La pandemia de 1918 en Colombia
Todo parece indicar que la mal llamada “gripe española” entró a Colombia por vía marítima. No se ha establecido con certeza si fue por Cartagena, Puerto Colombia o Santa Marta. Es probable que la entrada haya sido simultánea por los tres puertos, a la sazón los principales puntos de contacto del país con el resto del mundo en 1918.
Se sabe que el virus de la pandemia (Influencia A, tipo H1N1) debió ingresar por la Costa Caribe, por simple descarte: no existían otros puertos tan importantes para la entrada o salida de personas y mercancías; todavía no se había desarrollado el transporte aéreo, y los únicos medios de integración del país con el mundo seguían siendo los fluviales y los marítimos, si descartamos las naciones de frontera.
Ya se constató que la “gripe española” (que acabó con más de 50 millones de personas en todo el planeta) no provino de España, sino de los Estados Unidos; de las bases y poblaciones norteamericanas se propagó a casi todas partes, utilizando los instrumentos de la Primera Guerra Mundial, especialmente los soldados infectados. De donde se desprende, también por descarte, que fue una infección traída a Colombia por los viajeros internacionales, o por la tripulación de los barcos.
Los estudios históricos sobre esta pandemia ofrecen una dificultad adicional: se trata de analizar un asunto de salud pública, para el cual se requieren conocimientos científicos específicos, que la mayoría de los historiadores no tenemos, aunque podemos prestarlos a los expertos.
Sin embargo, puede darse el caso de médicos, infectólogos, epidemiólogos o de otro tipo de especialistas que se arriesguen a historiar la pandemia, o (en el caso especial de los historiadores) podrían hacerse trabajos sobre los efectos políticos o sociales del mal, en que los tópicos rigurosamente científicos o técnicos no sean tan relevantes.
Historiar a fondo las consecuencias de la pandemia de 1918-1920 es un esfuerzo que todavía está por hacerse en la mayoría de nuestras localidades y regiones, casi todas tocadas por el virus. Y existe abundante material primario para abordar esa tarea, como la prensa, las partidas de defunción y otros materiales de instituciones públicas y privadas.
Quizás la zona mejor estudiada en Colombia sea la del macizo de Cundinamarca y Boyacá, para la cual existen algunos estudios de buen nivel (Ver: Abel Fernando Martínez Martín y otros, La pandemia de gripa de 1918 en Bogotá. Dynamis, Grupo de Investigación de Historia de la Salud en Boyacá, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 2007, revisado en Internet).
En el trabajo de este equipo de historiadores de la salud se logró rastrear, acudiendo a las partidas de defunción y a otros medios, las personas que fallecieron por la “gripe española”. Los investigadores sostienen que las condiciones del piso térmico frío facilitaron la propagación del virus.
Los cambios bruscos de temperatura, la lluvia repentina, el frío y la humedad, fueron factores climáticos que trabajaron a favor de la infección. Así mismo, la precariedad de los servicios públicos y privados de salud, la ausencia de una vacuna, o de antibióticos para paliar las secuelas de la enfermedad, sirvió de caldo de cultivo para expandir el problema y el terror hacia este.
En Bogotá sufrieron, sobre todo, los núcleos más desprotegidos, los desempleados, los vendedores ambulantes o estacionarios, y aquellas personas que carecían de medios para enfrentar la crisis. La mala alimentación también repercutió en que los pobres llevarán la peor parte en esta crisis.
Como ocurre ahora con la Covid-19, casi todas las actividades de la capital fueron suspendidas, para evitar el incremento de los contagios y de las muertes: cerraron los colegios y universidades, las fábricas y muchos comercios, y esto provocó el aumento del pavor colectivo.
A pesar de todo, el contagio fue altísimo, pues se calcula que un 80% de la población sufrió algún problema respiratorio. Sobre una población de casi 150.000 habitantes, esto fue una catástrofe infecciosa que ayudó a elevar el temor a morir, más que nada porque las personas podían fallecer en plena calle.
Se calcula que murieron en Bogotá, por la pandemia, unas 1900 personas; sin embargo, el impacto de esta crisis de salud fue devastador en el nivel de la efectividad de las instituciones de sanidad, y de la credibilidad de los gobernantes, pues ambos aspectos se vieron rebasados por el problema.
De Bogotá y Cundinamarca, el virus pasó a Boyacá por carretera, donde la devastación y el terror parecen haber sido superiores, en gran medida por la precariedad de los servicios de salud y por las dificultades socioeconómicas de la población. En este departamento se ha calculado que el número de fallecidos alcanzó los 2691, aunque ese dato es aproximado, pues el seguimiento de enfermos y muertos era muy pobre, y se carecía de pruebas para hacer más eficaz el conteo.
Más o menos el 90% de las poblaciones del departamento fue tocada por el virus, y el número de contagiados se calcula en un 80% (en un poco más de 500.000 habitantes), lo cual también elevó el nivel de pánico de todos los estratos sociales (Véase: Juan Manuel Ospina Díaz y otros, Impacto de la pandemia de gripa de 1918-1919 sobre el perfil de mortalidad general en Boyacá, Colombia. História, Ciencias, Sáude-Manguinhos, vol. 16, no. 1, Rio de Janeiro, Jan./Mar. 2009, revisado en Internet).
Los principales medios de comunicación de aquellos tiempos se inundaron de noticias sobre la catástrofe de salud provocada por la pandemia. Claro que escribir medios de comunicación en aquellos tiempos no es como escribir medios de comunicación hoy. La información se concentraba en los periódicos y en algunas revistas, pues no existían la radio, la televisión, ni tampoco Internet.
La lentitud en la circulación de las noticias abonó el terreno para el surgimiento de todo tipo de teorías conspirativas, y para la divulgación de remedios naturales o terapias de todas las clases, que se proponían como panaceas para curar la enfermedad. Claro que nadie llegó al extremo de sugerir la ingesta de desinfectante, como sí lo hizo ahora el presidente Donald Trump.
Los curas metieron también su mano, pues propusieron procesiones y “rogativas” masivas, para implorarle al altísimo que parara el sacrificio de vidas humanas, tal y como lo hicieron hoy algunos pastores en los Estados Unidos, y como lo hizo el gobierno de Nicaragua.
Esos ejercicios místicos y anticientíficos solo ayudaron a incrementar el número de muertos o enfermos, tanto en Cundinamarca como en Boyacá. Sin embargo, no se supo de ningún obispo que haya roto las medidas preventivas y que muriera por el atrevimiento, como sí ocurrió con un pastor norteamericano que, por irrespetar la cuarentena, dio el salto al más allá (Ver: Fred G. Manrique-Abril y otros, La pandemia de gripa de 1918-1919 en Bogotá y Boyacá, 91 años después, Revista Infectio, Asociación Colombiana de Infectología, 2009, revisado en Internet).
Son muchas las lecciones que se pueden extraer haciendo la historia de las grandes crisis pandémicas en Colombia. No solo relacionadas con las falencias y los errores, sino con las soluciones para enfrentar una problemática a la que siempre estará expuesta la humanidad y el país.
Y para observar, con mucha calma, cómo los conflictos políticos, los intereses ideológicos de los bandos enfrentados, y los métodos de desprestigio de los opositores se repiten de pandemia en pandemia, como si fueran un peligroso virus incrustado en los genes, del que jamás podremos escapar.
Revisar la historia lleva a concluir que hay fenómenos que parecen repetirse, unas veces como tragedia y otras como comedia.