La razón totalitaria socialista
Al analizar la historia de la humanidad saltan a la vista situaciones que es imposible negar, como la explotación y dominación del hombre por el hombre, los conflictos y guerras por riquezas, por tierra o por diferencias religiosas. La lucha continua por intereses de diverso tipo ha sido la constante dentro la sociedad en el tiempo.
Estos tópicos han sido la materia prima de los grandes reformadores y de quienes han propuesto revoluciones sociales, sobre todo en los últimos tres siglos. Lo que llevó a Marx a plantear la revolución proletaria, la dictadura de los trabajadores fue, precisamente, un estado de cosas exasperante y lamentable que merecía la crítica y el pensar en alternativas para superarlo.
Eso fue parecido a lo que ocurrió con los grandes pensadores de otros tiempos, como Platón o Moro, quienes también reflexionaron en cómo construir una sociedad menos desigual y conflictiva. Esa es la línea de pensamiento que domina a los socialistas anteriores a Marx y a los anarquistas de ideas socializantes.
En realidad, motivos para levantarse contra la iniquidad, el maltrato y la corrupción ha habido y hay más que suficientes. Ningún ser razonable y decente de este planeta puede estar a favor de las guerras genocidas, del hambre y la miseria de las mayorías o de la desigualdad extrema.
Hasta ahora todos los proyectos de cambio revolucionario drástico tuvieron sólidas justificaciones, provocadas por una situación social insostenible e indeseable. Y las propuestas de transformación profunda han operado como iniciativas que entran al laboratorio de la historia para su comprobación o rechazo.
Las ideas de reforma social de Owen o Fourier fracasaron en toda la línea, por su carácter parcial y aislado y fueron calificadas por Marx y Engels como socialismo utópico, es decir, irrealizable. Uno de los argumentos consistió en que no se podía construir el socialismo de manera aislada, sin definir el asunto del poder mediante una revolución, y el otro se centraba en el carácter mundial del proceso revolucionario.
Ni Marx ni Engels pudieron ver la cristalización de sus ideas del cambio en vida. Los mejores discípulos (Lenin, Trotsky, etcétera) adelantaron la tarea, ya en el siglo XX, convencidos de la necesidad de la transformación política y económica profunda de la sociedad y del carácter internacional del proceso revolucionario.
Lo que se ha visto en el laboratorio de la historia desde la Revolución Rusa de 1917 es la concreción de los principales postulados de Marx para destruir el capitalismo e instaurar lo que se pensó como su reemplazo, es decir, el socialismo marxista.
Muy sintéticamente ese socialismo ha exhibido las siguientes características: a) el reemplazo del Estado burgués por el Estado obrero, mediante la dictadura de los trabajadores y del partido que los representa; b) la destrucción de la economía y la propiedad privada, del mercado capitalista, para imponer la estatización a ultranza; y c) la planificación socialista, basada en el manejo estatal o administrativo de la producción y la distribución.
Grosso modo, este es el modelo socioeconómico que se aplicó en las revoluciones socialistas más representativas del siglo XX, vale decir, en la rusa, la china, la cubana, la vietnamita, entre otras. La concreción de estas ideas fuerza reforzó el desarrollo de la tradición ideológica originada en Marx y Engels y determinó la práctica política de muchos partidos y grupos en todo el planeta.
Así mismo, contribuyó a crear una razón totalitaria socialista, cuyo eje transversal consiste en la creencia de que el único modo de cambiar el mundo se deriva de la aplicación de una dictadura totalitaria que lo controle todo: la política, la ideología, la cultura, la economía, todo.
El grave problema con este modelo de sociedad totalitaria es que no ha producido en ninguna parte los ríos de riqueza y bienestar que vaticinó Marx. Por el contrario, su sello de marca ha sido la escasez, el desabastecimiento, más que nada de bienes de consumo y de servicios, que es lo que más necesitan y utilizan las mayorías.
Las respuestas para explicar esta deficiencia fundamental están en la manera como se organiza la economía. Eliminar los incentivos económicos y reemplazarlos por ideología, por política y por un manejo burocrático estatal de la producción y la distribución conduce al proceso productivo hacia la inercia, hacia un estancamiento crónico que afecta la vida social.
Al ineficiente modelo económico le acompaña un rígido modelo político que coarta la libertad de pensamiento y de acción, al instituir un estilo de gobierno dogmático que no tolera la discrepancia y que se parece mucho a las dictaduras religiosas que dominaron en el medioevo de Europa o a las autocracias místicas de la actualidad.
