Premio al pequeño personaje del 2020
Antes de entrar a reflexionar quién merecía ser llamado “personaje del 2020”, analicé los sucesos que ocurrieron este año en nuestro contexto global, regional y local y traté de resumirlos en un 2020 para no olvidar jamás.
Comencemos…
El 2019 lo cerrábamos con una bomba a la Escuela de Cadetes de Bogotá y la culminación en consecuencia de los diálogos con las lacras del ELN, con un Juan Guaidó aguerrido y protegido internacionalmente, con la consolidación de las disidencias de las FARC y la bienvenida a mitad del 2019 al fugado Santrich, un gran paro nacional en noviembre convocado por distintos movimientos sociales en contra del Gobierno, un bombardeo donde murieron menores de edad por parte de la Fuerza Pública y la muerte de Dilan Cruz. Un desastre. Pero las campanas de la iglesia sonaban anunciando que ese nefasto año que llamamos 2019 se cerraba y que la alegría del año nuevo llegaba, los abrazos se confundían entre familiares y vecinos, faltando cinco pa’ las doce, todos intentábamos olvidar las tragedias que la vida nos trajo durante esos 365 días que se extinguían ante nuestros ojos.
Y llegó el 2020 y con un comienzo típico como cualquier otro año mortal, nadie se esperaba sino lo normal: Vivimos los Carnavales, el cumpleaños de mi padre, la lectura del bando, el comienzo de las clases universitarias, las citas médicas, la rutina de ejercicios físicos, las empresas a su ritmo natural; cuando de repente desde un mundo que veíamos muy muy lejano nos anunciaban un virus que nos obligaba a conocer al personaje del año, la mascarilla para luchar contra la enfermedad del COVID19.
Es fácil elegir al virus como el personaje del 2020, pero sería exaltar al malo y no al bueno, al que mata y no al que salva, al que hiere y no al que sana. La mascarilla de protección, tapabocas en otras latitudes, nos han recordado lo vulnerable que es la humanidad en una naturaleza indispensable, lo sencillo que es proteger a todos y lo mezquinos que somos al dejar de usarla, la necesidad del vecino, de la sociedad, de los amigos, de los compañeros de trabajo, de la familia cercana y lejana, de la vieja chismosa del trabajo.
La mascarilla nos ubicó en el lugar que habíamos olvidado: El de la empatía, de lo que le pasa a uno afecta a todos, del individualismo responsable, del crecimiento desde adentro, de la importancia de los dichos de la abuela “lo más importante es la salud mijo, lo demás es añadidura”, de los minutos extra tomando cerveza con los amigos, de la playa, de la vida como la teníamos; porque éramos felices y no lo sabíamos y la mascarilla, las de mi casa, me lo recuerdan día tras día. Porque esta nueva realidad de vivir y trabajar, de amar y divertirnos con la mascarilla, llegó para quedarse. Porque las vacunas no evitarán su uso y la cura milagrosa no existe. Y recordé que ese mismo artefacto médico que no usé jamás antes de esta pandemia sino para procedimientos médicos hospitalarios importantes, era también la mascarilla o el fantasma de aquello que esconde la economía, la política, las instituciones públicas, las privadas detrás de sus grandes marcas, slogans y publicidad política pagada.
Así, el 2020, un mundo con mascarilla nos dejó: La derrota de Trump y la esperanza de un retorno no mucho mejor de la potencia americana, la brutalidad policial en los países y el cuestionamiento sobre cómo son formadas y educadas las personas que pertenecen a dichas instituciones, la detención cuestionada por muchos y alabada por otros de Álvaro Uribe Vélez interceptando a sus abogados en contra del debido proceso, la muerte de Kobe Bryant y Maradona y la vida ligera y cuestionada del segundo tapada con tierra por sus hinchas y fanáticos, la virtualidad como salvavidas mediocre de la justicia que reveló la carencia absoluta de garantías laborales ante la excesiva carga de trabajo y el número de jueces por habitantes, la nueva Constitución de Chile y la superación de Pinochet por fin, el aplazamiento de los Olímpicos, la aprobación del aborto en Argentina ya que la maternidad es voluntaria o no será jamás, el aumento prudente del salario mínimo ante la peor crisis económica de la historia moderna, el absurdo, ridículo, anti ético y desagradable aumento del salario de los congresistas a pesar de la crisis y su bufonería con la ciudadanía y el mundo, los desastres naturales, bombas, terremotos, huracanes, volcanes y demás. Y el 2020 está que termina, finaliza hoy el muy bárbaro. Por fin.
Acábate ya que ya mucho nos enseñaste. Nos mostraste lo frágil que es nuestra existencia en este mundo, en este tiempo, en este espacio. Que una mascarilla de 2mil o 3mil pesos nos salva de un virus mortal, que aún así la burlamos matando a nuestros abuelos o los abuelos del vecino, porque de humanos nos queda cada vez menos, que igual nos da que pase, o tal vez no, siempre y cuando no sea mi abuelo, no sea conmigo.
Llega ya 2021 para cambiar mis cábalas y peticiones. No diré más “próspero año”, sino “cada día su afán”. No daré abrazos, pero sí tomaré decisiones, pequeñas decisiones. No comeré las 12 uvas, pero sí me llenaré de buenas intenciones. Desafortunadamente esa vana esperanza en la sociedad que mencioné tiempo atrás se ha diluido en nula esperanza y lo que me queda es, que los pocos que puedan cuidar a los suyos lo hagan, que los que no quieran desfallecer renueven sus fuerzas, que los que respeten y sean cordiales con el otro sin interés sean héroes anónimos e inmortales. Porque este 2020 me enseñó que esas cosas silenciosas, las que no se ven, las que parecen insignificantes, son las que más valen. Así que yo, no se Uds., cuando suenen las sirenas, campanas, chicharras anunciando el año nuevo matando la noche vieja, seguiré las tradiciones familiares y sin que nadie sepa me encerraré en mi aposento, llave en la puerta y meditaré en secreto, recordando a mis seres amados que ya partieron y rogando por cada uno de los que quedan aquí que me importan, por su bien y salud, por su felicidad, e intentaré ser mejor por mí, por ellos, por ti, sobre todo mejor en estas pequeñas cosas.
Ponte la mascarilla, sigamos luchando contra la pandemia, haz esa pequeña cosa y comprendamos que para esto ha llegado el 2021, para hacernos mejores sin que nadie lo sepa.