La peste negra, otra pandemia grave
Esta enfermedad ocurrió a mediados del siglo XIV. Provino de Asia, pero afectó a casi toda la civilización conocida, sobre todo la europea. Se le llamó peste negra en razón a que uno de sus efectos oscurecía las manos, los antebrazos, zonas del rostro y otras partes del cuerpo.
La peste negra (o peste bubónica) era endémica en Mongolia, un territorio con muchas ratas. Estos animales no contagiaban al hombre, pero las pulgas que las infestaban, sí. Se ha establecido que la bacteria Yersinia Pestis, causante de la peste bubónica, transitaba de los roedores a los humanos mediante las pulgas, que inoculaban la Yersinia al picar a la gente.
Se le llamó también peste bubónica porque la infección inflamaba los ganglios linfáticos, hasta provocar bubas, que solían estallar, expeliendo fluidos y pestilencia. Hubo tres variedades de esta infección, relacionadas con los ganglios, con los pulmones y con la sangre. La peste neumónica (concentrada en los pulmones) y la septicémica (que contaminaba la sangre), llevaban a una muerte segura.
La peste negra no se propagó solo por las ratas y la picadura de las pulgas, sino por los fluidos sanguinolentos y la tos que dominaban a los enfermos. El contacto con el esputo también podía provocar la infección en las personas que estuvieran cerca de estos.
A diferencia de la “gripe española” y de la covid-19, la peste bubónica no fue provocada por un virus, sino por una bacteria. Esta última fue descubierta por los científicos a finales del siglo XIX, por lo cual la enfermedad era atribuida, antes de eso, a todo tipo de agentes, desde los astros hasta el castigo divino.
En algunos sitios de Europa se acusó a los judíos de estar envenenando las aguas para provocar la enfermedad. Esto dio pie a persecuciones y matanzas, que se apoyaban en la superstición y en la intolerancia, lo cual demuestra que las teorías conspirativas no son exclusivas de la covid-19.
Los historiadores han establecido que las ratas de la peste viajaron con los guerreros mongoles y con los comerciantes, por las diversas rutas que conectaban Asia con Europa y con otros continentes. En el siglo XIV, la más importante de estas era la llamada Ruta de la Seda, que conectaba a China y a la India con el continente europeo.
Al llegar a Caffa, en el Mar Negro, las ratas y las pulgas abandonaban el viaje terrestre, y eran traídas a los puertos europeos en los barcos que circulaban hacia el Mar Mediterráneo. Pero los portadores del mal también eran los marinos que se habían infectado en un asedio a Caffa por parte de los mongoles.
Al tocar tierra la plaga en Italia y Francia, fue cuestión de muy poco tiempo para que se propagara con gran rapidez a otros lugares, debido a las rutas comerciales, terrestres y marítimas, que interconectaban a Europa Occidental. La bacteria Yersinia Pestis encontró un terreno abonado para su expansión en la gran aglomeración de las ciudades, y en las condiciones lamentables de sanidad que dominaban en todas ellas.
El desconocimiento del origen de la enfermedad conspiró contra la población, pero la falta de estrategias para enfrentarla ayudó a propagar la peste casi sin resistencia. Esta fue la época en que surgieron en Alemania y otros lugares los famosos flagelantes, que pretendían paliar el mal autocastigándose, con la convicción de que así superarían el castigo divino.
Pero nada sirvió para detener la devastación. Se calcula que un tercio o más de la población (de casi ochenta millones de habitantes) murió por efecto de la pandemia, aunque en ciertas regiones la catástrofe fue mayor. Los historiadores arguyen que un poco más de la mitad de los habitantes de Inglaterra murieron tocados por el mal, y que ciertos pueblos prácticamente desaparecieron de la faz de la tierra.
Se ha sostenido que el feudalismo, en crisis, recibió su estocada final por parte de esta dolencia. La hambruna se hizo presente, así como el abandono de las principales actividades económicas, tanto porque las personas morían, como porque otras temían el contagio. Esto sumió a Europa en una profunda depresión económica.
A falta de una medicina o terapia adecuadas, los médicos ensayaban con lo poco e ineficaz que tenían. Estos fueron los tiempos del aislamiento de los enfermos y de los barcos, que debían permanecer aislados por unos cuarenta días, para evitar la propagación del mal. Ese mecanismo, puesto en práctica en Italia por primera vez, es el origen de la palabra cuarentena, tan en boga hoy a propósito de la covid-19.
A partir de esta espeluznante pandemia se empezó a trabajar mejor en la limpieza de las ciudades, y a combatir la proliferación de las ratas. Los gatos se convirtieron en el arma natural más contundente contra la expansión de los roedores.
Sin embargo, el riesgo de una epidemia (o, incluso, de una pandemia) estuvo siempre latente, hasta cuando aparecieron armas pertinentes para enfrentar al enemigo invisible. Eso empezó a ocurrir por el esfuerzo de dos bacteriólogos que, trabajando por separado, aislaron el agente patógeno en el año 1894.
Alexandre Yersin, bacteriólogo franco-suizo del Instituto Pasteur, y el japonés Kitasato Shibasaburo, lograron aislar el bacilo de la peste negra, permitiendo avanzar en el conocimiento de la enfermedad. El mazazo definitivo contra esta provino de la creación de los antibióticos (en el siglo XX), pues, a diferencia de los virus, las bacterias sí morían por el efecto de estos medicamentos.
De esa manera se le encontró salida a una infección que asoló al mundo en los siglos pasados, a través de un bacilo que tenía un poder de contagio y de mortalidad tan alto como el de la malaria, transmitida a los humanos por un mosquito. Las compañeras de los antibióticos, sobre todo para doblegar a las virosis, fueron las vacunas, las cuales ayudaron a batir muchas epidemias.
Aunque el riesgo de enfermar de peste bubónica siempre estará ahí, es muy improbable que se produzca otra pandemia como la del siglo XIV, debido a los progresos en la medicina, en la sanidad pública, y a la existencia de un menú de terapias y antibióticos que superan con creces las especulaciones y las rogativas infructuosas de los siglos anteriores.