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¿La sociedad actual funcionaría bien sin la economía privada?

Defino la economía privada como toda esa telaraña de empresas y actividade que se esparcen por los sectores primario, secundario y terciario de la mayor parte de las sociedades contemporáneas. Por definición, esa economía es diferente a la estatal, pues su rasgo común es la propiedad privada.

Es economía privada porque pertenece a pequeños, medianos o grandes propietarios, no al Estado. Abarca la producción de bienes primarios, manufacturados o la generación de servicios, como el turismo, el comercio o la banca.

En el siglo XIX prevalecía la producción industrial capitalista y la división elaborada por los clásicos de la economía entre sector I (productor de medios de producción) y sector II (productor de bienes de consumo). Las secuelas catastróficas de la industrialización capitalista (en materia social) en ese siglo en Europa llevaron a Marx y a los anarquistas a descalificar esta clase de economía privada en manos de la burguesía.

Ellos vieron esa industria como el principal nicho de la explotación de la clase trabajadora y de la injusticia social y propusieron, por tal motivo, ideas revolucionarias para superarla. Marx previó las potencialidades de la industrialización como herramienta de transformación económica, pero eliminó teóricamente a la burguesía del proceso, planteando que el Estado y la dictadura de la clase obrera debían dirigir la economía.

Desde aquellos tiempos se desarrolló entre los revolucionarios un odio visceral contra la economía privada, el cual se fue acrecentando por el papel de esta en la dominación colonial o imperialista y por su rol destructivo contra el medio ambiente. Más allá de las secuelas funestas que se derivan de la explotación de los trabajadores y del carácter violento de cierta economía privada, cabe destacar que la crítica siempre ha ocultado los aspectos positivos de su funcionamiento.

Las actividades económicas o empresas privadas no son iguales con respecto, por ejemplo, al impacto destructivo sobre el medio ambiente. Algunas dañan más que otras y hay un grupo de ellas que suele ser amigable con el entorno. O sea, todo el proceso económico privado no puede ser definido del mismo modo, descartando los matices.

Hoy se ha desarrollado tanto el sector de los servicios que los economistas escriben sobre la terciarización de la economía y la existencia de países que carecen de industrias y de producción primaria. El gran desarrollo del sector terciario está cambiando la realidad contemporánea.

De hecho, la estructura del empleo y las características de las labores son muy distintas a las existentes en el siglo XIX cuando Marx y los anarquistas propusieron demoler el sistema. En muchos países se observa una desindustrialización relativa al comparar el desarrollo industrial con el avance de los servicios.

Este fenómeno ha sido acompañado por el progreso de la legislación laboral, que establece rayas rojas contra los empresarios y a favor del trabajador en términos de jornada laboral, calidad del empleo y otros tópicos, tanto a nivel de los países como en el plano internacional.

Por otra parte, la economía privada se convirtió hoy en un importante bastión del progreso económico y social. Muchos de los más importantes avances científicos y tecnológicos están relacionados con esa economía.

El confort moderno en gran medida depende de los aportes de la economía privada. Si uno se pregunta por el origen de los celulares, las neveras, los aviones y los vehículos terrestres, por mencionar algunos ejemplos, tiene que reconocer que la mayoría de esos bienes son la consecuencia del desarrollo de la economía privada.

En materia de medicinas, tecnologías médicas o instrumental hospitalario el grueso de esos productos y de los avances científico-tecnológicos se derivan de la economía privada. Lo mismo cabe anotar del resto de los procesos asociados con el sector de los servicios, donde esa economía ha contribuido a mejorar la calidad de vida de la población (cine, turismo, centros comerciales…).

No se trata aquí de endiosar la economía privada sino de ver sus pros y sus contras y los cambios que ha sufrido en los dos últimos siglos. Un balance equilibrado entre lo positivo y lo negativo de su transformación tiene que saber reconocer, al lado de los aspectos turbios, el aporte de esta al progreso de la humanidad.

Ese hecho histórico es más relevante si tomamos en consideración la experiencia histórica y lo que resultó de la destrucción de la economía privada al seguir las teorías del cambio social de Marx. Desde la Revolución Rusa de 1917 la norma ha sido, según esas teorías, nacionalizar, expropiar o estatizar la economía privada.

Todo se concentró en la acción estatal, mediante el partido y la burocracia. Los procesos productivos y distributivos fueron asumidos por el Estado, y se eliminaron los diversos incentivos de la economía de mercado. La ideología y la política reemplazaron a la innovación y a la creatividad en la búsqueda de la ganancia.

El efecto depresivo de este modelo no tardó en aparecer: aletargamiento de la producción y la aparición de terribles cuellos de botella en el abastecimiento y la distribución, los cuales provocaron un racionamiento obligatorio y el hábito indeseable de las largas colas para conseguir bienes de consumo.

Esta matriz económica dificultó la concreción de muchas de las promesas sociales de la revolución y ayudó a evitar que el nivel y la calidad de vida de la gente fueran superiores a los de los países capitalistas, a pesar de la demagogia del liderazgo. La esperanza de un paraíso de bienestar en la tierra fue truncada por el modelo económico y por el carácter totalitario del régimen político.

El fracaso del sistema económico socialista proveniente de Marx quedó demostrado con el derrumbe definitivo de la Unión Soviética y por la reinserción de la economía de mercado y la economía privada en China y Vietnam.

Lo que probó el desarrolló histórico es que resulta prácticamente imposible que una sociedad funcione bien estatizando todos los procesos económicos. Estatizarlo todo sigue siendo el sueño no cumplido de los dogmáticos del marxismo conservador u ortodoxo, a quienes no les agrada aprender de la experiencia histórica.

La enseñanza que nos pone enfrente la historia es que, por ahora, hay que seguir utilizando el mercado y la economía privada para estimular la sociedad. Mucho de lo que hoy se relaciona con la calidad de vida tiene que ver con esa economía, a pesar de que los marxistas conservadores se nieguen a verlo.

De hecho, el gran progreso económico actual de China está directamente relacionado con la economía privada y el mercado. Es seguro que sin estos ingredientes ese país jamás hubiera podido sacar de la miseria y la pobreza a más de 800 millones de personas, ni tampoco hubiera logrado el sitial de potencia económica que ahora posee en el concierto internacional.

La economía privada no está necesariamente en contra del papel del Estado. Puede ocurrir que este cumpla una función muy notable en la regulación de los procesos económicos privados (o en la creación de un Estado de Bienestar), como sucede en China, en Vietnam y en los países del norte de Europa.

Esa economía ha sido muy útil en el plano de la producción, la distribución y en el desarrollo de los servicios modernos. No querer entender esto por vivir rumiando dogmas decimonónicos es un grave error que puede llevar a los países al desastre, al mismo desastre que acabó con la Unión Soviética y que mantiene a Cuba en el estancamiento.

Permitir el desarrollo del mercado y de la economía privada, con una regulación inteligente por parte del Estado, es la ruta más adecuada para evitar los excesos del neoliberalismo y las tonterías anti históricas del marxismo dogmático y conservador.

El estatismo a ultranza, que ha fracasado en todas partes, no es una solución a los problemas contemporáneos sino un salto al abismo de la desesperanza. Una simple mirada a la experiencia histórica servirá para corroborar este aserto. La historia es la mejor arma para enfrentar el dogmatismo basado en la ignorancia. Indudablemente.

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