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Superstición: el principal reto de la vacunación

El principal reto de la vacunación en Colombia no será conseguir las 35 millones de dosis que el Gobierno se ha propuesto aplicar antes de que termine el 2021 a toda la población, sino convencer a esta misma de que las vacunas no son un instrumento de dominación global o un plan de envenenamiento masivo para controlar la sobrepoblación. Las teorías conspirativas están a la orden del día y el efecto que pueden tener sobre la salud del país es mucho más real que las historias que cuentan.

Basta un vistazo a las redes sociales de cualquiera de los principales medios del país para encontrar, en las noticias relacionadas con la Covid-19 o la vacunación, el comentario habitual sobre el supuesto peligro que representan las inyecciones. Los hay de todos los colores, desde el comentario más light que asegura que todo el proceso de vacunación no es más que un negocio gigantesco para hacer millonarias a las farmacéuticas que las venden, hasta los que aseguran saber a ciencia cierta que la vacuna es un veneno que empezará a hacer efecto con el tiempo.

Sin lugar a dudas, las empresas que desarrollaron las vacunas se van a lucrar con ellas, así funciona el mundo desde hace un tiempo bastante largo, y funciona así porque hemos descubierto que es la forma más efectiva de funcionar. El incentivo de generar ganancias económicas acelera la investigación en todos los campos. No esperaríamos que Apple desarrollara mejores teléfonos celulares año a año si estos fueran a ser regalados y, probablemente, Google no inventaría productos para cubrir cada aspecto de nuestras vidas si no tuviera una forma de encontrarle ganancias, lo mismo aplica para la salud.

No todo es perfecto en esta filosofía de incentivos económicos como motor del mundo, desde luego, pero en cuanto a velocidad es muy poco lo que se le puede criticar, en menos de un año ya tenemos vacunas hasta para escoger. La idea de que ganar dinero es un pecado per se, hace parte de unas normas morales –quizá propias del catolicismo mediterráneo- que no son un buen motor para el desarrollo social.

No obstante, esta teoría conspirativa, que podríamos titular como la del “gran negocio de las malvadas farmacéuticas”, no es necesariamente la que peores consecuencias tiene sobre la opinión pública. Más dañinas son, probablemente, las que escudadas en pseudociencia no atacan a las productoras sino al producto, aquellas que atribuyen a las vacunas propiedades tóxicas, o efectos de ciencia ficción sobre el cuerpo humano.

Ya han pasado más de 20 años desde que un médico Inglés, Andrew Wakefield, publicara un estudio científico falso en el que establecía una supuesta relación entre las vacunas y el autismo en los niños. Aunque aquella publicación ha sido desmentida incontables veces, sus implicaciones todavía reverberan en la mente colectiva de las sociedades contemporáneas, hay muchos que se siguen creyendo el cuento de que las vacunas son una forma de destruir la mente de las personas.

Por alguna razón es más fácil creer que los ‘grandes’ poderes del mundo mienten, no que un único individuo lo haga. Nos encantan las historias de héroes revolucionarios que se enfrentan al status quo. Por esto nos es tan fácil creer que Judy Mikovits, la protagonista del famoso Plandemic (Plandemia), es una valiente defensora de la verdad, no una científica caída en desgracia buscando cultivar su imagen personal. Esto a pesar de que sus afirmaciones llegaran a ser tan absurdas como decir que los tapabocas podían activar el virus interno que todos llevamos dentro.

Así hay muchos más nombres de estrellas rutilantes en el cielo de los absurdos conspirativos. Tenemos a Andreas Kalcker, el famoso defensor del hipoclorito de sodio, ese ‘milagroso’ desinfectante humano; o los que se inventaron que las redes 5G contagiaban el virus. No nos cuesta en lo más mínimo creer las explicaciones más disparatadas de este tipo de individuos, pero si nos llega a dar una recomendación la OMS se prenden todas nuestras alarmas, algo deben estar tramando. Quizá los nombres alemanes, austriacos o de Europa del Este en general tengan un aura de cientificidad imposible de resistir.

La encuesta que aplicó el DANE recientemente a poco más de 10.000 personas en todo el país reveló que alrededor del 40% de los colombianos no se aplicarían la vacuna contra el coronavirus, seguramente atemorizados por una de las tantas supersticiones que nos impiden analizar la realidad de manera prudente. El problema es que, en este caso, la decisión personal de unos -no tan pocos-, tiene consecuencias reales para el resto de las personas que decidamos aplicarnos la vacuna cuando por fin esté disponible y sea nuestro turno.

Dicen que un pueblo no educado es fácil de gobernar, alienar y manipular. Diría yo que la situación con la vacunación es la clara muestra de que educación y gobernabilidad no están correlacionados. Quizá un pueblo sin educación no sea capaz de diferenciar lo realmente importante de lo irrelevante, de pensar a largo plazo en vez de corto plazo, pero, sin lugar a dudas, más fácil de gobernar no es. Ahora, a medida que los cargamentos con vacunas sigan llegando, así sea a cuentagotas, asistiremos a la triste realidad de que conseguir las vacunas no era lo más difícil, sino aplicarlas.