¿Por qué fracasó el marxismo revolucionario?
“Busquemos juntos, si usted quiere, las leyes de la sociedad, el modo como esas leyes se realizan, el progreso según el cual llegamos a descubrirlas; pero, ¡por Dios!, después de haber demolido todos los dogmatismos a priori, no soñemos, a nuestra vez, con adoctrinar al pueblo: no caigamos en la contradicción de su compatriota Martín Lutero, quien, después de haber derribado la teología católica, se puso enseguida, con el esfuerzo de excomuniones y anatemas, a fundar una teología protestante (…). Aplaudo con todo mi corazón de someter un día a examen todas las opiniones; sostengamos una buena y leal polémica; demos al mundo el ejemplo de una tolerancia sabia y previsora; pero, porque estamos a la cabeza del movimiento, no nos convirtamos en los jefes de una nueva intolerancia, no nos situemos como apóstoles de una nueva religión, aunque esta sea la religión de la lógica, la religión de la razón”.
Carta de P. J, Proudhon a Karl Marx, 17 de mayo de 1846. Disponible en la red mundial.
He iniciado esta columna con una cita del anarquista francés Pierre J. Proudhon porque me parece que su premonición sobre lo que podría ocurrir con las teorías de Marx se cumplió casi al pie de la letra: Carlos Marx no solo fue el creador de la teoría más sistemática para hacer la revolución social, sino, también, el apóstol de una nueva religión laica, sobre todo durante el siglo XX: la religión del marxismo.
Así la viven todavía millones de militantes, a pesar del fracaso de esas ideas en casi todo el planeta. Porque lo que ocurrió en la Unión Soviética, en la llamada cortina de hierro, y en otros lugares, no puede considerarse sino como un rotundo desastre.
Lo mismo cabe decir de China, que abandonó el estatismo socialista y la planificación rígida para desarrollar una economía de mercado muy dinámica, apoyada en el capital foráneo, la cual ha colocado a ese país en el segundo lugar de las potencias económicas mundiales, después de los Estados Unidos. El abandono del socialismo de Marx en China y Vietnam puede ser considerado como otro estruendoso fracaso histórico.
Sin embargo, a los ojos de muchos partidarios del marxismo, esto no significa nada y por eso aún mantienen la tesis de que las teorizaciones de Marx no han perdido vigencia. Obviamente, se trata de los postulados sobre la revolución, vale decir: la vanguardia comunista (el partido), la violencia como partera de la historia, la dictadura socialista, la economía estatizada y planificada, etcétera.
¿Por qué estas personas en Colombia y otros países proceden así, a pesar de la evidencia mundial existente sobre el desastre que representó la aplicación de los planteamientos revolucionarios de Marx para cambiar la sociedad? Porque se cumplió la premonición de Proudhon: la fuerza del pensamiento del pionero y las dificultades de la sociedad clasista estimularon la formación de un ejército de creyentes, que perdió la capacidad crítica ante los argumentos del maestro.
Esta es la principal causa por la cual la mayoría de los marxistas no se han detenido a analizar a fondo las implicaciones teóricas de la tragedia soviética y del cambio de rumbo chino, entre otros golpes de la realidad.
Esos militantes siguen planteando la necesidad de la revolución socialista, sin darse cuenta de que esa revolución fracasó en toda la línea en este planeta y que, por lo tanto, ya no representa ninguna salida viable para superar los problemas de la humanidad.
Antes de responder la pregunta del título es necesario precisar lo siguiente: aquí llamo marxismo revolucionario a la parte de la teoría de Marx destinada a cambiar el mundo, es decir, a hacer la revolución socialista, la cual fue aplicada en el siglo anterior por sus discípulos. Esta afirmación no tiene nada que ver con los debates de principios del siglo XX entre los revolucionarios (reformismo o revolución), ni con la visión de Trotsky de la revolución permanente.
A decir verdad, el ideario de Marx se compone de los esquemas destinados a transformar la sociedad, y del conjunto de modelos, conceptos e interpretaciones que se integran, como legado intelectual, a las ciencias sociales, sobre todo a la historia, la sociología y la economía.
El título ¿Por qué fracasó el marxismo revolucionario? se refiere, básicamente, al desastre de las teorías políticas y económicas de Marx en el laboratorio de la historia. No se refiere a su aporte indudable a las ciencias humanas, que yo sigo considerando, en términos generales, importante.