Eso es lo que muchos analistas internacionales denominan totalitarismo socialista, el cual permanece en la tradición de izquierda del ahora por varias razones. La primera de ellas es que el pensamiento de Marx fue sacado del torrente científico y convertido en una nueva dogmática, casi en una dogmática religiosa.
Y la segunda es tal vez la más importante: los discípulos del maestro se niegan a ver lo que ha ocurrido en el laboratorio de la historia y a extraer de este las conclusiones y enseñanzas que es posible obtener. La más trascendental de esas enseñanzas es que el socialismo a lo Marx fracasó estruendosamente en todos los países en que fue aplicado.
Esto no son solo palabras. La Unión Soviética colapsó por sus propias contradicciones internas, por haber sido incapaz de ofrecer una calidad de vida a su pueblo superior a la de los competidores capitalistas, y por generar un ambiente opresivo e insoportable. Los países satélites de la URSS se derrumbaron por razones similares.
Los chinos y los vietnamitas, sin eliminar la dictadura del partido socialista, derribaron el modelo económico socialista para reimplantar la economía privada y el mercado, en un reconocimiento explícito del fracaso de ese modelo ideado por Marx, pues con ese entramado económico ineficiente nunca podrían salir de la escasez y el desabastecimiento típicos del socialismo.
Tales situaciones es lo que se denomina el laboratorio de la historia y es lo que no quieren ver los dogmáticos del socialismo marxista. Los modelos de Marx fracasaron en toda la línea, pero ellos no se han dado cuenta, pues no quieren aprender de la experiencia histórica. Místicamente siguen repitiendo las teorías del cambio social de Marx, convirtiéndolas en dogmas cuasi religiosos separados de la ciencia y del laboratorio histórico.
Continúan creyendo que la sociedad solo puede cambiar mediante la aplicación de su razón totalitaria socialista. Creen que si no prosiguen con esa dogmática traicionan a los desvalidos y oprimidos, sin darse cuenta de que el tipo de sociedad que se deriva de esa razón totalitaria es tan o más represiva que las sociedades capitalistas que combaten, pero agregando unas condiciones de vida realmente lamentables, como lo prueba el laboratorio de la historia.
Reconocer el fracaso histórico de las teorías del cambio social de Marx no significa negar su valía como gran pensador. Abandonar esas teorías por ineficaces y contraproducentes no quiere decir que se desconozcan el sufrimiento y los problemas de las mayorías, ni negar la validez e importancia de la justicia social.
Todo lo contrario: criticar esas teorías que ya fracasaron debe conducir a pensar en otras estrategias para enfrentar la desigualdad extrema, la discriminación y la destrucción del medio ambiente. Es decir, en otro tipo de soluciones para combatir la iniquidad y la pésima distribución de la riqueza.
Mejorar la calidad de vida en todo el planeta sigue siendo el objetivo central y este no se logrará ni con el socialismo totalitario ni con el neoliberalismo. Los chinos, los vietnamitas y varios países del norte de Europa con sus Estados de Bienestar están abriendo rutas alternativas que es pertinente observar con mucha atención.
Para aprender de la historia los sectores alternativos deberían abandonar la dogmática cuasi religiosa y retomar el sendero de la ciencia. Solo atendiendo a las señales del laboratorio de la historia se podría evitar la repetición de los errores derivados del socialismo totalitario y del neoliberalismo.
Aplicar de nuevo los postulados de la razón totalitaria socialista conducirá a la repetición de lo que ya ocurrió en muchos países. Esa razón no es propiamente una salida a los problemas humanos, sino la entrada al mismo estado de cosas que ya sufrimos en muchas naciones, el cual se ha convertido en un pesado círculo vicioso.
Para avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria hay que beber, con mucho espíritu crítico, de la fuente nutricia de la experiencia histórica. Este procedimiento indicará lo menos malo, lo más erróneo y lo más útil para seguir avanzando. No hay más alternativa.
El misticismo revolucionario dogmático no conducirá a ningún país al cielo sino al abismo. Ya esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo porque ese misticismo vive de espaldas a la historia, y el nombre revolucionario es solo un nombre que oculta su naturaleza conservadora, dogmática.
La razón totalitaria socialista no aspira a un futuro de libertad y bienestar sino a un regreso al pasado, a uno de los peores pasados posibles: a uno de escasez, mala vida y ausencia de libertad. Este es el gran riesgo que representa el dogmatismo totalitario, aunque sus portavoces digan lo contrario. Así de claro es el problema.
