Share:

La historia como instrumento de la verdad

La ciencia histórica, formada a lo largo de los siglos, es una de las mejores armas contemporáneas para combatir la mentira y hacer que emerja la verdad. Pero no la historia al servicio de una ideología o posición política tendenciosa, sino del saber, del conocimiento.

Esto implica un compromiso ético del historiador quien, al privilegiar el conocimiento y la verdad por encima de las conveniencias ideológico-políticas, se ve muchas veces compelido a enfrentar los poderes existentes o a soportar la persecución y el ostracismo.

El compromiso del historiador con el saber y la verdad no significa que carezca de perspectiva o de posición política. Lo que significa es que sus descubrimientos, o la aclaración de las realidades, no están empañados por su adscripción ideológica o por pertenecer a cualquier bando social.

Dos ejemplos históricos ayudarán a aclarar lo planteado. Es muy común que entre los liberales económicos se tienda a plantear que el avance de la economía se debe a la libertad que ellos pregonan; es decir, que el progreso esté asociado siempre a la libertad de los mercados, a la libre acción de la competencia y de la ley de la oferta y la demanda, sin ningún tipo de regulación estatal.

Se sabe que los neoliberales, apertrechados con esa idea, arguyen que los mercados, si se dejan actuar libremente, tienden, no solo hacia el equilibrio, sino hacia la mejoría del reparto, por lo cual se hace innecesaria la justicia social y la lucha para obtenerla.

La experiencia histórica, condensada en los trabajos de los mejores economistas e historiadores económicos, ha desmontado estos mitos. Muchos de los grandes cambios en la historia del capitalismo no se deben a la aplicación de las teorías económicas liberales sino al más crudo proteccionismo, como ocurrió en Inglaterra y en los Estados Unidos en el siglo XIX, las dos grandes potencias industriales de esos tiempos.

Friedrich Hayek

De hecho, de acuerdo con lo demostrado por Keynes y Marx, el desarrollo del mercado en completa libertad, sin ningún tipo de regulación estatal, no tiende hacia el equilibrio, sino hacia la anarquía, la cual es el fundamento del ciclo económico y lo que explica las crisis económicas. 

Lo obtenido de ese capitalismo salvaje no es el reparto equilibrado de la riqueza sino, por el contrario, su excesiva concentración en pocas manos, lo que incrementa la desigualdad y los problemas sociales. Un estado de cosas como este no elimina la necesidad de la justicia social, sino que la refuerza.

La evidencia histórica, sistematizada por los historiadores, desmonta los mitos y las creencias de los liberales económicos. Sin embargo, ellos insisten en continuar blandiendo sus postulados como si nada hubiera ocurrido en la historia. ¿Por qué?

En primer lugar, porque las conveniencias económicas, los intereses creados, hacen interesante un enfoque como el neoliberal. Eso provoca que esta ideología obtenga mucha aceptación en las grandes corporaciones económicas, las más favorecidas con la libertad propuesta por el neoliberalismo.

El otro ingrediente a tener en cuenta es el de que en el campo del pensamiento también ocurren fenómenos como el dogmatismo, que dan pie a una ideología rígida, divorciada de la realidad, por el deseo de enfrentar a los contrarios o por la defensa descarada de ciertos intereses creados minoritarios.

El otro ejemplo grueso que se tendrá en cuenta es lo que ocurrió con la Unión Soviética y su esfera de influencia. La investigación histórica más rigurosa ha intentado explicar las causas del derrumbe de este gran país. 

Las verdades derivadas de esa investigación ponen en entredicho los postulados que elaboró Marx en el siglo XIX para superar el capitalismo. Como se recordará, esos planteamientos básicos fueron la dictadura del partido único, de la clase obrera, la ideología única, la economía estatizada y la planificación económica ultra dirigida.

Si se comprenden bien esas estrategias será más fácil entender por qué razón la revolución de Marx es sinónimo de negación de la libertad, del pluralismo, de la democracia y, contrario a lo que creía el maestro, son la base del predominio del aletargamiento económico, sobre todo en cuanto a la producción de bienes de consumo masivo y a la generación de servicios.

Es decir, la Unión Soviética y sus satélites se derrumbaron porque los modelos económicos y políticos provenientes de las teorías de Marx eran insostenibles, fueron un completo fracaso para garantizar una vida decente a las mayorías.

A pesar de esta evidencia histórica existen sectores que defienden las teorías del cambio social de Marx como si nada hubiera ocurrido en la historia. ¿Por qué? Otra vez, porque no acatan las señales de la realidad y, por esto, como ocurre con los neoliberales, se mantienen presos de una ideología dogmática que los aísla del saber histórico y de la posibilidad de cambiar su perspectiva. 

Estos dos ejemplos son útiles para ilustrar algo notable: el papel de la historia como vehículo de la verdad y la fuerza del dogmatismo como instrumento conservador. Poco importa que los ejemplos comentados representen polos muy opuestos, pues el conservadurismo ideológico es su denominador común.

La historia como ciencia en la sociedad contemporánea puede ser un importante revulsivo crítico necesario para desmontar la reacción neoliberal y la reacción totalitaria de izquierda. 

Si la idea es continuar avanzando hacia la construcción de sociedades más igualitarias, más justas, pero en condiciones de libertad, pluralismo, democracia y legalidad, la tarea principal consiste en combatir el dogmatismo neoliberal y el dogmatismo totalitario socialista. 

Y en este punto, las verdades de la historia resultan imprescindibles. El cambio social en el presente y el futuro nunca podrá efectuarse bien sin acatar las claves de la experiencia histórica. 

Asimilar y exorcizar esa experiencia es un prerrequisito para continuar avanzando, pues repetir los errores del pasado es el camino más seguro hacia la catástrofe. Ni más ni menos.