Share:

¡Llenos de profesores conformes y escasos de buenos maestros!

Estaba este fin de semana en una famosa tienda por departamentos nacional, casa de la selección, y me encontré con un amigo de antaño, con el que estudié la gran parte de mi colegio y hablábamos de la situación actual; marchas, paros, protestas, heridos, violaciones, crisis, miedo, futuro incierto. Uno de los temas que hablamos, largo y tendido, es sobre los profesores.

Miguel Emilio, preocupado me contaba, que observaba una juventud crédula y manipulable y que sintió dolor al preguntar en las marchas, al azar, si sabían los manifestantes por qué marchaban, a lo que encontraba respuestas vacías, infundamentadas y copiadas.

Mi amigo, quien se encuentra desde la institucionalidad de la ciudad acompañando las marchas, me preguntaba literal, abro comillas: “Alberto, tú que eres maestro, porque no eres ni de aquí ni de allá, que se te puede preguntar para buscar una opinión certera sobre las cosas, te pregunto: ¿Por qué tanto resentimiento y rencor en nuestros jóvenes actuales contra instituciones que no entienden, ni conocen, ni comprenden?

La pregunta me sorprendió.  No sólo por el orgullo que se siente, al que personas que respeto, me tengan en tan buena estima, sino porque iba al punto más complejo que se refleja detrás de toda esta hecatombe actual.  

Amigo, en la actualidad, un sector del profesorado universitario se ha convertido en una tiranía intelectual, en dictadores de la opinión.

No admiten críticas, enseñan verdades y falsean la historia a conveniencia para crear enemigos que ellos odian, detestan y de los cuales buscan venganza, tergiversando la enseñanza.

Adulan a sus alumnos, a pesar de que cometan, digan o ejecuten torpezas; esos mismos regalan las notas, para que, de vuelta, sus alumnos les entreguen calificaciones geniales para sus currículums.

Y le decía a Miguel Emilio, hermano, son como medusas académicas que los jóvenes miran a sus ojos y quedan petrificados intelectualmente.

Son como Sodomas y Gomorras intelectuales, que al huir de ellos te transformas mentalmente en estatua de sal.

Transmiten verdades llenas de ira, de rencor, usando su propia ideología para crear filas de crédulos, que ingenuamente han confiado en sus “profesores” para conocer una realidad que desconocen; pretermiten adrede las herramientas para la crítica, porque no les sirve en la búsqueda de adeptos y eliminan los alumnos críticos, porque no sirven para sus propósitos, mezquinos per se, al manipular la mente de personas, desde el pedestal privilegiado del profesorado.

Amigo, en mi opinión, muchos de nuestros profesores perdieron su fin último, ser un maestro, y nos convertimos en simples parlantes llenos de transmisores de conocimiento parcializado, de aquí y de allá.

Un “profesor” de estos, olvidó que la meta, ser un maestro, implica ver y enseñar cada fenómeno desde todas las perspectivas, de someterlo a prueba, de verificarlo en la realidad y siempre dar la posibilidad del error, de existir otras respuestas.

Nuestra meta, amigo, es ser un maestro, uno que sufre dando bases suficientes para formar otros maestros y eliminar adeptos.

Un maestro, como fin del profesorado, es un creativo que moldea la mente y el espíritu de aquél que acude confiado a su vitrina intelectual para encontrar respuestas, obteniendo de esto, más dudas que certezas.

Un maestro, Miguel Emilio, aspira a ser la diferencia en la vida de una persona, no por las radicalidades que transmite como verdades, sino por la huella indeleble en la estructura académica, de crítica y cuestionamiento, de duda y de método.

Porque un maestro, de verdad verdad Miguel Emilio, es responsable con lo que enseña, porque entiende que lo que entrega no son árboles con sus frutos, sino semillas que se siembran en los receptores de sus mensajes para quizá, no dar frutos nunca o tal vez trascender para no ser olvidados jamás. Porque luego de enseñar las bases académicas fundamentales, un maestro enseña a cuestionar a otros y así mismo, Miguel Emilio, eso es lo que hace un maestro, a lo que aspira un profesor.

Al final, le concluí a Miguel Emilio que agradecía su halago, pero que aún era un profesor que transmitía conocimiento, pero que ni yo podía afirmar con certeza si hacía bien mi trabajo; que sentía que en mis clases eran más los alumnos que me odiaban a corto plazo que los que me amaban a largo y viceversa; que cada semestre buscaba mejorar mi programa, mi sapiencia y mis métodos de enseñanza, en pro de unos estudiantes que aspiraban a eso, a que algún día, como yo, la enseñanza de mi profesión fuera formada y moldeada por maestros.

Como consejo atrevido, le dije, que dudara de lo que había visto, que tal vez fueron ese Zutano o Mengano con los que casualmente se había cruzado, porque yo mismo me había encontrado con jóvenes fundamentados hasta los tuétanos, con una estructura crítica admirable y unas ganas de aprender tremendas. Sin embargo, le daba razón, porque tristemente, veo cada día más profesores conformes y menos docentes aspirando a maestros, más reproductores de ideas que críticos, más activistas que educadores de personas.

Larga vida a los maestros que cambian vidas predicando y aplicando. Feliz día a todos los profesores que aspiran a ser maestros y a todos los maestros que dignifican una de las profesiones más loables de la sociedad contemporánea. “Libres son quienes crean y no copian, y libres son quienes piensan, no quienes obedecen. Enseñar, es enseñar a dudar” Eduardo Galeano.  

Imagen referencial