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¿Por qué el historiador escribe columnas de opinión?

Existen historiadores que consideran que los integrantes de su gremio no deben rebajarse a escribir columnas de opinión. Lo expreso de esta manera tan rotunda y clara porque esa es la idea principal que soporta y alimenta su criticable negativa.

Aparte del esfuerzo adicional implícito en ser columnista (otro motivo oculto de su negativa), muchos de ellos piensan que escribir columnas de opinión es un modo de bajarse del pedestal que construyeron para sí mismos, del cual no pueden descender sin disminuir de categoría.

Justifican de mil maneras la circunstancia de permanecer en su nicho, el cual es, también, una torre de babel para ciertos elegidos, una especie de urna gigantesca donde solo entra una élite de súper dotados que, obviamente, son ellos y solo ellos.

Esta concepción elitista y miope sobre el control del conocimiento fue la que criticó Fernand Braudel al sostener, en un seminario realizado en su nombre en Francia, que los historiadores debían preocuparse por acercar el saber histórico al mayor número de personas, al gran público.

No tenía gracia continuar escribiendo libros ilegibles que irían a invadir las bodegas de las universidades. Tampoco tenía gracia que los historiadores escribieran solo para sus pares, construyendo un círculo de amigos y enemigos, un círculo hermético completamente aislado de la gente.

Las palabras de Braudel provocaron una auténtica revolución editorial en su país, pues muchos de los discípulos empezaron a publicar obras más potables, con la pretensión de ser leídos por un público amplio, no solo por el gueto integrado por los elitistas del pedestal.

El historiador que escribe columnas de opinión pone al servicio de la comunidad su erudición y la experiencia intelectual que le acompaña. Pero desarrolla una tarea distinta a la de la investigación histórica propiamente dicha: actúa como un ciudadano con capacidad para analizar aspectos del pasado y del presente, para opinar sobre diversos tópicos que esté en condiciones de analizar.

El historiador que escribe columnas de opinión se desdobla en dos actividades interconectadas: la investigación histórica propiamente dicha y la escritura de columnas de opinión que, en general, lo conectan con el presente y brotan de este.

Su universo de análisis se amplía con las columnas. Puede tocar temas relacionados con su disciplina, comentarios de libros, y también abre el abanico de posibilidades al análisis político, de lo social, a lo internacional, siempre aportando la perspectiva del historiador, que es la perspectiva enriquecida de la historia.

Como lo demuestra la experiencia en nuestro país y en el exterior, el hecho de que escriba columnas le conviene a él y a la sociedad, pues pone al servicio de la gente la erudición, los saberes especiales y su capacidad de análisis.

Las virtudes intelectuales propias del historiador le inducen a hacer análisis profundos, con buen conocimiento de causa; y la conexión que inevitablemente hace entre pasado y presente genera que sus columnas alcancen una aceptable profundidad, en parte derivada del ejercicio comparativo y de sus hábitos de investigador.

No se puede confundir al investigador histórico con el historiador como escritor de columnas de opinión. Algunos, muy ingenuamente, piensan que este intelectual solo debe publicar sobre lo que investiga en sus trabajos especializados.

Ese error parte de la confusión entre el papel del historiador como analista de lo que ya ocurrió, con la actividad de escribir columnas. En esta última función su pensamiento se concentra, como ciudadano que habita en el presente, en el análisis de los eventos actuales de su país o del exterior.

Y es lógico que el universo analítico del historiador como ciudadano es mucho más amplio que el del investigador histórico. Porque se trata de una persona con una formación especial opinando sobre las cosas de la vida que le rodea y alimenta.

Eso provoca una sobrecarga beneficiosa de trabajo para este intelectual. Aparte de que, como columnista, ayuda a masificar los contenidos de su disciplina, también realiza un curso intensivo de escritura que beneficia la calidad de todo su trabajo.

Como dijera García Márquez refiriéndose a los narradores, la escritura de columnas le mantiene el brazo caliente para continuar en la brega de la producción de textos, para seguir escribiendo con más regularidad. Este acto creativo genera que el investigador histórico abandone el campo de los escritos episódicos que son la norma entre los historiadores comunes y corrientes.

La necesidad de comunicar claro y sin excesos eruditos para el gran público le empuja a redactar con más fluidez en sus trabajos especializados. El probable exceso de trabajo le mantiene el brazo caliente para pensar y escribir, mejorando la claridad y el nivel de toda su obra.

Escribir columnas de opinión es un medio importante para que el historiador entre en contacto con un público masivo. De ese intercambio se beneficia él y la gente, y este erudito abandona el pedestal y la urna de cristal en la que le gusta enclaustrarse, para recibir un baño de pueblo. Como debe ser.

Fernand Braudel