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Las máscaras del neoliberalismo

Lo que hoy se denomina neoliberalismo antes recibía otros nombres. Se podrían englobar los antecedentes de esta corriente en movimientos como fisiocracia, economía clásica inglesa, escuela austriaca, escuela neoclásica, monetarismo, etcétera.

Esa tendencia mundial puede ser caracterizada como liberalismo económico y posee ciertos rasgos distintivos, como la libertad para hacer empresas, para comerciar, el libre juego de la ley de la oferta y la demanda, y la reducción de las funciones y el tamaño del Estado, entre otros aspectos.

Hay que diferenciar entre lo que se entiende por liberalismo económico y lo que se conoce como liberalismo político. Este último se refiere al desarrollo de ideas y prácticas como el pluralismo, la libertad individual, el sistema de derechos y deberes, la división del poder estatal, el constitucionalismo o contrato social y la democracia como sistema político, entre los elementos más resaltables.

Pueden coincidir en un mismo grupo social el liberalismo económico con el liberalismo político, pero no siempre ocurre así. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX en Colombia existieron núcleos librecambistas, es decir, liberales en economía, que también eran muy liberales en política, a tal punto que crearon constituciones muy avanzadas para su tiempo.

Sin embargo, también se encuentra en la historia la combinación del liberalismo económico con un profundo conservatismo político, en individuos y partidos de talante ultra reaccionario, como ocurrió en los Estados Unidos bajo Reagan, en Inglaterra con la Thatcher y en el Chile de la dictadura de Pinochet.

El carácter revolucionario del liberalismo económico radicó en abogar por la libertad económica en una época en la que el poder monárquico restringía esa libertad, sobre todo en el plano del comercio exterior y en el desarrollo de las fuerzas productivas.

Al teorizar sobre la libre concurrencia y contra el intervencionismo estatal, especialmente en lo relacionado con el libre juego de la ley de la oferta y la demanda, Adam Smith también planteaba ideas revolucionarias a favor del capitalismo industrial y en contra de las monarquías, aferradas a un Estado interventor que nutría sus intereses particulares.

La riqueza de las naciones, el libro más importante de ese gran pensador, hay que comprenderlo en el marco de esas condiciones históricas, en las cuales la mano dura del Estado de los teóricos mercantilistas se percibía como una traba contra el avance del capitalismo industrial y de la economía de mercado dirigida por este.

De la comprensión científica y revolucionaria de los mecanismos de la economía de mercado y del capitalismo industrial se fue pasando, muy rápidamente, a la aceptación y justificación de unas condiciones económicas que tenían profundas repercusiones negativas en el nivel social.

El liberalismo económico se convirtió, ya en el siglo XIX, casi en una ideología que cerraba los ojos ante la explotación económica avasallante, la desigualdad extrema y la pobreza de las masas, mientras veía la acumulación de riqueza en pocas manos como un mal necesario del crecimiento económico.

Esta es la primera máscara que muestra Marx en El Capital, al criticar el carácter aparentemente neutro de los analistas económicos, al analizar la raíz de clase de sus teorías y el hecho de que estas pretendían esconder la voracidad de un sistema incapaz de irrigar la riqueza de manera más eficiente.

En ese mismo siglo se desarrollaron otras ideas (provenientes de los pioneros Smith y Ricardo), como aquella de que el mercado era una especie de mecanismo automático, o la de que la oferta creaba su propia demanda, y la de que la tendencia de los mercados, si se les dejaba actuar sin interferencias, era hacia el equilibrio.

En aquellos tiempos se produjo una especie de idealización romántica de la economía de mercado que, a la postre, se convirtió en la matriz de un dogmatismo desnudado por economistas como Karl Polanyi, en su libro La gran transformación, y, sobre todo, por John Maynard Keynes, en su famoso ensayo Teoría general del empleo, el interés y el dinero.

Polanyi criticó el planteamiento de que el comercio fuera algo natural y automático que se adecuaba a la naturaleza humana (como sugirió Smith), resaltando que era una construcción cultural creada por los seres humanos en la sociedad, en la historia, y, por lo tanto, sujeta a cambios e intervenciones de los agentes que participaban en ella.

