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Mi papa tiene Covid-19 – II

Mi papá ya no tiene Covid-19, el lunes 12 de marzo volvió a casa, cargado de almohadas, sábanas, cubrecamas, ropa y elementos de aseo. Atravesó la puerta con mi madre al lado, a ella también le dio, pero, salvo una tos esporádica, su transcurso de la enfermedad fue asintomático. Hasta el día de hoy mi madre insiste en que Dios hizo que a ella la enfermedad le diera sin síntomas para que pudiera acompañar a mi padre. Providencia o azar mediante, lo cierto es que estoy de acuerdo en que ese punto fue fundamental para que al final todo tuviera un buen desenlace.

Hoy, con la tranquilidad en el alma que me ha permitido retomar la rutina azarosa pero afortunada del día a día sin tener que lamentar la pérdida de un ser querido, soy consciente de la fortuna que mi familia ha tenido. Día a día sigo leyendo y enterándome de las muertes de familiares de conocidos, si este va a ser el último año de la pandemia, creo que será uno que realmente no olvidaremos. En todo caso, creo que hay algo de esperanza en este relato que puede llegarle a quienes atraviesan un episodio similar al que viví con mi padre. En esos momentos, devorando como loco información en internet, relatos y publicaciones científicas, lo único que buscaba, en el fondo, era algo que me hiciera creer que al final las cosas terminarían mejorando, aunque nada estuviera bajo mi control.

Tras escribir la primera parte de esta columna mi papá tan solo llevaba dos días internado en la clínica, uno de esos lo pasó en urgencias en una oficina convertida en habitación improvisada. Aunque ya se empezaban a llenar las clínicas, todavía había espacio para improvisar espacios. Terminaron siendo 17 días en el hospital, más otros 5 que pasó aislado en casa, 23 días para superar el Covid-19. Quizá no tan alejado de los estándares, pero cada día se sintió como una semana pues, antes de mejorar, las cosas empeoraron bastante.

A peor

Poco después de internarse, mi papá dejó de poder sostener una conversación por teléfono. El primer estadio de aislamiento, para el que las descripciones de la evolución sintomatológica de la enfermedad no te preparan. “Te vas a quedar solo”, no suele aparecer en las páginas de internet, pero sí pasa y es, probablemente, la peor parte. En aislamiento completo del mundo exterior, en aislamiento completo hasta del micromundo del hospital, confinado a una habitación, poder darse el lujo de gastar el aliento en pronunciar un par de palabras hace toda la diferencia.

A la falta de aliento se suma el cansancio, un cansancio extremo. Yo no lo puedo describir, mi papá debería poder y tampoco puede, solo sabe que ese cansancio se le parecía mucho a la muerte y por eso, cuando se iba quedando dormido en las noches, le entraba el pánico de que no fuese a poder despertar de nuevo, la ansiedad le empeoraba la respiración y hacía más difícil el ya de por sí difícil proceso de respirar. A raíz de esto, todas las noches mi papá tenía algún proceso de descompensación que le hacía imposible dormir.

La persona va resintiendo la falta de oxígeno, la falta de sueño, la falta de palabras… la ansiedad comienza a jugar en el campo de la enfermedad. Eventualmente, mi padre no pudo seguir, siquiera, escribiendo mensajes de texto. Las fuerzas le daban para escribir palabras solo una o dos veces al día, por menos de cinco minutos.

A los cuatro días de internado de que lo hubieran internado viví una de las experiencias más duras de mi vida. A las 5:00 a.m. me llamó para decirme algo, no entendí nada, eran sonidos que escapaban de la boca de una persona que se ahogaba. Corriendo llamamos al piso de la clínica, las enfermeras lo vieron, lo estabilizaron y nos dijeron que el problema es que tenía la garganta muy seca, que este era un efecto secundario típico de la máscara de reservorio que tenía desde el día anterior. Resulta que mi papá ya estaba para ese momento con la máscara a 15 litros por minuto, lo máximo que se podía conseguir con dispositivos de bajo flujo, y nosotros no teníamos ni idea.

Desconfianza

Más o menos para ese momento empezó una cadena de fuerte desconfianza hacia el personal de la clínica, ¿era cierto lo que me decían sobre mi papá?, ¿me ocultaban cosas?, ¿lo estaban dejando morir con negligencia?, ¿entre tantos muertos les importaba si se moría otro? Tuvimos varios encuentros fuertes con la clínica y no hubo un solo día en el que no hubiese ido a pelear algo frente a la puerta del hospital.

Hubo unos días en los que el botón de emergencia de la habitación de mi padre estuvo dañado y, por estar lejos el teléfono de la habitación (tener que estirarse ya era mucho), le salía más fácil escribirme a mí para que yo llamara al piso cuando se estaba ahogando… esto fue la gota que colmó el vaso. Pero hubo otros episodios, la llamada diaria que un médico tenía que hacer para notificarnos del avance del paciente, por ejemplo, muchas veces no llegó.

