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Las clases virtuales en tono carnavalero

La virtualidad, con sus pros y sus contras, ayudó a enfrentar las secuelas de la pandemia sin paralizar completamente las actividades académicas. Si no hubiera sido por las clases virtuales de seguro nunca se habría mantenido viva parte de la docencia, como en efecto se mantuvo.

Pero la enseñanza-aprendizaje sin el contacto profesor-alumno y sin la creación de un ambiente de grupo dentro del aula se convierte en algo muy artificial, donde es muy difícil construir redes amistosas entre los estudiantes, o procesar la empatía que une a los alumnos y a los docentes.

Por el contacto humano, por lo que este significa dentro de un salón, las clases presenciales son irremplazables, pues la docencia no es solo saber o aprender, sino también la construcción de redes solidarias, de amistad, y de contactos imprescindibles para dinamizar el intercambio de conocimientos.

Esto lleva a sostener que ninguna tecnología es capaz de permitir el procesamiento del nicho virtuoso que se deriva de una clase presencial bien trabajada por los profesores y los alumnos, y que, desde esta perspectiva, la virtualidad es un complemento de la clase presencial, pero nunca podrá ser su reemplazo.

Pero nunca podrá ser su reemplazo a pesar de las situaciones cómicas, de carnaval, que ocurrieron entre los estudiantes y profesores de las universidades de Barranquilla, sobre todo de la Universidad del Atlántico. Esta columna está dedicada a resaltar esos eventos graciosos que le sacaron sonrisas a la comunidad académica.

No se incluyen todos, desde luego, sino algunos relacionados con el autor de este relato y con otros colegas y estudiantes que aliviaron los efectos de la pandemia riéndose de sí mismos sin ninguna clase de prejuicio. Hay que resaltarlos con negrita porque representan eventualidades que asumen la forma de pequeñas historias, de minicuentos producidos por la vida virtual.

El vendedor de aguacates

Se comenta en los corrillos virtuales que a un conocido profesor de historia universal un estudiante parecía sabotearle la clase. El susodicho tenía la ventana del cuarto abierta y por allí se colaba el grito destemplado de un vendedor de aguacates. “Mira tú, Leonel, cierra esa ventana que ese vendedor ambulante no me deja hablar”, gritó molesto el docente. Leonel le respondió: “Pero, profesor, si el ruido no es aquí en mi casa sino en la suya”. En vez de reconocer que había acusado injustamente al estudiante, el profesor de marras se salió elegantemente de la situación embarazosa diciendo, entre risas, lo siguiente: “Perdón, muchachos, déjenme salir un momento que voy a comprar unos aguacaticos.” 

La visita

En otra ocasión, y ante la ausencia prolongada de una estudiante, cierto colega empezó a hacer cábalas con sus alumnos sobre los motivos que tendría la alumna para abandonar la clase. “Está cocinando”, dijo uno. “Debe estar arreglando a las niñas”, sostuvieron dos más. “A lo mejor el esposo le pidió que le sirviera el almuerzo”, anotó alguien que conocía a la fugada. Todas estas ideas no pasaban de ser simples hipótesis de trabajo, pues, lo cierto de lo ocurrido solo sería revelado por la propia protagonista. Cuando regresó al micrófono, todos esperábamos que alguna de las tres hipótesis planteadas se convirtiera, mediante la investigación concreta, en la verdad de lo ocurrido. Ante la pregunta del docente de por qué se había ausentado como veinte minutos de la clase, la implicada solo atinó a decir, entre apenada y nerviosa: “Mis disculpas, profe, pero es que recibí la visita de una amiga que no veía desde hace unos veinticinco años.” 

La voz de ultratumba

Un estudiante que participaba muy seguido en la clase virtual tenía un eco profundo que convertía su voz casi en un sonido de ultratumba. Esta historia sirve para resaltar las tremendas dificultades que afrontaron muchos alumnos para recibir sus clases en el teléfono o el computador. Inquieto por saber la causa de lo que ocurría, el docente le preguntó al alumno el motivo por el cual su voz asumía contornos de ultratumba. “Es que aquí en mi trabajo no me dejan recibir tranquilo las clases, y por eso tuve que subir a una garita cerrada que hay acá en el techo. Con este frío debo mantenerla cerrada o me congelo en media hora.” Como era de esperar, este héroe cibernético recibió todo el apoyo de los alumnos y el profesor.