Además, sostuvo que el papel que le atribuyen los liberales a la libertad de comercio no pasa de ser una ilusión, pues el desarrollo económico internacional se mueve también por el papel de los Estados y por la influencia de las grandes corporaciones, ya en el siglo XX, y que muchos de los grandes cambios de la economía, ocurridos desde el siglo XVIII, no se debían al liberalismo sino al proteccionismo.

Keynes fue mucho más lejos en el libro citado, desmitificando la idea de que el mercado tiende hacia el equilibrio entre las ofertas y las demandas; para él, ocurre más bien lo contrario: la libertad de mercado sin regulación estatal tiende hacia la anarquía, como ya lo había planteado Marx en el libro mencionado arriba.

La forma como se organiza la economía en el capitalismo impulsa no solo la iniciativa individual o corporativa, el aumento del riesgo y la incertidumbre, sino que genera también dificultades insalvables a la hora de crear y aplicar planes generales de carácter nacional, a pesar de las planificaciones propias de la empresa privada.

Este planteamiento desmontó el mito de la libertad de mercado (otra máscara del neoliberalismo) como un escenario ideal que siempre debe ser perseguido, pues los mercados tienden siempre a autorregularse. La tesis de Keynes es que eso es prácticamente imposible.

La competencia perfecta es un imposible práctico, aunque sea útil como herramienta teórica; ese tipo de competencia es más improbable ahora por el papel de los Estados y de las grandes corporaciones internacionales. En condiciones como las actuales, la libertad económica pregonada por los neoliberales no pasa de ser mito que favorece los intereses de los poderosos.

Keynes no se hace ilusiones con respecto a los motivos de los capitalistas y al efecto de estos, mediante la competencia y la libertad económica, en el conjunto de la economía. Destaca que el ciclo económico está conectado con la forma como funcionan las empresas, y las crisis brotan precisamente de ese funcionamiento.

La única manera de enderezar las cargas en tiempos de crisis es mediante la acción del Estado; y el único modo viable de influir sobre el ciclo, para reconducirlo, es a través de esa acción.

La libertad económica por sí sola no resuelve nada, sino que puede empeorar los problemas, como ocurrió en los años treinta del siglo XX y en la crisis económica del año 2008. Estos hechos reconfirman las teorías de Keynes.

Si bien la sociedad no puede prescindir de la economía de mercado y del capitalismo, estos aspectos sueltos de madre, como lo plantean los neoliberales, no tienden hacia la autorregulación sino hacia la catástrofe, sobre todo por su papel contra la naturaleza y por la extensión de la desigualdad económica extrema.

Lo que se esconde detrás de los enfoques neoliberales no es ninguna economía científica y neutral sino los intereses económicos de los grandes conglomerados, la avaricia de quienes lo tienen todo y quieren tener más, sin importarles el resto de la sociedad.

Friedrich Hayek, uno de los grandes teóricos de la tradición austriaca, sostuvo que el mercado libre ayudaba a resolver hasta los problemas sociales. Esta es otra de las grandes máscaras del neoliberalismo, pues por su aplicación ocurrió más bien lo contrario: la concentración excesiva de la riqueza en pocas manos y el aumento relativo de la pobreza y la miseria.

La demostración más clara de los efectos antisociales del neoliberalismo en las últimas décadas está en los libros del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz (El precio de la desigualdad) y del economista francés Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI). Las estadísticas elaboradas por estos autores contradicen rotundamente la dogmática neoliberal.

El neoliberalismo se vendió como la mejor solución a los males del capitalismo, lo cual es una gran mentira, una máscara enorme. Quizás no exista nada que le haga tanto daño a la economía capitalista como este enfoque, pues no solo ayuda a entorpecer y a enrarecer el entorno de los negocios, sino que acelera el conflicto entre los poderosos y las mayorías y el de las empresas con el medio ambiente y la sociedad global.

El neoliberalismo es la ideología económica de los grandes capitales. Una de las tareas importantes de quienes desean una sociedad más igualitaria y justa consiste en combatir esta corriente destructiva de la sociedad contemporánea.

Al lado del totalitarismo socialista y del fascismo, el otro gran enemigo a vencer por la humanidad es el neoliberalismo.  

Adam Smith