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Los retos y peligros de la poscuarentena

A partir del mes de septiembre el país deja atrás la cuarentena obligatoria, y se embarca en una apertura que busca ponerle ritmo a la economía. En realidad, el mal colectivo no ha desaparecido, pues la pandemia aún deja un saldo elevado de contagios en la nación, y siguen muriendo personas.

La nueva situación crea un manojo de incertidumbres relacionadas con el comportamiento de las empresas, de las instituciones del Estado y de la gente. La forma de enfrentar el problema ahora se concentra en los protocolos higiénicos y en la autodisciplina de cada quien para cuidarse y respetarlos.

Es decir, de la cuarentena como principal instrumento de contención de la pandemia se pasa a una libertad relativa en que los protocolos higiénicos y el comportamiento ciudadano son los principales protagonistas. Vamos a ver cómo nos va en esta nueva coyuntura.

Hay que presuponer una coordinación eficiente entre los gobiernos y los privados para evitar que el número de contagios se dispare y ponga en riesgo a las personas vulnerables. Parece ser que en los grandes almacenes no habrá mayores dificultades para cumplir con las medidas de prevención que recomiendan los expertos.

El problema se agranda en la multitud de pequeñas y medianas superficies comerciales de los barrios y de los centros de las ciudades, donde los protocolos higiénicos son más difíciles de cumplir, y en los cuales la aglomeración crearía un terreno propicio para la expansión del contagio.

Quizás la mayoría de las personas ha entendido que el tapabocas previene de manera efectiva la propagación del virus. Pero uno ve por todas partes gente de diversas edades que no lo usan como es debido, y que lo llevan amarrado al cuello solo como un adminículo para evitar la molestia de las autoridades.

El gran reto que se avecina es el de hacer respetar el uso del tapabocas, del antibacterial, de la distancia física y de los demás medios de protección por los dueños de los negocios y por los ciudadanos corrientes. Esos instrumentos deben ser asumidos con rigor, pues en la nueva etapa de poscuarentena el riesgo de contagio se incrementa exponencialmente.

La experiencia internacional indica que una apertura sin el suficiente autocontrol de los individuos, y sin el acatamiento de los privados de las medidas de protección de la ciudadanía, trae consigo un rebrote peligroso, que ha obligado en muchas partes a restablecer la cuarentena.

El peligro no ha pasado, porque la vacuna apenas está en proceso. Por lo tanto, lo que se impone son las medidas de prevención sugeridas por los expertos. Y, en este punto, es donde se requiere de mucha coordinación entre las autoridades y los privados, y de bastante comprensión y autodisciplina de los ciudadanos.

Afortunadamente, en nuestra nación no tenemos el problema de otros países en los cuales las discrepancias ideológicas y políticas se resuelven masacrando el uso de los protocolos de la higiene pública. Aquí no ocurre lo mismo que en los Estados Unidos y Europa, donde sectores de la ultraderecha ultramontana se enfrentan a las disposiciones científicas con teorías conspirativas y oscurantistas.

Por lo tanto, parece ser que entre nosotros será más fácil intensificar una campaña pedagógica en los medios de comunicación destinada a elevar la calidad del comportamiento de todos los sectores sociales, con miras a respetar las estrategias sanitarias como el principal recurso para salvar vidas.

El reto principal es evitar que los contagios y las muertes crezcan, al eliminar la cuarentena. En otros países, esas cifran se dispararon luego de la apertura, obligando a los gobiernos a cerrar de nuevo. La esperanza es que aquí todo marche bien, para no tener que retroceder.

De la colaboración de todos depende que la poscuarentena no traiga consigo un rebrote catastrófico. Y la mejor ruta para alcanzar este objetivo es el trabajo coordinado entre el gobierno y los privados, y la autodisciplina de la ciudadanía. No hay otra alternativa.