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La pandemia mundial del racismo

El racismo ha tenido varias expresiones a lo largo de la historia, en relación con los aspectos específicos que adquiere, y de acuerdo con el tiempo y el lugar en que nutre la discriminación y el maltrato. Sus orígenes se pueden rastrear, para el caso de América, por lo menos desde la época colonial.

“El racismo es el odio, rechazo o exclusión de una persona por su raza, color de piel, origen étnico o su lengua, que le impide el goce de sus derechos humanos. Es originado por un sentimiento irracional de superioridad de una persona sobre otra”. Así define el racismo el COPRED, una institución descentralizada pero adscrita al gobierno de la ciudad de México.

El Concejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la ciudad de México (COPRED) es una institución creada para enfrentar el racismo en general, pero, sobre todo, aquel que se dirige contra poblaciones vulnerables, que no solo aparecen como diferentes por su color de piel o procedencia étnica, sino por su extracción social, por ser integrantes de la pobresía.

A pesar de que el racismo carece de sustento científico, porque no hay ninguna prueba para establecer la existencia de razas en la especie humana, la expresión se acepta por su arraigo en algunos países, y porque se expresa en forma de prejuicios descoordinados en las personas, o en ideologías estructuradas en grupos o partidos.

Por este motivo, la Agencia de la ONU para los Refugiados acepta la existencia del racismo con las siguientes connotaciones: a) como racismo aversivo, una especie de racismo sutil que se da en personas que no se manifiestan abiertamente como racistas, y que suelen estar de acuerdo con las leyes antirracistas, pero que discriminan de manera suave e inconsciente.

b) Como racismo etnocentrista, según el cual se discrimina a otros grupos por considerarlos inferiores desde el punto de vista de sus religiones, costumbres, lenguas, creencias, etcétera. c) el racismo simbólico, que plantea el derecho a ser iguales, pero con restricciones; cada quien tiene la libertad de ser como quiera, pero en su propio ámbito cultural y espacial; esta visión justifica la segregación y la separación de los grupos.

d) Finalmente, como racismo biológico, que es la clase de racismo más intolerante, pues sostiene que una raza es superior a las demás por motivos naturales. El racismo biológico niega los derechos de lo que considera “las demás razas”, arguye abiertamente que deben ser excluidas, y sostiene la segregación física. Esta clase de racismo provocó la tragedia contra los judíos y los gitanos (entre otros sectores) bajo el régimen nazi, y es una de las principales ideas fuerza del supremacismo norteamericano.     

Se sabe que, desde la época colonial, las potencias colonialistas entronizaron en Latinoamérica una suerte de racismo dirigido contra los indígenas, los africanos esclavizados y los grupos que salieron de los cruces entre poblaciones diversas (el mestizaje).

Las potencias coloniales (empezando por España) reorganizaron las sociedades americanas con un enfoque racista, colocando en la cúspide de las ventajas legales a aquellos sectores “limpios de sangre”, que eran los propietarios de la riqueza y del poder, y ubicaron en desventaja social y legal a las “castas”, a los indígenas y a los esclavos.

Esta situación, que hunde sus raíces en los arreglos sociopolíticos y económicos de aquellos tiempos, fue el caldo de cultivo donde se coció una cultura racista que trascendió a la época colonial y se proyectó hasta el presente. Es, precisamente, ese conjunto de prejuicios raciales, enraizados en las tradiciones, los que pretenden combatir entidades como el COPRED, varias organizaciones no gubernamentales de todo el planeta y las entidades de la ONU, que enfrentan la problemática por la vía educativa y de las reformas de derecho.

El racismo, en muchos aspectos, es una expresión de la desigualdad económica y política, pero tiene también una explicación histórica que rebasa esos planos. Está ligado a la acumulación de prejuicios, a la ignorancia y a los enfoques que son útiles para justificar ideológicamente el predominio de un sector de la población, pero que se alejan de la comprensión científica de esos asuntos.

Los nazis desarrollaron una ideología racista para obtener el poder, con la cual lograron persuadir a la mayoría de la población alemana, sin distingo de estrato social. Los diversos sectores de Alemania fueron convencidos, mediante truculencias anticientíficas, de la primacía de los “arios” sobre el resto de la población.

Ya conocemos las consecuencias de ese sistema de prejuicios bien estructurados, que sirvieron para discriminar, maltratar y asesinar a todos aquellos que no se percibían como integrantes de la “raza aria”, los cuales fueron segregados y sometidos a vejaciones sin límite.

En los Estados Unidos, el racismo proviene de aquellos lejanos tiempos en que las potencias coloniales construyeron sus regímenes de explotación y dominación, sirviéndose de personas esclavizadas, que desarraigaron de África. En este caso, no bastó con superar legalmente el esclavismo en el siglo XIX, ni ha sido suficiente con las reformas antidiscriminatorias de los años sesenta del siglo XX, para superar completamente el mal.

Porque ese es un problema que viaja en la cultura nacional, el cual no excluye a los sectores medios y bajos de la población norteamericana.  La “supremacía blanca” de los Estados Unidos es hermana gemela de la “supremacía aria” de los nazis. Ambas se componen de la estructuración de emociones originadas del sentimiento de pertenecer a una raza superior.

