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Pandemia y política

Las discrepancias ideológicas y políticas se han agudizado, en parte como consecuencia de la pandemia por coronavirus. No solo en las redes sociales, sino en otros medios, y mediante la confrontación abierta entre partidos y líderes. Eso es un fenómeno mundial, que también toca a Colombia.

En España, militantes del principal partido de oposición irrespetan las normas sanitarias solo por ir en contravía del gobierno, y porque quieren armarle problemas al sector gobernante. En Brasil hay una guerra abierta entre las autoridades locales y el gobierno de Bolsonaro, la cual está afectando la lucha contra el covid-19.

El mismo presidente ha dirigido la indisciplina social que afecta el número de contagiados y de fallecimientos. Una lección de tranquilidad para ese mandatario atolondrado e irrespetuoso quizás provenga del hecho de que ha caído en las garras del virus, con consecuencias que están por verse.

La batalla electoral entre demócratas y republicanos, en los Estados Unidos, es una variable decisiva en la lucha contra la pandemia. Ante el asedio de la enfermedad, la respuesta del errático Trump, y de los gobernadores que lo respaldan, ha estado mediada por la conservación del respaldo de los sectores más conservadores de la población.

Núcleos conservadores, supremacismo blanco e intereses económicos han puesto a patinar a un gobierno irresponsable, al cual le preocupa más la reelección presidencial en noviembre de este año, que la vida en riesgo de muchísimas personas. Esa guerra política es una de las principales raíces del primer lugar en contagios y muertos que ya obtuvo el país del norte.

En el caso de Ecuador, se ha hecho notar que, aparte de los asuntos de la deficiente infraestructura de salud, un problema que dirigía a la catástrofe a Guayaquil era la tosca pelea entre una alcaldesa de la oposición y el gobierno nacional.

Cuando la mandataria y las autoridades nacionales apretaron las clavijas coordinadamente, eso se reflejó automáticamente en el descenso de los contagios y de los fallecidos. Invertirle al aparato sanitario y apretar el cerrojo de la cuarentena y del distanciamiento físico, facilitaron la tarea de parar en seco la virosis.

En Colombia, la guerra ideológica y política tampoco cesa. La oposición de derecha parece alegrase con los fracasos o la impotencia de los gobernantes de centro y de izquierda. En el departamento del Magdalena, gobernado por el izquierdismo, la oposición de derecha flagela al gobernador por cada aumento de las cifras de contagiados y muertos, como si este fuera el responsable de la tragedia o la deseara.

Lo mismo ocurre en Bogotá, donde una alianza tácita y extraña entre la extrema izquierda y la ultraderecha, no le reconoce el trabajo a la alcaldesa en el enfrentamiento del virus, y lo único que les ha faltado decir es que las cifras se elevan por culpa de Claudia López.

En otros lugares del país el fenómeno se repite, lo mismo que en las redes sociales, donde la miopía provocada por la ideología y la política, nubla la visión de los contendientes y no les deja ver que, más allá de la inoperancia real o falsa de los gobernantes, enfrentamos un problema global humano de muy difícil contención.

Si la gente del común y los opositores de turno no ponen de su parte, no hay plata ni servicio de salud que valga. El respeto por las normas de higiene más elementales es clave para salir del hueco. La cuarentena no es tanto una estrategia represiva como una medida drástica y necesaria para frenar los contagios.

La experiencia internacional indica (incluido el caso extraordinario de Guayaqui) que la cuarentena, el distanciamiento físico, el tapabocas y la limpieza continua de manos, entre otras medidas, salvan más vidas que cualquier medicamento probado o por probar.

Las estrategias sanitarias no tienen color político ni ideología, pero los contendientes suelen teñirlas de esos colores para hacer prevalecer sus intereses. El día que entendamos que la pandemia tampoco es de izquierda, derecha o centro quizás podamos trabajar, unidos como humanidad, para enfrentarla.

El coronavirus está matando personas de todas las ideologías y de todas las filiaciones políticas. Es un problema planetario y apartidista que requiere una respuesta unitaria, concertada, en todos los países y a nivel global. La ideología y la política nos hacen perder de vista el fondo del problema, y nos empujan a seguir confrontando como si este no existiera.

Es decir, la manía de oponerse por oponerse, o por motivos sectarios, no hace parte de la solución, sino que parece trabajar a favor de la pandemia. Mucha de esa oposición no busca tanto corregir errores y mejorar las herramientas de lucha, sino destrozar al contrario en el poder, al precio que sea, aunque eso represente más contagios y muertos. ¿Puede existir un comportamiento menos enloquecido que este?

Se sabe que no es fácil pedir a la gente enfrentada que trabaje unida en contra del coronavirus. Pero, ¿es utópico solicitar a los fanáticos de la ideología y de la política que pongan, por un momento, el interés humano por encima de la estrechez de su mira ideológico-política?