¿Qué es lo que no funcionó, en la experiencia mundial, con el marxismo revolucionario? Esencialmente, la forma de organizar la vida política y la economía, dos pilares de las sociedades contemporáneas. Cabe recordar lo planteado por Marx en estos dos ámbitos.
En el Manifiesto del Partido Comunista, y en otros trabajos, Marx plantea la necesidad de despojar, por la fuerza, del poder a la burguesía; para adelantar esa tarea sostiene la necesidad de crear un partido de vanguardia, capaz de liderar a la clase obrera, la única clase que solo tiene que perder sus cadenas y, por lo tanto, destinada a apoyar y a llevar adelante la revolución.
Una vez tomado el poder estatal, los pasos siguientes irían encaminados a destruir la propiedad privada capitalista y de otro tipo, a instaurar una dictadura del proletariado, a estatizar y planificar la producción y la distribución de bienes y servicios, y a controlarlo todo: la ideología, la cultura, la educación, todo.
El modelo de control total de la sociedad ha sido caracterizado como totalitarismo socialista, para diferenciarlo del totalitarismo fascista (los dos sistemas tienen muchas similitudes, aunque también varias diferencias). Hasta ahora, el trabajo más comprensivo, donde se comparan estos dos totalitarismos (y se rastrean sus orígenes filosóficos, políticos y sociológicos), sigue siendo el de Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo.
Pues bien, en la Revolución Rusa se aplicaron las alternativas revolucionarias de Marx para transformar la sociedad. El sistema político giró en torno a un partido único, a una ideología única y, con el paso del tiempo, adquirió unos contornos policivos, que lo volvieron extremadamente represivo.
Bajo el gobierno de Stalin, este sistema no solo fue una dictadura totalitaria socialista, sino también una dictadura personal muy sanguinaria, que contribuyó a desacreditar aún más la idea del socialismo, con los gulags, los asesinatos en masa, y la represión y muerte de los grandes líderes de la revolución que habían acompañado a Lenin.
El régimen político que se instauró fue muy cerrado, y contribuyó a matar la libertad a nombre de la libertad de clase o de partido, y a asesinar el humanismo al perder el sentido humanitario, y al desbarrancarse en el odio, el cinismo y la justificación de las peores atrocidades, por motivos ideológicos. En aras de la revolución está permitido lo que sea, parecía ser la premisa de este modus operandi.
Un sistema político cerrado, dictatorial, de ideología y partido únicos, policivo y brutal no podía tener mucho futuro, pero lo tuvo. Recuerden que la Unión Soviética empezó en 1917 y cayó a principios de los años noventa, aunque el inicio de la tragedia había arrancado con la caída del Muro de Berlín, en 1989.
Un régimen que mata la política y la libertad a nombre de la política y la libertad, y que masacra el humanismo a nombre del humanismo, no podía ser nada bueno, y por eso se derrumbó como un castillo de naipes. El cinismo más desembozado fue su sello de fábrica, pues vendía lo contrario de lo que realmente estaba haciendo.
Pero la razón principal de su catástrofe no estuvo aquí, sino en la organización de la economía. El modelo estatista de Marx conllevó a la estatización de los medios de producción, y al control central, mediante la planificación socialista, de la producción y distribución de los bienes y servicios.
Este modelo contribuyó a extirpar de raíz la propiedad privada capitalista y de otro tipo, y a eliminar los pulmones de la economía burguesa, los mercados. Las empresas, y las demás actividades económicas, fueron controladas por el Estado, vale decir, por el partido y la burocracia.
En el marco de la economía capitalista uno sabe que el cambio tecnológico, el desarrollo de las fuerzas productivas, el mejoramiento de la calidad y cantidad de los bienes y servicios dependen del deseo de ganancia, de la ambición.
Como lo analizó Adam Smith, detrás del gran dinamismo del sistema burgués está el hecho de que los capitalistas, en la búsqueda de su propio beneficio, pueden transformar la calidad de lo que venden y, por esta ruta, contribuir al mejoramiento del confort y de la calidad de vida de los demás.
Esa idea de la economía clásica inglesa fue duramente criticada por Marx. ¿Con qué, a cambio, reemplazó este pensador las motivaciones externas, derivadas de la ganancia, el salario o de otros incentivos económicos, para mover la economía? De lo teorizado por él, y de lo aplicado por los soviéticos, se infiere que las motivaciones de la economía capitalista fueron reemplazadas por la dirección partidista y estatal, es decir, por la política y la ideología.
