La importancia de la vacuna contra la covid-19
La pandemia que todavía azota al planeta fue provocada por un tipo de virus para el cual no existía vacuna. Esa fue una de las causas que facilitó su gran expansión por todo el globo, aprovechando las redes de comunicación construidas por la civilización contemporánea.
Ese coronavirus generó, por lo menos, tres crisis concatenadas: una pandemia mundial sin antecedentes históricos, una recesión económica de rostro catastrófico y una profunda crisis social de consecuencias todavía impredecibles.
Sobre los muertos y los contagiados por el virus hay abundante información en los organismos internacionales, en las oficinas gubernamentales y en ciertas instituciones privadas de reconocido prestigio, como la universidad Johns Hopkins.
El avance de la enfermedad y de sus secuelas sanitarias, económicas y sociales provocó el pánico global y la implementación de medidas extraordinarias, como el establecimiento de rígidos controles en la movilidad de la gente, lo cual es la raíz de la caída en picada de la economía.
Ante la ausencia del único medio que podía detener los excesos de la pandemia, se impuso el distanciamiento físico, las estrategias de desinfección externa, el tapabocas y las detestables cuarentenas. Era lo único que se podía hacer ante la inexistencia de la vacuna.
Los equipos científicos de varios países al fin pudieron producir una vacuna bien probada, que está empezando a aplicarse en algunos de ellos. La celeridad y eficacia con que operaron tales grupos está en relación directa con la magnitud del problema. Las primeras naciones que iniciaron la vacunación fueron China y Rusia, y luego se integró el Reino Unido.

Todas las fuerzas económicas y científicas se tensionaron para generar un resultado histórico que no se había visto con ninguna otra enfermedad controlable con vacunas. En menos de doce meses se produjo lo que en otros casos demoró décadas o años, y en otros todavía está en la fase de simple investigación.
El carácter de la pandemia y sus efectos catastróficos impulsaron este resultado, que no se había podido obtener tan rápido para virosis tan complejas como el VIH, entre otras. La vacuna contra la covid-19 ha sido un tremendo logro científico, cuya misión consiste en sofocar una enfermedad que puso en jaque mate a toda la humanidad.
Esa vacuna no es el resultado de ninguna conspiración internacional. Era lo que había que hacer para detener una pandemia incontrolable por otros medios. Las teorías conspirativas que han salido para criticar la vacuna no son soluciones reales para enfrentar el mal, y la gran mayoría de ellas obedece a la ignorancia con respecto a los saberes científicos, o a perspectivas alejadas de las tradiciones de la ciencia.
En algunos casos, esas teorías tienen una matriz ideológica y política más relacionada con la guerra política nacional e internacional que con los indiscutibles progresos científicos de la sociedad. Varias de esas elucubraciones sin sentido suelen tener bases religiosas, místicas o especulativas, pero carecen de buenos fundamentos para la solución del problema.
El hecho concreto es este: ¿qué hacer ante la actual coyuntura mundial de crisis de salud, económica y social? ¿Pararle bolas a los teóricos de la conspiración, que ven el diablo detrás de todo, y que invitan a la gente a no vacunarse?
Invitar a la gente a no vacunarse, bajo cualquier premisa, es irrespetuoso e irresponsable, sobre todo partiendo de la posibilidad de que sin vacuna se amplía el riesgo de muerte.
Que la vacuna anti covid-19 tenga aún lados oscuros es, en cierto modo, normal. Pero la experimentación científica ha permitido comprobar que los riesgos están por debajo de los beneficios, y que es mucho mejor vacunarse que ser un posible candidato a la caja mortuoria, más que nada en el rango de las edades de las personas mayores, y de quienes padecen comorbilidades.
Que haya que tomar precauciones especiales con personas delicadas (como las alérgicas) es una cosa; pero que uno no acepte la vacunación porque ve conspiraciones por todos lados es otro asunto, muy diferente. La vacuna es la menos mala de todas las opciones posibles.
No se escribe que la mejor, aunque sea la mejor, sino la menos mala, comparándola con las teorías conspirativas. Algunas de esas personas de mentalidad conspiranoíca han sostenido que lo mejor es no vacunarse, dejando que la inmunidad de rebaño haga el trabajo.
Como se demostró en el caso de Suecia, esa estrategia no es tan buena como parece, porque puede traer consigo el incremento desproporcionado de los muertos. También trae consigo el crecimiento exponencial de las infecciones, con su efecto de catástrofe sobre los sistemas de salud y sobre otros ámbitos de la sociedad.

Además, es muy inhumano y absurdo pensar en la inmunidad de rebaño (con los elevados peligros que entraña) teniendo al frente la posibilidad de la vacunación, como ocurre ahora. Sostener que no debemos vacunarnos porque es mejor la inmunidad adquirida, después de padecer la infección, equivale a inducir a muchas personas frágiles, por edad o comorbilidades, a que jueguen a la ruleta rusa con su propia vida.
Ese comportamiento de muchos “conspiracionistas” no es solo inhumano sino hasta criminal, pues coloca en alto riesgo a personas cuya existencia quedaría protegida con un par de inyecciones, si aceptan la solución de la vacuna.
La mejor solución para enfrentar la pandemia es la vacuna. Ya ésta empezó a aplicarse en gentes de edad muy avanzada y en miembros de los servicios de salud en varios países. Es normal que aún existan vacíos informativos y preocupación contra ese instrumento preventivo que salvará muchísimas vidas, como ya ha ocurrido con otras vacunas.
Incluso, las dudas y preguntas son importantes para avanzar en el conocimiento de los mecanismos y dificultades de la vacunación. En el universo de vacunados hasta ahora, se han presentado problemas de reacciones alérgicas en ciertos individuos. Se podría decir que menos del 0,1 por ciento ha tenido reacciones alérgicas severas. El resto toleró bien el medicamento.
Una vacuna que entregue más del 99 por cierto de seguridad en los pacientes no puede considerarse insegura. Aquí no estamos dialogando con una persona que todavía cree que la tierra es plana, sino con alguien genuinamente preocupado por algo real. ¿Qué hacer ante una objeción de este tipo?
Lo que ya se empezó a hacer en el Reino Unido y en los Estados Unidos: no vacunar, por ahora, a los individuos alérgicos graves o equipar a los centros de salud con los medios adecuados para enfrentar una crisis por alergia. Parar la vacunación masiva por este hecho singular no es lo más correcto, pues eso equivaldría a ir en contra de la seguridad estadística de la vacuna, que es lo que debe guiar el comportamiento científico.
A las personas que no creen que esa sea la mejor alternativa (y que no integren los reducidos ejércitos de conspiranoícos) es pertinente invitarlas a que busquen la información adecuada. La mejor ruta para adquirir seguridad en un caso como este consiste en conseguir buena información científica.
La vacunación es la mejor y última estrategia para parar en seco a la pandemia, para detener las muertes y los infectados. La única solución definitiva para abandonar el oscuro túnel en que nos metió esta enfermedad mundial es la vacuna contra la covid-19.
Salir de la crisis de salud, económica y social que padecemos solo podrá alcanzarse vacunándonos. No hay nada más efectivo que eso para sacar la cabeza del oscuro túnel en que hemos estado sufriendo. Indiscutiblemente.