión de los criollos, hijos de españoles peninsulares cuyos críos nacían en las tierras conquistadas, de menor valor, que sufrían ante la amarga decisión de tener que cortar el cordón umbilical de las tierras madres que conocían a la perfección.
Las tierras que les dejaron a estos criollos eran vastas y ocupaban varios territorios europeos; no éramos los pobres, es más, en ningún momento lo fuimos, sino que éramos los rebeldes que, por buscar apoyos franceses, otros dicen que ingleses y hasta americanos, terminamos con una independencia no deseada y una autonomía huérfana de un país madre que nos dejaba al azar.
Esto es lo que hemos heredado de esta clase dirigente. Peleas, peleas y más peleas que sólo han dividido un pueblo que lo une un espíritu, la intención de ser mejor. Porque ellos apenas el 26 de noviembre de 1861 aprobaron la bandera tricolor, que nuestro himno ganador en un concurso inexistente por ser el más bello, eso sí, respetando La Marsellesa, sólo fue himno oficial en 1920 y que nuestro escudo sólo tuvo consenso hasta agosto de 1955. Esa idea de ser lo que aspiramos ser pero que no somos, un pueblo unido.
Hoy, nos toca agonizar nuestro espíritu patrio palidecido por la pandemia del COVID-19. El tradicional desfile patrio toca guardarlo para otra ocasión. Hoy, desde las 10am, podremos ver por TV, copiado de los americanos, los desfiles de las fuerzas armadas, el típico concierto nacional y seguramente alguna campaña contra el COVID como personaje principal.
Somos más que un grito de independencia, somos más que el querer de unos criollos de cuidarle tierra a españoles ante la amenaza napoleónica, somos más que holandeses buscando invadir Cartagena o mulatos creyéndose europeos. Somos todos ellos y no somos ninguno de ellos. Y eso es lo que nos falta asumir.
Una real creencia autonómica que reconoce todos sus orígenes y todas sus mezclas, que no le interesa la pureza de nada sino el resultado auténtico de todo, que le interesa una marca diferente a la de todos los demás. Porque no somos ellos, pero tampoco somos lo que nos intentan hacer creer la clase dirigente. Porque no somos pobres, nos han hecho pobres; porque no somos violentos, nos culturizaron violentos; porque no somos estúpidos, les convienen que continuemos así y de eso sí somos culpables.
Colombia debería pensar realmente en autogobernarse, en utilizar el conocimiento del mundo para auto analizarse; no sólo las ideas marxistas de un comunista trasnochado, ni únicamente la supuesta mano invisible que jamás ha ayudado a nadie a surgir en la vida, sino el análisis del esfuerzo individual y apresurado de nuestros empresarios, de cada ciudadano contra un estamento que todo lo niega y si lo da, hay que arrebatarlo. Aún estamos a tiempo de independizarnos, sin tomar armas como acostumbramos, sino haciendo de nuestra casa, nuestro edificio, nuestro barrio, nuestro trabajo, un lugar mejor.
Colombia lo tiene todo pero su gente se ha negado a mirarse a dejarse seducir por el resultado de la suma de todo lo que somos, de todos los lugares y todos los hombres en un solo espacio y resultar de ahí una economía, una cultura, una ciudadanía diferente a todas. Que decidamos por fin que el bien ya germinó, que no somos ni marxistas ni capitalistas sino una ciudadanía que rechaza los negocios rentables sin corazón, que aquí no crezcan, que no seamos tierra fértil para el dinero fácil, del asqueroso dinero fácil. Que los políticos nos han jodido la cabeza, por falacias y argucias que jamás buscan una mejor idea aplicada al pueblo.
Es hora de que le demos importancia al campo, la que tiene, la de ser lo que querían nuestros literatos, el banco de alimentos del planeta. Que la muerte deje de ser la señal de vida de Colombia, como dijo Moreno Durán, y que, por fin, nuestros representantes logren borrar un pasado que cargamos injustamente como la mula abusada por su dueño sin alma ni compasión. Porque el pueblo de Colombia es el chivo expiatorio de su clase dirigente. Que esta columna no logrará la paz, ni cambiará al empresario ni hará reflexionar al político, tal vez no, pero que al menos a ti te haga pensar que es hora de que declaremos nuestro sello diferencial, nuestra real independencia. Que no somos ninguno, que podemos convivir con todos sin rechazar a nadie, que seremos tolerantes con los tolerantes e intolerantes con los quejumbrosos e intransigentes; que, de verdad, seamos la Colombia que vendemos cuando viajamos al extranjero y no la real que se ve en cualquier pueblo abandonado de nuestro país y nos explota en la cara como el camión de Tasajera, avergonzándonos más que preocupándonos.
Es hora de aceptar nuestra identidad: no somos violentos, los violentos son los que han dirigido a este país y encienden las puertas, casas y ciudades cuando les ha convenido, usando la turba como perros rabiosos. Es hora de que, por fin, olvidemos a los caudillos incesantes que animan las masas a su conveniencia.
Es hora Colombia de que cada ciudadano sea todo el país, y que todo el país sea un solo ciudadano, que cualquier colombiano tenga lo mínimo que todos y cada uno de nosotros nos merecemos. Es hora hoy, en plena pandemia, que aprovechemos esta ocasión tan propicia para salir de la eterna y nostálgica clandestinidad de divagaciones insulsas a propósito de los doscientos diez años de la “dizque Independencia de Colombia” que ahora celebramos como una fecha histórica de todos.
Una ocasión propicia para empezar otra vez por el principio y amar como nunca al país que merecemos para que nos merezca. Pues aunque sólo fuera por eso me atrevería a creer que la ilusión de Gabriel García Márquez (a quien parafraseo y sobre quien no faltará el que me acuse de comunista sólo por citarlo) está ahora en su estación propicia para vislumbrar los albores del tiempo serenado, que el mal que nos agobia ha de durar mucho menos que el bien, y que sólo de nuestra creatividad inagotable depende distinguir ahora cuáles de los tantos y turbios caminos son los ciertos para vivirlos en la paz de los vivos y gozarlos con el derecho propio y por siempre jamás.
Somos una nación en construcción que puede corregir el destino que nos han trazado, podemos cambiar el camino que seguimos y que no hemos decidido y que nos lleva a donde ya sabemos, donde ya vivimos, donde se favorecen a unos cuantos. Podemos ser mejores, estoy seguro de eso; seguiré creyéndolo hasta el final de mis días. Sólo depende de cada uno de nosotros, de ti, de todos.
Feliz Día de la Independencia tardía colombiano, que sea hoy y que así sea.