O sea, para poner a marchar la economía planificada, los revolucionarios introdujeron, bajo la influencia de Marx, variables y motivaciones no económicas. Este enfoque voluntarista, ideológico, también estaría condenado al fracaso, tanto como el sistema político, pero con consecuencias más devastadoras.
Lo que explica el gran dinamismo del sistema capitalista es la articulación entre los intereses particulares, los mercados y la ambición de ganar. Más allá de los inventos y descubrimientos, esas grandes motivaciones internas y externas de tipo económico son las que ayudan a sostener y transformar todo el andamiaje.
Al barrer con la propiedad privada, con los mercados, con las ganancias, etcétera, se tumbó el dinamismo económico capitalista en ciernes, el cual operaba sin la pistola puesta en la nuca, y se reemplazó por un régimen de partido (y burocrático) voluntarista, que empezó a mover la economía a punta de pistola.
Ese modelo puede funcionar para ciertos casos o situaciones, pero no para la totalidad de la economía, es decir, para la producción y la distribución en general. Con el tiempo, esa organización dominante empujó todo el conjunto hacia la ineficiencia, la modorra y el desencanto. Sin motivaciones económicas no hubo estímulos decisivos para innovar o para emprender, en el plano de las fuerzas productivas y de la generación de bienes y servicios.
La calidad de vida, a pesar de los viajes a la luna y de la gran industria militar, se fue haciendo cada vez más intolerable. Esa consecuencia estaba ligada a la escasa calidad de los bienes producidos, y a la paquidermia burocrática que conspiraba contra la generación de nuevos servicios, al ponerle trabas ideológicas y políticas al emprendimiento individual, que titilaba por debajo o por fuera del sistema.
Si hay algo que influye decisivamente en el mejoramiento de la calidad de vida de las mayorías es la producción adecuada de bienes y servicios. Y eso falló en todos los países socialistas, por las razones expuestas. Además, a la ineficiencia en la generación de esos bienes y servicios (lo que trae consigo escasez) se le une el elefante lento del reparto, de la distribución.
Los países socialistas, en general, han sufrido mucho con la producción de bienes de consumo y servicios, y a ese defecto se le agrega la distribución estatal centralizada. La distribución estatal, con racionamiento, cartillas, escasez, mala calidad y larguísimas colas para la gente común, se convirtió en un terrible dolor de cabeza para las autoridades, y en causa de protestas de la población, como está ocurriendo hoy en Cuba.
Ese hecho de fondo, o sea, la existencia de un modelo económico estatizado, paquidérmico e ineficiente (en cuanto a la producción de bienes de consumo y servicios, y coronado por un esquema de distribución que miserabiliza a la gente) es la principal causa para explicar el fracaso del socialismo en la Unión Soviética.
Antes de la caída de ese país y sus satélites, los chinos se habían adelantado a hacer unas reformas económicas fundamentales que, a la postre, evitarían el colapso de toda la organización social. En los años setenta del siglo XX, una fracción del Partido Comunista había dado ese gran paso, contrariando los deseos del líder histórico, Mao Zedong.
Deng Xiaoping justificó el cambio de rumbo económico con una metáfora lapidaria: “No interesa que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones”. Esta frase graficaba la situación gravísima de China: más de mil millones de almas sumidas en la miseria y la pobreza, y un sistema socialista que no servía para enfrentar ese gran problema.
Como en la Unión Soviética, el cuello de botella económico estaba en la ineficiencia para producir suficiente cantidad de bienes de consumo y servicios, los cuales son los que más impactan en la calidad de vida de las mayorías. Para completar, el esquema de distribución central “planificado” era un completo caos, por la escasez, las colas inmensas y el desabastecimiento.
Deng Xioaping vio muy claro que, en esas circunstancias, mantener el modelo por respeto a Marx y a Mao, o por puro dogmatismo, no era lo más conveniente para el sufrido pueblo chino. Lo que sucedió después fue una profunda reforma, que arrasó con el obsoleto formato económico copiado de Marx.
Con sus pros y sus contras, la economía de mercado de China, que reemplazó al socialismo económico de Marx, colocó a este país en el segundo lugar de las economías más potentes del planeta, y sacó de la miseria y la pobreza a más de 400 millones de personas (hasta ahora), algo impensable bajo la paquidermia y la ineficiencia socialistas.
