Para derrotar al uribismo
Decirle a la cara a un uribista que tiene capacidad mental reducida, que su mesías está encerrado y que muy pronto comenzará un mundo nuevo en el que no hay espacio para la gente como ellos, es la forma más efectiva de asegurar que el uribismo nunca muera. Esperar lo contrario habla de la misma capacidad mental reducida que tanto se le atribuye desde la izquierda a la derecha colombiana, y no me cabe duda de que, muchas veces, ninguno de los dos bandos en conflicto espera realmente la destrucción del otro, solo se trata de saborear al máximo la ocasional victoria inconsecuente.
Es una cuestión humana, se sobreentiende, regodearse en la tragedia de quien nos ha hecho mal o de quien es percibido como una amenaza para todo lo que damos por sagrado y cierto. No obstante, algunas cosas en la vida son más serias que la ocasional victoria sobre el enemigo de escuela, universidad, trabajo, etc. En este sentido, no hay duda de que el uribismo es dañino para la democracia del país, como lo sería cualquier otro extremismo. Si a esto se le suma la amenaza que representa para la vida de tantos colombianos, se entiende por qué su progresiva disolución es un asunto de la mayor importancia para el país.
Por esta misma razón, las pequeñas y grandes victorias no pueden ser abordadas con la misma ligereza con la que abordamos las victorias sobre quién, simplemente, no nos cae bien. Cuando a comienzos de agosto la Corte Suprema dictó medida de aseguramiento al expresidente Álvaro Uribe, la celebración desde el antiuribismo no parecía tanto la celebración por el hecho de que se hiciera justicia, sino, más bien, la celebración por la oportunidad de decirle a todos nuestros familiares y conocidos uribistas que teníamos razón y ellos no.
La reacción comprensible al hecho de que se te rían en la cara no fue el abandono de todas las tendencias de extrema derecha o el arrepentimiento por haber seguido a un líder que, presuntamente, carga encima el peso de cientos de muertos. Si acaso lo único ganado haya sido el ‘fresquito’ momentáneo, y sobre ‘fresquitos’ no se construye nada. Un mes después de que Álvaro Uribe se quedara ‘encerrado’ en su finca de 15 kilómetros cuadrados, el uribismo de forma predecible ya ha comenzado a maniobrar para hacer ver la captura de su líder como un ataque ideológico.
Desde su hacienda del tamaño de una isla, Uribe renunció a su cargo en el Senado para poder ser juzgado por la Fiscalía, así como antes de él lo hicieran decenas de parapolíticos en el legislativo nacional o en cargos ejecutivos locales. Tomando como referencia aquellos procesos de la primera década del siglo, no sería demasiado exagerado imaginar un panorama en el que por delaciones y demás piruetas, el expresidente nunca llegase a ser condenado por sus presuntos crímenes por cuestiones de tiempo o, si acaso, llegase a enfrentar a la justicia en el ocaso de su vida, a lo Fujimori.
Todo esto con el ineludible desgaste a la rama judicial que perseguir a un personaje del calibre de Uribe supone. Al ataque por supuesta persecución ideológica se suma, entonces, el desgaste por las señales que la Corte Suprema envía al empezar un proceso tan importante y, ni siquiera, ser capaz de continuarlo. Un claro mensaje de debilidad que en nada ayuda a disuadir a futuros políticos de alto perfil a no seguir los mismos caminos que, presuntamente, ha seguido Uribe.
¿Para qué sirvieron entonces los ataques personales a todos aquellos que se consideran total o parcialmente uribistas?, su líder probablemente salga fortalecido y, difícilmente, el proceso contra el mismo tenga un final espectacular como una sentencia condenatoria de cualquier tipo. Derrotar al uribismo, como a cualquier movimiento extremo y polarizador no se logra ganando cada batalla, ni siquiera la guerra, por el contrario requiere de salvar distancias y rescatar mentes.