¿Por qué Rusia invadió a Ucrania?
No se puede explicar lo que ocurre en territorio ucraniano con los ojos que nos legó la Guerra Fría. Recuérdese que en aquellos tiempos el mundo se dividía en dos grandes polos cuasi hegemónicos, la Unión Soviética y los Estados Unidos. El enfrentamiento entre estos sectores implicaba modelos de sociedad diferentes.
La Unión Soviética lideraba la visión comunista en tanto que los Estados Unidos representaban la punta de lanza del capitalismo. Con el derrumbe de la URSS desapareció la Guerra Fría y el mundo se volvió multipolar y más caótico e impredecible, entrando, además, en una crisis terrible la idea del socialismo totalitario.
Lo que ocurre hoy entre Rusia y Ucrania se inscribe en ese mundo menos reglado donde han aparecido nuevas potencias que discuten la hegemonía de los norteamericanos. Los principales contendores son China, basada en su gran crecimiento económico, y Rusia, que añora su pasado glorioso asociado a los tiempos de los zares y al imperio estalinista.
Rusia es un poder ya consolidado que le discute parte de la hegemonía mundial a los Estados Unidos en Asia, África y América Latina. Pero no para “exportar” el comunismo, pues desde la caída de la Unión Soviética ese país se convirtió en otro baluarte del capitalismo.
La creación o desarrollo de una esfera de influencia de los rusos no puede ser explicada con los parámetros de la Guerra Fría, puesto que a ellos no les interesa el socialismo sino el capitalismo. Cuando llegan a algún sitio lo hacen teniendo en cuenta los objetivos de su gobierno y los intereses de las grandes empresas privadas de su riquísima élite económica.
Esto debe quedar muy claro para explicar el problema de la invasión a Ucrania. A pesar de la propaganda negra derivada de la guerra híbrida, el asunto de fondo que se dirime en este país del oriente europeo es la disputa geopolítica entre los Estados Unidos, sus aliados y el gobierno Putin; es decir, la pelea militar y política contra la OTAN. Este es el aspecto grueso de la problemática.
Resulta que después del derrumbe de la Unión Soviética, en los años noventa del siglo XX, muchos de los países de Europa Oriental y Central buscaron integrarse a la Unión Europea y a la OTAN. Estas naciones estuvieron bajo el control del estalinismo después de la II Guerra Mundial, y su experiencia con ese modelo totalitario había sido catastrófica.
Podría decirse que buscaron a la OTAN y a la Unión Europea como una especie de refugio y de protección para evitar la repetición de la experiencia negativa con el totalitarismo socialista. Si ustedes observan un mapa se darán cuenta de que los dos únicos países que no son aliados de la OTAN en la frontera rusa hacia Europa son Bielorrusia y Ucrania.
El hecho geopolítico es que Rusia estaba completamente bloqueada, militarmente hablando, por naciones afines a la OTAN. Este es uno de los principales argumentos de Putin para iniciar su avance militar hacia Ucrania. Obviamente, le preocupaba demasiado el ingreso de este país al Tratado del Atlántico Norte por sus implicaciones militares y políticas y porque lo confinaría aún más.
En la disputa con occidente ese ingreso sería un triunfo para los Estados Unidos y sus aliados y una derrota para Rusia y para el proyecto expansivo de Putin. Porque los rusos y los chinos son los poderes alternativos que le disputan hegemonía y control territorial al bloque occidental liderado por los norteamericanos, y la OTAN va en contra de esas pretensiones.
Putin abre un frente de guerra en Ucrania prevalido de su poder atómico y dando un paso calculado que no podía ser respondido, legalmente, por la OTAN, pues Ucrania todavía no está integrada a ese esquema, aunque podría estarlo a mediano plazo.
Al utilizar los métodos de la guerra híbrida (desinformación, saboteo cibernético, “trollismo”, etcétera) y al hacer gala de sus habilidades como antiguo miembro de la policía secreta, descalifica con toda suerte de epítetos al gobierno ucraniano y magnifica los asuntos de la etnia rusa en el oriente y el sur del país.

El motivo es justificar, más allá de la confrontación geopolítica, la posibilidad de una invasión, regalándole a la tribuna toda suerte de ideas que le den un rostro moral adecuado al ataque a Ucrania, jugando hábilmente con los sentimientos antinorteamericanos y antifascistas y mintiendo sin recato sobre el carácter del gobierno ucraniano, para enaltecer la intervención ante sus aliados y amigos de todo el planeta.
En realidad, en el peligroso mundo multipolar de la actualidad todos los gobiernos hacen la guerra híbrida, sea que vayan o no a la confrontación militar. Unos más que otros buscan la descalificación del enemigo mediante la mentira, la calumnia y la desinformación, con el objetivo de desprestigiar al oponente y de obtener réditos políticos.
Esa estrategia oscura es buena música para los oídos de los amigos, aliados o simpatizantes y ruido horroroso para los adversarios. Putin, por ejemplo, preparó la invasión a Ucrania descalificando a su gobierno como neonazi, lo cual no puede ser más paradójico, pues su presidente y otros dignatarios son judíos declarados.