El ganadero

Se volvió normal en los encuentros escuchar las voces de los gallos, los perros, los gatos y hasta de los caballos. No era raro toparse con martillazos, con abanicos que parecían locomotoras o con la voz de locutores de radio porque los padres no querían bajar el noticiero para que sus hijos recibieran mejor las clases. De todo un poco hubo en estos casi dos años de enseñanza a lo Matrix. Pero la tapa de la corona sucedió en un examen virtual con un alumno ganadero que no había preparado la prueba. Ante la pregunta respectiva, el ganadero le acercó el teléfono a una vaca que no la respondió, sino que dijo mu. “Qué significa eso, William, por qué no responde usted sino la vaca.” “Lo que ocurre, estimado profe, es que por andar cuidando el ganado no pude preparar bien el examen.”

Un profesor dicta clases virtuales en medio de las olas del mar.

La voz como medio de conocimiento

A mí me ocurrieron miles de cosas en la virtualidad. Aunque muchas de ellas resulten ahora cómicas a la final expresan las condiciones precarias en que los alumnos desarrollaron sus actividades. Hubo quienes recibían clases mientras iban en moto o bus. Otros lo hacían desde consultorios médicos o en los sitios de trabajo, en supermercados o droguerías. A uno se le dio por conectarse desde una mezquita de la ciudad de Maicao, y allí no faltaron los gritos que invocaban a Alá. 

Me conmovió mucho el caso de un estudiante que, ante las dificultades de la señal, se había subido a la copa de un árbol para mejorar la calidad de esta. Más allá de la precariedad que hubo para utilizar lo virtual, me sorprendió y agradó mucho la capacidad adaptativa de los alumnos y la calidad de sus iniciativas para no dejarse derrotar por las adversidades.

Para mí fue sorprendente descubrir que la simple voz del estudiante no me servía de mucho para conocer más a fondo su personalidad. Desde hace bastante tiempo me acostumbré a observar muy de cerca a cada alumno para organizar dentro de mí modelos que facilitaran su comprensión y conocimiento.

Todo eso fue disuelto por la virtualidad. La simple voz no es un medio muy idóneo para conocer a fondo a nadie. Cuando por fin vi personalmente el cuerpo de cada voz se me presentaron incongruencias que antes no sucedían. Por ejemplo, alguien con una voz de gigante, pero con un cuerpo muy delgado y pequeño, casi como un niño a punto de iniciar el desarrollo.

Personas con una voz delgada y chillona que vaticinaban un cuerpo enjuto y hasta débil. Nada de eso era así. Por el contrario, la voz de chiquillo miedoso encarnaba en el cuerpo de un grandulón que metía miedo por su porte. Si el personaje no hablaba uno, al verlo, se imaginaba otra cosa. 

Todas esas incoherencias y engaños los produjo la virtualidad, un instrumento adicional que evitó la parálisis completa del proceso académico. Y que ayudó a que siguiéramos haciendo clases a pesar de la pandemia. Esto es lo que hay que agradecerles a los medios virtuales, más allá de sus limitaciones y carencias. 

Pero ya quedó claro, por la experiencia adquirida, que la virtualidad en nuestro medio es solo un recurso adicional que nunca podrá reemplazar a las clases presenciales. Virtualidad y presencialidad no son contradictorias, sino complementarias. Sin embargo, la madre de la academia en Colombia son las clases presenciales. 

Posdata: los nombres que aparecen en esta columna nada tienen que ver con los acontecimientos narrados. No quise emplear los nombres de las personas que hicieron lo que hicieron por respeto y consideración. Pero los protagonistas de las microhistorias, aquí ocultos tras el anonimato, son conscientes de que ellos son los que actuaron y nadie más que ellos.