La mentalidad conspiranoica y las vacunas
La mentalidad conspiranoica es prima hermana de la personalidad del chismoso. Quien padece alguna de esas condiciones asegura cosas que no puede probar, al carecer de las evidencias para hacerlo.
Sin embargo, tanto el conspiranoico como el chismoso están muy seguros de lo que piensan y dicen, sin preocuparse demasiado (o perder el sueño) por el problema de probarlo.
En los tiempos de pandemia las mentalidades conspiranoicas están en su salsa, sobre todo si se desconoce la causa de la enfermedad, se recela de los poderes constituidos o de la capacidad de los liderazgos.
Pero, aunque haya forma de probar el origen de la pandemia por parte de la ciencia, las mentalidades conspiranoicas siguen en su juego de creerse sus gruesas mentiras, y derivan placer esparciendo teorías conspirativas.
Aquí es donde se unen por el rabo los conspiranoicos y los chismosos: ambos sienten un extraordinario goce divulgando necedades. Parece que se sintieran importantes reventándolo todo con simples frases vacías, pero con capacidad de dañar a otros.

En estos tiempos de covid-19, el conspiranoico suele ser más relevante que el chismoso a secas. Podría asegurarse que el amante del simple chisme no posee la misma estatura del que promueve teorías conspirativas.
Las teorías conspirativas que divulgan los conspiranoicos también son chismes, pero quizás con más poder de aceptación, más capacidad de extenderse por el mundo, o de engañar y hacer daño, que un simple chisme. Esto tiene que ver con el asunto al cual se refieren, y con el alcance de este a nivel mundial.
Hay individuos con mentalidad conspiranoica en todas partes. Y una pandemia de la magnitud de la que ahora sufrimos los hace salir de su letargo, los cohesiona y moviliza detrás de algunas ideas sencillas, pero convincentes, a pesar de que carecen de fundamento.
El conspiranoico ve conspiraciones en todos lados, y se siente perseguido por media humanidad. De hecho, la palabra que lo identifica surgió de la combinación de paranoico y conspiración. En Europa, los Estados Unidos y Colombia quienes poseen una mentalidad conspiranoica se han inventado toda clase de falacias contra las vacunas.
Que estas fueron producidas con fetos de niños, que están mal confeccionadas porque se hicieron corriendo (en tiempo récord), que Bill Gates y George Soros les metieron un chip especial para controlar al mundo, que los chinos quieren dominar al planeta con sus vacunas, lo mismo que los rusos, los norteamericanos y así.
El problema más grave es que los conspiranoicos no se quedan en el simple chisme, sino que salen a protestar, y se organizan como si fueran un movimiento político, la facción de los antivacuna. E influyen en los demás, en quienes tienen tendencias conspiranoicas o solo temor, a través de diversos medios, incluidas las redes sociales.
Los conspiranoicos antivacuna poseen una mentalidad parecida en todas partes, pero suelen militar en diversas orillas. No es raro que haya conspiranoicos de derecha, de izquierda, apolíticos, terraplanistas, religiosos, ateos, etcétera.
Podría decirse que a los conspiranoicos los une el placer por la mentira, y soñar con conspiraciones que solo existen en su cabeza; esa realidad psicológica envía a un segundo plano las diferencias ideológicas y políticas, en cuanto a la reacción de ellos contra las vacunas, y los integra a un solo movimiento global.
En las redes sociales, por ejemplo, uno observa petristas conspiranoicos, uribistas conspiranoicos y personas de otras corrientes también rindiéndole culto a las conspiraciones.
Sorprende cómo las teorías conspirativas logran superar el gran poder divisorio de las ideologías y de las pasiones políticas, uniendo a los espíritus conspiranoicos de manera casi inexplicable, de acuerdo con el saber sociológico.
Por otra parte, se entiende que existan dudas e inseguridades con respecto a las vacunas. Eso es comprensible, sobre todo por la dificultad para adquirir los saberes que están detrás de los procesos para elaborarlas, de las campañas criminales de desinformación de los antivacuna, y de algunos casos alarmantes con ciertos vacunados.
En un escenario así, lo más razonable es acercarse a los medios serios que divulgan la información científica acerca de las vacunas (que sí existen), o solicitar la asesoría de los expertos. Pero los conspiranoicos nunca actúan así, pues no son razonables.
Ellos se regodean con las mentiras y chismes de catástrofe que los apasionan, como si les complaciera vivir así, conspirando e imaginándose situaciones que están por fuera de la realidad, ya que solo revolotean en sus cabezas.
Para justificar su estilo y reforzar los delirios persecutorios que inundan su mente, la tribu conspiranoica descalifica a la ciencia, a los equipos científicos y a los países que producen vacunas ¿imagínense con qué?: con puras teorías conspirativas, es decir, con chismes de alto vuelo, con simples mentiras.
Se sabe que detrás de la mentalidad conspiranoica están la ignorancia con respecto al saber científico, y ciertas predisposiciones psicológicas a sentirse perseguido; también está agazapado ahí ese extraño gusto por el chisme, el más popular de los estilos de vida, el cual abraza a todos los países y a todas las clases sociales.
Esa mezcla tan humana es la que explica, en general, la mentalidad conspiranoica, y la que convierte a esos seres invadidos por esa dificultad cognitiva en un incordio social casi insoluble.
¿Serán conscientes los integrantes de esa tribu que hoy, a propósito de la covid-19, son también un problema a derrotar en la campaña mundial para que la gente se vacune?
Si son conscientes de ese hecho, cabe agregar que los individuos de mentalidad conspiranoica no solo se creen sus propias mentiras y chismes (y gozan defendiendo sus tonterías), sino que le hacen daño adrede al resto de la humanidad.
Siendo la situación de este color, ya no hay solo regodeo con la mentira y el chisme, sino físico morbo. El comportamiento conspiranoico termina revelándose como morboso porque va en contravía de lo que le conviene a la humanidad, que es la vacunación. Indudablemente.