Y ambas han estimulado los comportamientos violentos, discriminatorios, contra las minorías no blancas, acudiendo a esas emociones primarias y a un menjurje (normalmente caótico) de ideas religiosas, políticas y, en general, anticientíficas. Nada hay de científico en la visión prejuiciosa del racismo, sino solo la pura ilusión que atrae, estimula y justifica los peores comportamientos contra los demás.

Ningún estudio científico serio ha avalado la visión racista de los nazis o del Ku Klux Klan. Entre otras cosas porque, si se estudia el genoma humano, las conclusiones de ese estudio llevan a negar la existencia de razas entre los humanos por motivos genéticos, como sí puede observarse en otras especies.

Las diferencias fenotípicas no significan profundas diferencias genotípicas. Es decir, el color de la piel, o la textura del cabello, por ejemplo, no dan para establecer diferencias de fondo en el plano de los genes, entre un blanco, un cobrizo o un amarillo.

Esas variaciones de fenotipo tampoco sirven para definir las diferencias de inteligencia o aptitudes entre un grupo y otro, a tal punto que ciertas habilidades o capacidades, trascienden el enfoque racial, es decir, nadie es menos o más inteligente en función de su etnia o de su grupo, ni nadie es más capaz que otro por esos motivos.

Las diferencias de inteligencia y aptitudes están más conectadas con las oportunidades y con las condiciones sociales y educativas para desarrollarlas que con la pertenencia a una “raza”. Esto ha sido comprobado con mucha investigación científica de fondo, y con las nuevas teorías sobre los talentos.

Según el enfoque de las inteligencias múltiples, el talento nada tiene que ver con la “raza”, aunque suela provenir, también, de un componente genético. Es decir, el desarrollo de la inteligencia, para cualquier actividad humana, está por encima de la interpretación ideológica racista.

El talento y la idiotez anidan en todos los sectores humanos; genios y tontos provienen de todos los grupos, sin distingo de “raza”. Seres extraordinarios como Pelé, Cassius Clay o Michael Jordan son especiales no porque pertenezcan a la “raza negra” sino porque sus condiciones naturales, genéticas, encontraron el ámbito propicio para expresarse y desarrollarse.

Newton, Einstein y García Márquez fueron lo que fueron para el pensamiento universal no porque nacieran en tal o cual sitio, o porque pertenecieran a una “raza” determinada, sino porque en ellos se combinaron las variables individuales, genéticas, con las oportunidades y el medioambiente propicio para despegar como despegaron.

Nada hay en el racismo que se pueda sostener con argumentos científicos. Ese fenómeno tiene su fuente principal en la ignorancia, en la arrogancia, y en variables emotivas capaces de provocar catástrofes humanitarias, como ya ocurrió en varias partes de África, donde, aparte del racismo tradicional derivado del colonialismo europeo, existe otro racismo de origen étnico, tan peligroso como el primero.

La muerte de George Floyd en los Estados Unidos es otra secuela funesta del racismo que aún permea a la cultura y a las instituciones norteamericanas. Un racismo proveniente de una larga tradición histórica y de la existencia de sectores supremacistas blancos que creen en esa ideología, y que la utilizan para ganar elecciones.

Como lo ha destacado la ONU en sus documentos sobre el tema, la discriminación y la segregación contemporáneas tienen mucho que ver con el racismo, aunque no se agotan en este. Y no se agotan en este porque también existen otras vías para expresarse, como la discriminación por género, por ejemplo.

Con todo, y a pesar de basarse en la ignorancia y en la historia cultural perniciosa de los pueblos, el racismo es otra expresión de la desigualdad socioeconómica y legal. Por lo tanto, el esfuerzo de los gobiernos, de las instituciones multilaterales y no gubernamentales debe enfocarse en los planos educativos, legales, en la ampliación de oportunidades y en las reformas pertinentes para atacar la desigualdad socioeconómica.

El racismo es otra de las pandemias que padece ahora la humanidad, una pandemia que tampoco parece tener vacuna. Es un problema multicausado de difícil solución, sobre todo porque todavía sobreviven en el planeta rezagos muy radicales del racismo, y grupos, partidos o sectores sociales empeñados en instrumentalizar ideológica y políticamente la tara racista.

Los graves problemas de la sociedad contemporánea no solo están relacionados con la desigualdad económica, sino con el asedio del racismo en casi todas partes. La ideología racista ya se hizo poder en los Estados Unidos, y amenaza con lo mismo en Europa.

Los nuevos gobiernos de ultraderecha manejan un discurso parecido al de los fascistas de antaño, en el cual el racismo ocupa un lugar prominente. A raíz del covid-19 y de las guerras que azotan a muchos países, nada raro tiene que se amplíe un racismo remasterizado, viajando en el potro de la xenofobia y del nacionalismo.

El máximo riesgo quizás esté en Europa, por la combinación de las dificultades económicas y políticas de Asía y África y de los emigrantes, y por la existencia allí de partidos nacionalistas, xenofóbicos y racistas. Ojalá que el péndulo de la historia no nos regrese otra vez a tiempos que creíamos superados.