Aunque la situación en Barranquilla era –y es- crítica, esos cinco minutos de conversación era la única línea que teníamos para saber lo que estaba pasando y, de ser necesario, prepararnos para lo peor. De repente todas las noticias de gente que tiraba piedras a los hospitales, que sacaba a sus muertos a la fuerza, empezaron a cobrar sentido. Desde la comodidad de mi casa, muchas veces, los había juzgado con vergüenza, con prepotencia había criticado su emocionalidad…

No se justifica de ninguna forma atacar a los hospitales o juzgar a su personal, en todo caso. Pero creo que hay cosas que los hospitales deben evaluar, tratar de mantener el flujo de información -así sea una sola vez en el día- es vital, sin importar lo compleja de la situación. Esta línea es algo que debería ser inviolable y se debería tratar de mantener ante todas las cosas, y estoy seguro de que muchas de las personas que en la actualidad están atravesando el proceso de tener un familiar hospitalizado concordarán.

A pesar de los puntos flacos, en todo caso, mi agradecimiento está con las personas que lo mantuvieron con vida y lo ayudaron a mejorar, no puedo pensar en ellos de otra forma que no sea como guerreros, su trabajo es toda la diferencia que hay entre la tragedia o la vida. Es difícil imaginar cómo se hace para seguir haciendo día a día la diferencia en una lucha constante contra la muerte, mientras tantas vidas diferentes les desfilan por las salas de urgencia, y las habitaciones del hospital. El triunfo depende de que ellos sigan sintiendo que hacen algo especial y ojalá no lo vayan a olvidar.

Amor

Mi papá desmejoró bastante antes de mejorar, y en algún punto llegué a dar por sentado que moriría, aunque no lo podía hablar con mi familia. Creo que toda la diferencia la hizo mi madre, la clínica le permitió confinarse con mi papá en la habitación, ella ya estaba contagiada y, por obvias razones, debía tener la misma versión del virus que él. Entró el 31 de marzo y ahí estuvo hasta que pudieron salir, lo vio ahogarse, dormir todo el día y, si hubiera fallecido, lo habría visto irse allí, encerrados en un cuarto, los dos solos, juntos y después ya no…

Hay algo hermoso en la facilidad con la que asumió el riesgo, todo lo que había conocido se le pudo desvanecer estando allá, sin ningún brazo que la sostuviera… y encima tenía que mantenerse tranquila para que mi papá se mantuviera optimista. Con todo, no haber asumido el riesgo era lo que le mortificaba, y me imagino que haber sentido que no había hecho todo lo que estaba en sus manos para ayudarlo la hubiera perseguido toda la vida. Sin haber tenido una relación perfecta con mis padres a lo largo de mi vida, siento que, al menos, debo agradecer que me permitieran ver cómo es el amor.

Y al final el amor funcionó, supongo. En el último examen de gases arteriales que le hicieron a mi padre antes de que mi madre ingresara a la clínica, el PO2 le marcaba 58.2, con máscara de reservorio a 15 litros. Los valores normales deben estar entre 78 a 100, sin ningún tipo de dispositivo de oxigenación, entre mayor sea el porcentaje de oxígeno que está aportando el dispositivo, menor será el indicador de PaFi, una especie de medida de riesgo de mortalidad con la que me fui familiarizando a medida que leía sobre la enfermedad. En la hoja del examen médico de ese día quedó registrado que la clínica le había hecho una solicitud de remisión a UCI a la EPS, porque ellos no tenían.

Pero, después de tocar ese punto bajo, el PO2 empezó a subir lenta y constantemente, 75.1, 78.2… el 5 de abril se pasó de 100 y empezaron a bajarle lentamente a la provisión de oxígeno de la máquina 15, 12, 10, 6 litros por minutos, cada cambio de esos numeritos era un respiro de tranquilidad y una victoria más. Tuvimos suerte, al final las cosas salieron bien. Como dije antes, cuando estaba pasando por todo esto buscaba desesperadamente alguien que me dijera precisamente eso, que las cosas iban a salir bien, encontrar la respuesta en algún lado. Quizá alguien que esté pasando por lo mismo se encuentre con este texto y entienda que, aunque las cosas se vean mal, pueden mejorar.

Afuera, no obstante, las muertes siguen, estas últimas semanas me he enterado de las muertes de conocidos cercanos y personas que aprecio, el dolor que están sintiendo no es fácil de imaginar y, la verdad, carente de sentido. Quizá lo peor de la enfermedad sea esta irrealidad, lo inexplicable, inesperada, fría, solitaria. A todas las personas que están en la lucha ahora mismo, o que han perdido a un ser querido, va mi aprecio. Para la población en general, ojalá que las medidas de protección social vayan calando más y más entre nosotros, así como el sentido de responsabilidad. No queda más que desear que todos salgamos -así sea individualmente- mejor de esto, que todos podamos interiorizar y aprender.