Los talibanes
Después de 20 años de haber sido desplazados del poder por la invasión norteamericana han regresado a dominar a Afganistán los talibanes, cuyo nombre significa estudiantes en el idioma pastún (una de las dos lenguas oficiales de ese país; la otra es el persa o dari).
Los talibanes se formaron en los años 90 del siglo XX cuando su nación luchaba contra los invasores soviéticos; recibieron apoyo de los norteamericanos para expulsar esos ejércitos extranjeros, en el marco de la lucha geopolítica de las potencias globales, enfrentadas en la Guerra Fría.
Después de dirigir el país entre 1996 y 2001, y de ser expulsados del Estado por el ejército de los Estados Unidos (luego de los aviones bomba a las Torres Gemelas, al Pentágono y a otros sitios, y de negarse a entregar a Osama Ben Laden, principal cerebro de esos ataques) los talibanes retoman el gobierno.
Lo hacen por la decisión del presidente Biden de retirarse de Afganistán sin haber construido una sociedad viable y sostenible, y por la incapacidad del gobierno que apoyaron de controlar el territorio. Sin las fuerzas norteamericanas en los campos de batalla, lo que se esperaba fue lo que ocurrió: la victoria definitiva de los talibanes.
En el nuevo ajedrez geopolítico mundial el triunfo del Emirato Islámico de Afganistán (así se autocalifican los talibanes) representa, también, una victoria para los amigos ideológicos de los gobernantes restituidos, sobre todo para Irán.
Y en cuanto al control de los recursos naturales (más que nada el petróleo) y a la proyección política, se benefician los rusos y los chinos, reconocidos adversarios de los norteamericanos. También resultan favorecidos los gobiernos y los grupos de otros lugares que pertenecen a la misma facción islamita de los talibanes.
Esa organización hace parte de la rama sunita (la otra rama son los chiíes), una fracción de los musulmanes donde anidan sectas que manejan una interpretación muy fundamentalista del islam. Los sunníes reciben su nombre a raíz del papel que le atribuyen a la Sunna, una colección de dichos y hechos que, según la tradición, proceden de Mahoma.
Aparte de la Sunna, su influencia y soporte más notable es el Corán. De estas dos fuentes extraen las más decisivas directrices en materia religiosa, política y de organización social. La Sharía o ley islámica se deriva de esas raíces y dirige el comportamiento político-ideológico del talibanismo.
Los sunitas mantienen una confrontación histórica con los chiíes, la cual rebasó las diferencias ideológicas desde hace mucho tiempo, pues ha desembocado en conflictos militares. Los grupos más radicalizados y violentos del islam (como Al Qaeda y el Estado Islámico) son de ascendencia sunita.
Los talibanes, un conglomerado fundamentalista y ultraconservador, son parientes ideológicos de Al Qaeda y el Estado Islámico. Poseen una estructura interna jerárquica, dirigida por un líder supremo, Haibatulá Ajundzada, quien, desde el año 2016, funge como el jefe religioso, político y militar.
El líder supremo se apoya en tres adjuntos y varios asesores, aglutinados en la Quetta Shura, una especie de autoridad consultiva integrada por 26 miembros. El brazo político internacional tiene sede en Doha, Catar, y es dirigido por el cofundador del movimiento talibán, el mulá Abdul Abdul Ghani Baradar.
Recuérdese que el movimiento talibán surgió tras la guerra civil que se desató en el país, luego de la derrota militar de los soviéticos, en los años 90 del siglo XX. Fue fundado por el mulá Mohamed Omar.
La causa más importante esgrimida por este mulá (una especie de líder espiritual versado en el Corán) para organizar su movimiento militar consistió en el hecho de que, después de la retirada de los soviéticos, no se había impuesto la ley islámica en Afganistán.
Llevar a cabo ese deseo original del mulá Omar (quien murió hace años), ahora que los talibanes se reinstalan en el gobierno, es el mayor riesgo para la sociedad afgana, sobre todo para las mujeres, pues la llamada Sharía o ley islámica se compone de un conjunto de directrices arcaicas surgidas hace siglos que las afecta sobre todo a ellas.
Este hecho es lo que provoca que la vuelta al poder de ese grupo fundamentalista represente un retroceso histórico, desde el ángulo de las libertades obtenidas por las mujeres y por el resto de la población en los últimos años.
El fanatismo religioso de los talibanes, y su deseo de instituir una autocracia musulmana regida por la ley islámica, de seguro desembocará en castigos crueles e indecibles para los herejes, y en restricciones a la participación política y social de quienes no son como ellos.
Lo que se viene para ese sufrido país (que ha sido indomable para las potencias colonialistas e imperialistas) será un regreso al pasado, a las costumbres y formas de comportamiento de los siglos anteriores, fijadas en los textos sagrados como la palabra revelada de Alá.
Ese fundamentalismo religioso conducirá a Afganistán hacia un régimen represivo, intolerante, e incrementará el sufrimiento de las mujeres, muy maltratadas por las disposiciones y énfasis de la ley islámica.
El regreso de los talibanes al control de la sociedad genera en el observador independiente una sensación agridulce, pues se ve con buenos ojos que un pueblo invadido alcance su independencia, al irse los norteamericanos.
Pero esa situación también provoca una profunda tristeza, pues esa autonomía no se traducirá en más libertad y en más respeto por los derechos humanos, sino en la construcción de una sociedad oscurantista, opresiva y atrasada, cultural y políticamente hablando.
Eso que acaba de ocurrir en aquel país asiático no puede verse con los ojos ingenuos y entregados de los fanáticos ideológicos de cualquier color, sino con la perspectiva de lo menos malo que ha surgido en la sociedad humana en varios lugares en los últimos siglos.
Y lo menos malo es una sociedad basada en un sistema de leyes, derechos y deberes; en la igualdad de todos ante la ley, y en la libertad para expresar lo que se piensa. Todo eso es puesto en duda por los fanáticos del talibán, apoyados en su ley islámica, que elimina también la separación entre la iglesia y el Estado.
La hora de la oscuridad llegó otra vez a ese sufrido pueblo. El fanatismo musulmán eliminará todo lo avanzado y devolverá las ruedas de la historia a los siglos anteriores. Eso también significa el triunfo militar y político de la secta religiosa de los talibanes. Sin duda alguna.
Posdata: quienes quieran conocer más a fondo sobre la historia de Afganistán y de los talibanes, pueden revisar el libro de Roberto J. Blancarte, Afganistán: la revolución islámica frente al mundo occidental, El Colegio de México, 2001. Entre otros libros. Las personas interesadas en este texto pueden solicitarlo a mi correo miltonaugusto2014@hotmail.com.
