La pandemia de 1918, llamada “gripe española”
Esta virosis ocurrió a finales de la Primera Guerra Mundial, y fue mucho más mortífera que la que azota actualmente a la humanidad: produjo un número de muertos que está por encima de los cincuenta millones de personas, sin los datos completos.
La cifra exacta de fallecidos por el virus nunca se conocerá con certeza, pues muchos de estos quedaron enmascarados por la guerra. La enfermedad fue provocada por un brote del virus de la Influencia A, subtipo H1N1, que utilizó como principal vehículo de propagación a los ejércitos en contienda.
El nombre “gripe española” proviene del hecho de que fue España, país neutral en el conflicto bélico, la que divulgó en sus medios de comunicación la existencia del virus, de la enfermedad y de las muertes en su territorio, más no los países implicados en la guerra, por razones obvias.
El primer brote de la influencia mortal fue detectado en algunos campamentos militares y ciudades de los Estados Unidos. A principios de 1918 se reconoce una primera ola del brote, que no fue tan mortal como las posteriores, y que algunos investigadores asocian con ciertas infecciones ocurridas en 1917 en los predios encerrados del ejército.
A finales de 1918 se presentó la segunda ola de la enfermedad, que fue mucho más mortal que la primera; esta tuvo como epicentro un campo de entrenamiento del ejército llamado Camp Devens, en las afueras de Boston, y unas instalaciones navales de esa ciudad; duró de octubre a diciembre, y sembró de miedo y de muerte a todo el país.
La tercera y última ola en los Estados Unidos ocurrió a comienzos de 1919, y abarcó toda la primavera, es decir, del 21 de marzo al 20 de junio, más o menos tres meses de pavor, acrecentados por la ausencia de una vacuna, por las dificultades hospitalarias, y porque aún no existía un abanico amplio de antibióticos para enfrentar las enfermedades secundarias, derivadas del ataque del virus.
La virosis mortal perdió fuerza en la segunda mitad de 1919 en ese país, pero adquirió nuevos bríos en 1918 y posteriormente, debido a que fue propagada por las tropas a casi todos los continentes. El factor decisivo que contribuyó a su expansión fue la necesidad de ganar la guerra, lo cual provocó que se minimizara el problema, y que se enviara a los soldados con contagio a combatir, para no entregarle ninguna señal de debilidad al enemigo.
Ese fue el principal medio de propagación y, por razones obvias, contribuyó a irrigar el virus por todo el planeta, con la ayuda de los barcos comerciales. En algunos sitios apartados el golpe fue tan severo que hasta borró del mapa a muchas comunidades aborígenes, sin anticuerpos para soportar el ataque. Los efectos catastróficos de la enfermedad se hicieron sentir hasta muy entrado el año 1920, en países donde se produjeron brotes tardíos, en comparación con los ocurridos en los Estados Unidos.
Los brotes pandémico actuales contaron con mejores condiciones para propagarse, ya que no utilizaron ningún medio de guerra abierta, sino las redes construidas por los países para integrarse y para agilizar sus intercambios económicos y de otro tipo. También aprovecharon la misma ventaja comparativa del virus de 1918: la carencia de una vacuna de contención.
Quizás los chinos fueron lentos en facilitar los datos sobre el primer brote, tal vez porque los dominó el terror por los efectos en su propia economía y en el mercado mundial. Un miedo muy bien fundado, si se tiene en cuenta las secuelas de catástrofe que está provocando el virus a nivel planetario, sobre todo en lo económico.
De acuerdo con lo que han señalado los científicos en muchos estudios, la humanidad siempre estará en alto riesgo de contraer un virus que dé origen a una epidemia o a una pandemia. Y el instrumento más adecuado para evitarlo siempre será la vacuna.
Si no hay vacuna, serían necesarios buenos medios paliativos en los sistemas de salud, como los antibióticos, los antipiréticos, los antiinflamatorios, las unidades de atención intensiva, los respiradores, el número de camas y el personal de médicos y enfermeras suficientemente capacitados.
Para lograr esto se requerirá invertir como es debido en salud. No para que las clínicas y hospitales se conviertan en nichos para el robo de los politiqueros y clientelistas de todo el espectro político, sino para salvar vidas y para mejorar la calidad de vida de la gente.
Aquí está el principal cuello de botella para sobrellevar una pandemia agresiva en la actualidad, pues los políticos y funcionarios neoliberales suelen quitarle oxígeno a lo público que enfrentar el problema, y los demagogos y politiqueros corruptos solo ven lo público como un trampolín para aumentar sus votantes o para esquilmar al erario.
¿Cuándo podremos contar con una salud pública sólida para sanar y proteger al pueblo, que no sufra tanto por la mezquindad neoliberal y por el deseo de rapiña de los corruptos y politiqueros de todo el espectro político?