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¿Por qué es tan resistente el fanatismo?

El fanatismo ha conocido varias expresiones a lo largo de la historia de la humanidad. Pero dos de ellas parecen tener mayor trascendencia: el fanatismo religioso y el ideológico o político. Ambos fenómenos se producen mediante una combinación específica de variables sociales, culturales, y de condiciones específicas del ser.

Hay sociedades y épocas más predispuestas al fanatismo. Eso quiere decir que una cultura dominada por religiones o ideologías sectarias facilita la existencia de las actitudes fanáticas, o la masificación de estas, como ocurrió en el medioevo, o como ocurre hoy en las sociedades con influencia del radicalismo musulmán.

Pero el fanatismo también suele viajar por canales más estrechos, es decir, por la vía de las sectas religiosas, o de los grupos o partidos de corte fundamentalista, que construyen una tradición hermética con capacidad para sostenerse en culturas donde no domina el fanatismo, sino la ciencia, por ejemplo.

En cualquier caso, la manera cómo se desarrolla el fanatismo está relacionada con condiciones sociales donde predomina la ignorancia, la frustración o la desesperanza por las dificultades, que predisponen a las personas a abrazar una ideología o una religión para evadirse o aplacar el sufrimiento, mediante la aceptación o elaboración de falsas expectativas, percibidas como soluciones.

Este movimiento, en el cual dialoga el individuo con los postulados sectarios, es un camino directo hacia la evasión de la realidad, es decir, el fanático utiliza sus dogmas para enclaustrarse en su propio mundo y para escapar de los problemas y de la sociedad circundante.

Esa alienación ideológica o religiosa está acompañada de la pérdida de la flexibilidad cognitiva, o lo que es lo mismo, de la capacidad de cambiar sus conceptos por otros, si se demuestra que los suyos son sesgados o incorrectos. Esa inflexibilidad cognitiva está en la base del radicalismo del fanático.

Tal radicalismo, sustentado en una profunda inflexibilidad cognitiva, acrecienta el odio hacia los otros, hacia los diferentes, lo mundano, o hacia todo aquello que no se parece al pensamiento o a las ideas de quien padece de fanatismo. El fanático ideológico o religioso normalmente vive una vida de secta o de gueto, porque es allí donde se encuentra más cómodo, pues está con sus pares.

La personalidad fanática prolifera en sociedades donde el patrón dogmático domina la cultura. Pero también puede existir en el marco de sociedades laicas, abiertas o dominadas por el espíritu científico. Esto se debe a que en cualquier ambiente social también operan los aspectos individuales, que suelen transgredir el entramado dominante.

La estructuración de la personalidad fanática resulta de la interacción entre las variables sociales y las tendencias personales, individuales. No todas las personas son dominadas por el fanatismo, aun en sociedades con propensión a este; y, en un contexto laico, científico y no sectario, suelen surgir las sectas y los fanáticos.

En ambos casos es pertinente tener en cuenta las singularidades, las características individuales. Esto no quiere decir que las personas operen en el aire, por fuera de las condiciones sociales lamentables que provocan frustración o desesperanza, y que podrían nutrir el odio.

Eso lo que quiere decir es que la resistencia al cambio, la inflexibilidad cognitiva, suele variar en las diversas personas, más allá de las tradiciones ideológicas o religiosas en que naveguen. La convicción basada en la ignorancia y en los dogmas varía de un individuo a otro, como lo prueban los hechos.

Esa variación tiene una raíz individual y se relaciona, en primer lugar, con la estructuración de la personalidad. Normalmente cada quien considera sus ideas como propias, y las defiende defendiendo su yo. El problema con el fanático es que es más rudo protegiendo lo suyo, su dogmatismo hermético apoyado en ideas que dan vueltas sobre sí mismas sin tener en cuenta la realidad y sin posibilidad de cambio.

La explicación que han entregado los expertos sobre este asunto no solo tiene en cuenta la inflexibilidad cognitiva (la resistencia irracional al cambio de ideas) sino la disonancia cognitiva. Todos sentimos cierto dolor psicológico cuando se atacan nuestros conceptos más queridos y mejor guardados. Esa es la disonancia cognitiva.

La disonancia cognitiva actúa porque al estructurar la personalidad (consciente e inconscientemente) el individuo configura un yo pensado como él, y compuesto por conceptos, teorías, ideologías, dogmas, sentimientos, etcétera que le dan contenido a lo que él es. Cualquier cosa que rete esa cosmovisión puede ser vista como agente de un ataque y provocar disonancia.

En un contexto no dogmático y dentro de la educación formalizada la disonancia cognitiva se suaviza, y el individuo cambia sin oponer gran resistencia, o, quizás, sin tener mucha conciencia del fenómeno. Pero en la mentalidad fanática el efecto de esa disonancia es más fuerte, la persona no solo es más resistente al cambio, sino que resuelve el dolor psicológico de la disonancia por el camino del menor esfuerzo.

La ruta del menor esfuerzo consiste en permanecer en su zona de confort, protegido por sus creencias inamovibles. El individuo se acoraza en su cosmovisión, y de ese modo evade el dolor de la disonancia cognitiva. Este fenómeno explica la fortaleza del fanático ante el asedio externo, y la convicción de hierro que le acompaña.

Los psiquiatras y los neurocientíficos coinciden en señalar que existe otro evento individual que ayuda a tipificar el comportamiento del fanático. La ideología o la religión provocan en el cerebro de la persona un efecto parecido al de la droga en el drogadicto.

Los dogmas y las creencias despiertan sensaciones y percepciones asociadas al deseo, a la esperanza y al bienestar, estimulando el movimiento interno de los neurotransmisores (sobre todo de la dopamina) que acrecientan la sensación de seguridad, y que potencian la ilusión de ser superiores. O sea, operan como un estímulo para provocar una gratificación que genera placer psicológico.

Este es otro círculo vicioso en que cae preso el fanático, sin tener mucha conciencia del hecho. Se siente mejor en su secta (o en el espumoso veneno dogmático) y deriva placer de pertenecer a ella, por lo cual refuerza su fanatismo, escapando de la realidad mediante la inflexibilidad cognitiva y la disonancia ya mencionada.

No es fácil salir del fanatismo religioso o ideológico, pues las fuerzas que lo sostienen son demasiado resistentes. En ciertos casos, para huir de ese infierno (que el paciente ve como el paraíso), solo basta con un cambio de mentalidad inducido por la educación. En otras situaciones, cualquier esfuerzo está, de antemano, condenado al fracaso, como ocurre con los extremistas religiosos musulmanes.

Una opción que ha probado ser exitosa, sobre todo en el campo del fanatismo religioso y en las sociedades abiertas, consiste en ensayar una ruta médica que combine el acompañamiento psiquiátrico, la psicoterapia y la medicación.

Salvar a un ser humano de la plaga del fanatismo a través de esta alternativa radical es mucho mejor que cruzarse de brazos o dejarlo a la intemperie, a merced de la maledicencia de los demás. En una circunstancia como esta, el humanismo reclama la acción y la comprensión, sin duda alguna.   

Osama Bin Laden