Quizás Gorbachov y los reformistas soviéticos se equivocaron al abrir muy rápido los espacios políticos, lo cual desató una marea provocada por las contradicciones económicas, políticas y sociales de los países de la unión. La consecuencia de ese descontento contra una organización social opresiva e ineficiente fue el que todos conocimos. Pero la causa principal del derrumbe no fue el reformismo de Gorbachov, como arguyen algunos dogmáticos, sino las contradicciones irresueltas del sistema soviético.
Tal vez, planteando una hipótesis contrafactual, si la dirigencia soviética hubiera maniobrado como la china, el proceso de cambio no habría sido tan brutal y catastrófico y, quizás, se hubieran podido respetar y proteger muchos de los derechos sociales perdidos bajo esa hecatombe.
Lo que surgió de la disolución de la Unión Soviética fue el triunfo de sectores oportunistas y hasta mafiosos, sin ningún interés por los problemas de los sectores populares. En cierto modo, allí triunfó, como reemplazo, una especie de capitalismo salvaje, de la mano de miembros de la antigua burocracia enriquecidos, y de nuevos ricos que supieron aprovechar la debacle reinante.
Por el contrario, los chinos, con mucha calma, introdujeron un sistema nuevo, que nunca había existido en la historia: una economía de mercado muy dinámica bajo la dirección de un partido legado por la revolución de 1949, el cual todavía se autoproclama comunista, a pesar de todo lo que ocurre a su alrededor, derivado del reformismo. Lo singular de este hecho es que se trata de un capitalismo sin burguesía en el poder.
Las ideas socialistas, elaboradas en el siglo XIX, condensaban una verdad indiscutible: la dureza e inhumanidad de la explotación y dominación del hombre por el hombre requería de una respuesta, con miras a su superación. Esa ha sido una gran aspiración de muchos reformadores sociales, desde la antigüedad clásica.
La crítica que se ha hecho de las teorías de Marx no busca justificar nada diferente de los ideales democráticos, humanísticos y sociales. No es una crítica para alabar la explotación, la dominación o los intereses creados de los grandes capitalistas, como ocurre hoy con algunos enfoques económicos liberales.
Esta ha sido una crítica contra unas ideas que fracasaron en la historia, y contra el dogmatismo que no quiere aceptar ese fracaso, el cual esconde la cabeza en la tierra, como el avestruz, para no ver el problema. La mejor manera de asimilar la experiencia histórica del desastre del “socialismo real” consiste en reflexionar a fondo sobre él.
Es claro que, si se quiere cambiar la sociedad para mejorar las condiciones de las mayorías, no es posible repetir los errores que se derivaron de la aplicación de los planteamientos de Marx. El totalitarismo, la dictadura y la economía completamente estatizada no son salidas reales para los problemas humanos, sino que podrían ser terribles retrocesos.
La reforma inteligente, basada en la experiencia histórica para aprender de lo bueno y desechar lo inconveniente; la vía del desarrollo de los sistemas legales, de derechos y deberes, y las constituciones, aparte del pluralismo y la democracia son rutas menos traumáticas para hacer cambios destinados a mejorar la condición social de las mayorías, como lo prueba la existencia de varios países que transitan por ese modelo en el norte de Europa.
Aparte de su importante legado intelectual, y de las ideas revolucionarias que han fracasado en todo el planeta, el paso por la historia de Marx nos ha dejado una especie de religión laica que habita en las mentes de muchas personas de todo el mundo, tal y como lo vaticinó Proudhon en la primera mitad del siglo XIX.
Esos ejércitos de intelectuales tienen una cosa en común: su preocupación por los desvalidos, por los discriminados y oprimidos. Yo pienso que esas son motivaciones humanistas válidas que, bien canalizadas, pueden ayudar a enfrentar los problemas sociales.
A esos sectores solo queda invitarlos a reflexionar, con valor, sobre lo ocurrido con el socialismo de Marx. Y recordarles que la lucha social no se agota en sus teorías, que es necesario criticar desde la óptica de la ciencia social y de la experiencia histórica.
La lucha social continúa siendo importante, mientras pervivan las desigualdades abismales entre los seres humanos, la opresión y la discriminación. Otra sociedad y otra vida son posibles, pero sin las utopías ansiosas que no son soluciones reales, sino retrocesos catastróficos.
