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La mentira de la presión fiscal bajita en Colombia

Una sola mentira le ha costado al país más de 40 muertes, cientos de heridos, pérdidas económicas millonarias, la erosión de la confianza de la comunidad internacional y un incremento todavía mayor a la angustiante polarización que nos agobia desde hace tantos años. Se trata de la mentira de la presión fiscal.

El mismo día en el que comenzaron las protestas y marchas en contra de la reforma tributaria de Duque, la OCDE publicaba un informe en el que revelaba que el trabajador colombiano era quien tributaba menor tasa de ingresos entre todos los miembros de esta organización, a la que Colombia ingresó formalmente en 2020.  En este informe se aseguraba que un empleado con salario promedio contribuía con un 18.2% de sus ingresos a las arcas de la nación, a diferencia de países como Alemania, en los que el trabajador contribuía con casi un 50%. Así pues, estos datos venían a dar fundamento empírico a un discurso que, desde hace ya un tiempo, viene sonando en el país, la idea de que en Colombia la presión fiscal es muy baja.

Los datos, tienen algunas contradicciones menores, por ejemplo, resulta difícil creer que Colombia sea quien pague menos, cuando en México –otro país de la OCDE- la presión fiscal solo llega al 16%; además, la presión fiscal en Alemania no es del 50%, está más cercana al 41%. No obstante, la idea general es cierta, en comparación con otros países, el porcentaje del producto interno bruto que Colombia recauda en impuestos es bastante bajo, estamos años luz de las economías europeas.

Estoy seguro de que cualquier persona que haya llegado hasta aquí debe haberse dado cuenta ya de que hay algo mal en este razonamiento. La respuesta es de sentido común, la economía de Alemania no es como la economía colombiana, los alemanes tienen un Estado eficiente, que, a través de impuestos, cubre una gran cantidad de necesidades sociales. Resulta más fácil derivar un porcentaje significativo de los ingresos propios hacia el Gobierno cuando muchas de nuestras necesidades se encuentran cubiertas. En otras palabras, el esfuerzo no es el mismo.

Ante de abordar este concepto, sin embargo, es necesario señalar otra mentira implícita en el señalamiento de la OCDE: el desarrollo de la capacidad estatal no es una consecuencia de la presión fiscal. Es decir, los Estados no se desarrollan más entre más son capaces de cobrar, por el contrario, la relación causal es inversa, una mayor capacidad estatal permite una mayor recaudación. Alemania no se hizo Alemania por cobrar 41% de impuestos sobre el PIB, Alemania se hizo Alemania aumentando la productividad durante muchísimos años, después de eso vinieron los impuestos.

La OCDE recomendó a Colombia aumentar la presión fiscal como si hacer esto generara desarrollo, sin tomar en cuenta las condiciones específicas del país. Pero, incluso si Colombia no fuera uno de los países más corruptos del mundo, subir impuestos no generaría desarrollo. La realidad es que los de la OCDE tampoco son tan ignorantes como parece, la recomendación la hicieron porque el Gobierno quería pedir dinero prestado y no tenía con qué pagarlo, en vez de hacer la recomendación éticamente correcta que era decirle a Duque: “andas borracho, vete a casa” o, lo que es lo mismo, “no pidas más prestado y empieza a gastar menos”, prefirieron proponer unas reformas sociopáticas que hoy nos tienen al borde del colapso social.

Al momento de definir si un país puede aumentar la presión fiscal, los organismos internacionales y los gobiernos centrales deben tomar en cuenta lo que se conoce como esfuerzo fiscal. Una de las formas más extendidas de medir el esfuerzo fiscal es la propuesta por el economista Richard Bird, profesor de la Universidad de Toronto, en su artículo “Un comentario sobre las comparaciones en ‘sacrificio fiscal’” (A Note on Tax Sacrifice Comparisons). Aunque esta medida es bastante simple, y existen modelos que toman en cuenta muchos más factores, utilizar esto es mil veces mejor que no utilizar nada y simplemente hacer comparaciones ciegas entre porcentajes de recaudación de impuestos en diferentes países.

El índice de esfuerzo fiscal de Bird relaciona la presión fiscal del país con el PIB per capita y el PIB. Este procedimiento nos arroja un número verdaderamente comparable entre países que nos permite saber cuánto les cuesta a los ciudadanos de un país pagar la carga fiscal que tienen.

Así pues, si hiciéramos este procedimiento, nos daríamos cuenta que para que un alemán sintiera el mismo esfuerzo que siente un colombiano para pagar su 19% de presión fiscal, estos tendrían que pagar un 62% de impuestos. Es decir, aunque Colombia paga menos impuestos que Alemania (19% contra 41%), para el ciudadano de nuestro país pagar esto requiere un esfuerzo brutal. De hecho, para que nuestro esfuerzo fiscal se sintiera igual al que siente un alemán, tendríamos que estar pagando 8% de impuestos.

El esfuerzo fiscal en Colombia es exagerado con base a esta medida, y eso que estos cálculos se han hecho con base a factores viejos y simples. No tenemos en cuenta los nuevos retos que el coronavirus trajo, tampoco tiene en cuenta la desigualdad extrema de Colombia, que tiene uno de los coeficientes de Gini más altos del mundo. A mayor desigualdad, mayor esfuerzo fiscal para los que tienen menos, porque el PIB se encuentra concentrado en pocas manos, así que la renta ‘efectiva’ para cada persona es mucho menor.

Para salir de la crisis financiera en la que estamos desde hace rato por el fin de la bonanza petrolera y ahora el coronavirus, lo que se tenía que hacer era bajar impuestos y recortar el gasto público. Pero nuestro Gobierno propuso hacer justo lo contrario, aumentar los impuestos y aumentar el gasto público, un suicidio.

Si alguien se está preguntando en estos momentos, ¿por qué los gobiernos hacen cosas tan tontas?, la respuesta es que no obedecen a cálculos económicos, si no políticos. Recortar el gasto público significa, probablemente, perder las elecciones. Este tipo de cosas no suceden porque un gobierno sea de izquierdas o derechas, cualquiera que estuviera en el poder haría las mismas cosas con otros nombres, porque es lo que renta políticamente. Y si no, observemos las peticiones del paro, aunque han luchado a sangre y fuego contra el Gobierno Duque, han terminado pidiendo que se aumente el gasto público, lo mismo que iba a hacer el Gobierno, pero sin reforma tributaria.

No podemos seguir premiando políticamente este tipo de comportamiento económico riesgoso. Si la austeridad ganara votos, mejores candidatos podrían llegar a la presidencia, y no estaríamos cada dos años viviendo el infierno en las calles. Si se va a premiar algo, deberían ser las propuestas que ayudaran a crear mercado, emprender, hacer empleo, no transferencias vacías que destruyen nuestro futuro a cambio de un corto presente de gloria.