Las secuelas del fanatismo
“El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo”. Emil Cioran.
El fanatismo hunde sus raíces en las brumas más lejanas de la historia. Las fuentes de las que bebe son diversas, pero pueden clasificarse en dos grandes órdenes: el ambiente sociocultural y las condiciones naturales del ser.
Hay épocas más propicias para el surgimiento y desarrollo de los fanáticos, sobre todo cuando dominan socialmente sistemas de creencias cerrados, como sucedió, por ejemplo, bajo el control de los religiosos en el medioevo occidental, o en el ambiente creado por el fanatismo estalinista.
Pero más allá de las variables sociales (que resultan decisivas para comprender el problema) cabe pensar en las características psicológicas de ciertos seres humanos.
Es obvio que alguien puede parecer un fanático por motivos sociales, como el efecto demostración, la influencia del grupo, de los poderes constituidos, entre otras circunstancias no tan singulares.
Y es cierto, también, que se desarrollan entornos en los cuales, al lado del papel de los poderes constituidos, se combinan la ambición, la esperanza y el deseo (emociones y sentimientos muy humanos) con sistemas de creencias herméticas, como las que viajan en las grandes utopías redentoristas o en las religiones.
Esa mezcla entre un cuerpo de ideas muy cerrado y ciertas cualidades psicológicas del ser humano es lo que alimenta, principalmente, el comportamiento fanático.
Recientemente, la ciencia ha descubierto movimientos mentales específicos que ayudan a explicar el fanatismo. Uno de estos es la incapacidad de algunos seres para cambiar de ideas, fenómeno que se agudiza en un entorno dominado por el fanatismo.
Este hecho mental se conoce como inflexibilidad cognitiva, el cual tiene menos efecto en las sociedades abiertas, donde la circulación de las ideas o el intercambio de estas hacen más cambiante o flexible la cultura simbólica.
Se sobreentiende que en las sociedades dominadas por poderes totalitarios (o autoritarios) que emplean la religión o la ideología como instrumentos para garantizar su dominio o la legitimidad, la cultura simbólica se hace más inflexible, menos cambiante, y la inflexibilidad cognitiva individual se adapta muy bien a estas condiciones sociales, o tiene un terreno más propicio para funcionar, camuflándose detrás de los sistemas de ideas herméticos.
El otro elemento nuevo útil para explicar el fanatismo está asociado con la férrea convicción que siempre ilumina al fanático. Esa convicción se conecta con su sistema de ideas, y con el hecho de que este es concebido como la solución final para todos los problemas, una especie de paraíso.
Además, ese andamiaje conceptual nunca se confronta con la realidad para estimular su cambio, como sucede en las religiones o en ciertas ideologías milenaristas, pues no les interesa la variación sino la inmutabilidad.
Es decir, tales sistemas herméticos de creencias no funcionan como la ciencia (que siempre se abre a la realidad para corroborar sus asertos), sino que operan aislados de la realidad social, como una especie de círculo vicioso invariable que da vueltas sobre sí mismo, eludiendo el cambio.
Es indudable que detrás de esa convicción también está un fenómeno singular descrito por la ciencia, que se conoce como disonancia cognitiva. Básicamente, esa disonancia se deriva del hecho de que las personas sienten dolor psicológico al ver cuestionadas sus ideas.
Esto es muy normal y es padecido por todos, sin excepción, pues las ideas hacen parte de la personalidad de cada quien, como elementos simbólicos que se sienten como propios. Pero tal disonancia es más fuerte es las personas más predispuestas al fanatismo.
Todos sufren un poco de disonancia cognitiva (que genera cierto dolor o malestar psicológico) cuando las creencias o ideas profesadas son sometidas a la confrontación o a la crítica con otras ideas. Ante un hecho como este se abren dos posibilidades.
Que el cambio de ideas se produzca, a pesar de la disonancia, favorecido por el entorno social, como ocurre en la mayoría de las sociedades abiertas. En este caso, el fanatismo suele ser una singularidad circunscrita a personas o a grupos con unas tradiciones ideológicas o religiosas especiales.
Que el cambio de ideas sea mucho más difícil, pues el poder y la sociedad están controlados por partidos, sectas o iglesias de talante dogmático. En este caso los sistemas de creencias herméticos se hacen más dominantes, dejando muy poco margen para la transformación de las ideas en lo individual o colectivo.
No es inexplicable que, en un contexto dominado por el fanatismo, las mayorías decidan permanecer en su zona de confort, sin enfrentar la disonancia cognitiva, tanto por la necesidad de adaptación con lo externo, como por la presión interna de sus propias características psicológicas.
El fanatismo es un fenómeno cultural, social, donde también influyen las peculiaridades del ser. Está asociado a la ignorancia, pero no puede ser explicado solo a partir de esta variable, pues sus móviles profundos, el fundamento de la convicción que lo sostiene, suele asociarse a los sistemas de creencias religiosos o utópicos que circulan en las sociedades contemporáneas, mezclándose con otros relatos.
El mantenimiento y desarrollo del fanatismo no solo viaja de la mano de la inflexibilidad y la disonancia cognitivas (que son más agudas en los individuos con propensión fanática), o del ambiente cultural, sino de las emociones que son típicas del ser, como el amor, el odio, el deseo, la esperanza o la ambición.
En este ámbito es donde el fanatismo suele producir monstruos, como sostiene Cioran. Alguien dominado por una creencia fanática es capaz de lo que sea, como permite comprobarlo la experiencia histórica.
Detrás de las grandes guerras religiosas se esconden los sistemas de creencias y las características del ser humano, para generar esas terribles matanzas a nombre del dios de cada quien, o de los valores, principios e ideas que alimentan la convicción de los jefes y de los soldados.
Solo un fanático convencido pudo ejecutar con tanta decisión el asesinato de León Trotsky, narrado magistralmente por Leonardo Padura, en su novela El hombre que amaba a los perros.
En gran medida el fanatismo permite explicar el odio esgrimido por los nazis contra los judíos, y el carácter despiadado de los estalinistas contra todo lo que se les pusiera enfrente.
La mano del fanatismo está presente en la represión y en las hogueras que acabaron con la vida de los disidentes científicos o religiosos en el medioevo o en la modernidad, aun bajo el influjo de supuestos liberadores como Lutero o Calvino.
El fanatismo ha producido monstruos que matan a nombre de dios y del amor, que sacrifican gente o se hacen inmolar impulsados por utopías sangrientas, o por sistemas de creencias según las cuales solo son hermanos y merecen vivir los que se parecen a ellos.
El fanatismo es uno de los grandes flagelos de la historia humana que todavía coletea en el presente. Entenderlo, para superarlo, está aún entre las grandes tareas de la humanidad.
Una sociedad sin fanatismos quizás sea lo mejor para enfrentar las grandes transformaciones sociales. Es seguro que una sociedad libre del fanatismo, y atacando a fondo las injusticias y la desigualdad, quizás sea un entorno más propicio para vivir. Sin ninguna duda.