Y magnificó los problemas de la etnia rusa y de las provincias donde esta predomina abonando el terreno, mediante la guerra híbrida, para cumplir su deseo final oculto: adelantarse a la conversión de Ucrania en otro miembro de la OTAN y ponerle un freno a occidente en uno de los flancos más débiles de su país.
Para comprender los demás móviles profundos de Putin, aparte del conflicto geopolítico, es pertinente valorar su concepción como jefe de Estado. Es claro que el paso por el servicio secreto determina su capacidad para comprender, hasta en las minucias, las motivaciones del adversario y su propio papel.
Ese líder no está cortado por los viejos intereses ideológicos socialistas de Lenin o Stalin, sino por un nacionalismo crudo que busca restablecer los antiguos valores de la etnia rusa y de la nación que preside, atendiendo al pasado imperial de la época de los zares y de los tiempos del estalinismo.
Aparte de ser un nacionalista inspirado en la vocación y la práctica imperial de su país, Putin es partidario del gobierno fuerte, del liderazgo inflexible. No es un secreto que es un admirador de Stalin, no tanto por el aspecto socialista, sino por la dictadura personalista y cerrada que impuso en la Unión Soviética.
El modelo político que aplica en Rusia rebate las tesis democráticas, en la realidad, al reprimir y asesinar opositores para imponer su agenda. Putin es partidario de un autoritarismo burgués, nacionalista, que está más cerca de los totalitarismos tradicionales que de la democracia.
Lo que busca en Ucrania no es la creación de otra sociedad socialista, como ingenuamente creen los simpatizantes de la izquierda en todo el globo. Lo que aspira a montar en ese país es un tipo de gobierno de talante autoritario que le camine más a los intereses geopolíticos rusos que a los de occidente, como está ocurriendo con las naciones de su esfera de influencia también invadidas en el pasado, y como ocurre con su satélite y aliado incondicional Bielorrusia.
(Aquí, entre paréntesis, echemos un vistazo a la cosmovisión de las personas que apoyan, desde la orilla de la izquierda, la invasión rusa a Ucrania. Esa actitud tiene tres fuentes principales: a) el odio a todo lo que huela a imperialismo norteamericano (por sus atropellos e invasiones contra muchos pueblos); b) la simpatía hacia los rusos por apoyar procesos y países contrarios a los Estados Unidos, como Irán, Siria, Cuba, Venezuela, Nicaragua, etcétera; c) la lógica de que todo lo de mi amigo es válido y lo de mi enemigo, funesto. Esta forma de pensar no solo lleva a la justificación de las peores atrocidades, sino a la eliminación del espíritu crítico con respecto a todo lo que haga el amigo o aliado).
Ya se supone que Ucrania será aplastada por las fuerzas de Putin. Es cuestión de tiempo para ver ese resultado y los efectos de la masacre provocada por la invasión. Pero es todavía incierto el efecto de esa guerra sobre la economía y la geopolítica mundial.

Lo evidente hoy es que con la desaparición de la Guerra Fría el mundo se ha vuelto más inseguro, no solo por la acción de los pequeños Estados, sino por el juego de intereses de las grandes potencias. Queda por ver el efecto de la toma de Ucrania por Rusia sobre el problema Taiwán-China.
China esgrime una posición parecida a la de los rusos con respecto a sus intereses y a los de occidente. Taiwán es considerado su patio trasero, su territorio ancestral, así como Ucrania lo es de los rusos y los países latinoamericanos lo son de los Estados Unidos. El desequilibrio tenebroso que atraviesa al sistema-mundo, debido a estos conflictos, abre especiales perspectivas hacia el futuro.
La espada de Damocles del poderío atómico pende ahora más sobre la cabeza de la humanidad. Un mal cálculo por cualquiera de los poderes en disputa podría desencadenar un efecto dominó catastrófico en todo el planeta. Conciliar o reprimir los grandes intereses expansivos nacionales es ahora más difícil que antes.
Las armas de extinción masiva son más decisorias ahora que las organizaciones mundiales para dirimir conflictos geopolíticos entre los grandes poderes. La ONU, por ejemplo, es impotente para resolver un reto de la magnitud de la invasión rusa en Ucrania. El diálogo y los acuerdos perdieron peso ante el poder intimidatorio de las bombas atómicas y del poder militar.
Este es el escenario de ahora que no acepta ser limitado por ningún ente de diálogo o cooperación global. Esa es la consecuencia más notable de la crisis en las relaciones de poder globales y de la emergencia de países que buscan un lugar en el reparto (o la restauración) de las esferas de influencia. Y nadie tiene claro hasta donde avanzará todo. Los intereses económicos y políticos de occidente, de los rusos y los chinos no son una invitación a la cordura y a la paz
Este es el contexto general de la invasión rusa a Ucrania y es la situación caótica y peligrosa a enfrentar, no solo como países, sino como humanidad. El futuro inmediato está expuesto a una espada de Damocles atómica que quizás represente una especie de juicio final.
Las bombas atómicas que sostienen el equilibrio inestable del sistema mundial amenazan con ser las sepultureras de todo el globo. Como puede verse, la catástrofe no depende de las mayorías, sino de unas élites sedientas de poder que no se detienen ante casi nada.
Putin es un agente más de ese juego de ajedrez que podría convertirse en el abismo final. Un abismo labrado por la ambición, por la voluntad de poder de todas las élites involucradas. Sin ninguna duda